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Dionisio y el principio del teatro en occidente

Al dios del vino y la vida en la mitología griega le rendían culto a través de celebraciones que se conocen como ditirambos, espacios en los que los cantos y los bailes fecundaron los orígenes del teatro.

Andrés Osorio Guillott

27 de marzo de 2019 - 07:00 p. m.
Dionisio, quien en la mitología romana era nombrado Baco. / Archivo particular
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Dionisios creó la planta de la vid y con ella emergió el vino, bebida que incitaba a los seres humanos a liberarse de sus angustias y expresar sus pasiones frenéticamente. Del culto al vino y de la elección por los placeres corpóreos que se derivan de las verbenas y celebraciones, surgieron en Atenas, en el siglo VI a.C, los primeros avistamientos del teatro. Si bien las danzas y los cantos ya se habían manifestado con anterioridad, fue con la sociedad de la Antigua Grecia que se empezaron a sembrar las primeras semillas del teatro a través de las danzas córicas -marchas o desfiles en los que se entonaban estrofas y versos dedicados a Dionisio-; los dramas sacros -rituales que despertaban el lado religioso de la sociedad griega y en los que se suscitaba un espíritu poético que conectaban lo popular con lo sagrado- y como producto de ambas manifestaciones, surgieron los ditirambos o himnos dionisíacos, compuestos por metros y expresados a través de diálogos y cantos entre un solista y un coro.

Las dionisiacas leneas, fiestas celebradas en enero por los atenientes; las grandes dionisiacas, que se celebraban en marzo con tres certámenes dramáticos durante seis días y las dionisiacas rurales celebradas en diciembre en los poblados fueron las verbenas que lograron consolidar a las artes escénicas y convertirlas en una tradición que aportaba a la identidad social, religiosa y cultural en Grecia.

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Los teatros se convirtieron en la Grecia Antigua en los lugares predilectos para realizar las fiestas nacionales. Las graderías; el pasillo que dividía en dos el auditorio; la llamada “orquestra” que se ubicaba en el centro con la particularidad de tener un altar de Dionisio, era el lugar donde se ubicaba el coro de manera circular y la escena, que se ubicaba en la parte trasera de la “orquestra”, eran las partes que componían el teatro y que se convirtió en un arquetipo para las construcciones de estos edificios destinados a las artes escénicas y a la celebración de ritos y eventos sacros.

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De los ditirambos y los mitos que allí se narraban surgieron entonces dos géneros que constituyeron el valor cultural de Grecia y su legado en el mundo occidental. La tragedia -que nació como un ritual que celebraba la muerte y resurrección de Dionisio en la primavera- y la comedia, vertientes que soltaron sus cauces en la literatura y el teatro, se distanciaron de los relatos en honor a Dionisio y se trasladaron a narrativas que contaban la crueldad de la condición humana y las disfunciones de la política, la religión y la guerra en la sociedad de aquel entonces.

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Casi un siglo después aparecieron Esquilo, Sófocles y Eurípides, estandartes de la tragedia griega. Esquilo, quien construye una estructura tetralógica en la narración del mito y por ende de la figura del héroe trágico, escribe la Orestíada, Agamenón, Prometeo encadenado, Las suplicantes, Los persas, entre otras obras que reflejan la desesperación y la confrontación con destinos irreconciliables. Con Antígona, Edipo Rey, Electra, entre otras obras, Sófocles expone la conciencia del héroe, la postulación de una condición humana degradada y conflictuada por virtudes y moralidades contrariadas y la aceptación de un final agobiante y tortuoso. Finalmente, en el campo de la tragedia, Eurípides aparece con Medea, Las bacantes, Las troyanas, Hipólito, entre otras obras que terminan por definir a la tragedia como un género narrativo que expone la desgracia, el sufrimiento y la ignominia humana.

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Con Aristófanes como máximo exponente de la comedia griega, se suprimen las participaciones del coro; la suma de más personajes -al inicio del teatro trágico sólo se presentaba uno- y el distanciamiento de lo religioso como elemento transversal en el relato mítico se muestran como características y mutaciones que fue adquiriendo el teatro clásico, logrando así que sus expresiones e historias se trasladaran a otro tipo de contextos y reflejaran situaciones reales o metafóricas del devenir de los seres humanos y de la forma en que estos se estaban relacionando, organizando y proyectando.

Por Andrés Osorio Guillott

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