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¿Dónde están?

Los desaparecidos, una tragedia para los anónimos y para los personajes históricos que retumba en Colombia.

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Anita de Hoyos, Especial para El Espectador
18 de julio de 2014 - 04:19 a. m.
Edgar Allan Poe, cuya desaparición, a diferencia de muchos otros, se dio en vida. Nadie supo realmente qué pasó con él antes de morir.  / Juárez Ricci
Edgar Allan Poe, cuya desaparición, a diferencia de muchos otros, se dio en vida. Nadie supo realmente qué pasó con él antes de morir. / Juárez Ricci
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“¿Dónde están las nieves de antaño?”, pregunta François Villon. La leyenda dice que el poeta escribió estas palabras en la cárcel, mientras esperaba que lo llevaran al cadalso. Otros, que no creen en leyendas, afirman que es imposible escribir un poema como El testamento en una celda sin luz. Pero hay algo de lo que no podemos dudar: en el París de la Edad Media existió un estudiante, asesino y ladrón, que se autodenominó François, un delincuente genial que escribió un poema para burlarse de la justicia de los hombres.

Lo demás es misterio, como ya dijimos. Ni idea si a Villon lo ahorcaron como merecía, o si pudo huir de la cárcel y lo apuñalaron en una taberna, o si un marido celoso le destrozó la cabeza con un martillo, o si sobrevivió hasta una edad vergonzosamente avanzada, cuando su hígado se desbarató por la cirrosis. Sólo hay un hecho: Villon escribe su Testamento y desaparece.

Este fundido a negro es común. Hay mucha gente que se pierde por ahí, en las sombras, sin dejar rastros.

Empédocles, por ejemplo, también desapareció. Después de una vida equívoca, en la que maravilló a su público con canciones donde el amor y el odio se disputaban el mundo, Empédocles terminó —dice la leyenda— arrojándose al Etna. Tal vez fue así, o tal vez no. El caso es que del filósofo poeta sólo sobrevivieron 450 versos y una sandalia de bronce que el volcán escupió a medio digerir.

Tampoco hay mayores noticias de Esquilo, creador de la tragedia y padre de Prometeo. Los testimonios de sus contemporáneos son confusos. Se acepta que combatió en Maratón, pero no es claro si estuvo en Salamina. No hay un sumario del juicio al que lo sometieron por revelar los secretos de Eleusis. Es incierta su desgracia como empresario teatral, cuando las graderías del teatro donde se representaba una obra suya se derrumbaron, causando una tragedia real en la que murieron decenas de espectadores. Poco crédito merece la versión de su muerte, según la cual un águila confundió la calva cabeza de Esquilo con una piedra y le arrojó desde las alturas una tortuga, destrozándole el cráneo.

Shelley naufragó en una tormenta. Desaparecer sorbido por el mar parecía un buen final para un poeta romántico, pero nunca se debe subestimar la terquedad de una mujer. Diez días después de que Shelley se ahogara, Mary, su esposa, logró recuperar su cadáver en las costas de Viareggio y lo cremó. En su caso, la desaparición no duró demasiado.

Ambrose Bierce sí lo logró. Bierce era soltero y no había una Mary empecinada en hallar sus huesos, así que a los 71 años, este genio rejudo e irónico pudo viajar a México en plena Revolución. “Un gringo en México”, escribió en su carta de despedida, “eso es eutanasia”. Y tenía razón, porque tanto villistas como huertistas odiaban a los gringos, por geniales, rejudos e irónicos que fueran. Bierce fue devorado por la Revolución, que demostró ser más eficaz que el Mediterráneo con Shelley. Carlos Fuentes escribió unas páginas memorables sobre este episodio, pero son mentira, los novelistas siempre inventan.

Cristóbal Colón no sólo murió pobre y olvidado, perdido para sí mismo y para los pocos que lo amaban, sino que su cadáver inició un quinto viaje, esta vez hacia el nuevo mundo de la confusión. Primero estuvo en Valladolid, después en Sevilla, luego en Santo Domingo y más tarde en La Habana, de donde viajó de regreso a Cádiz, para terminar de nuevo en Sevilla, donde lo alojaron en un lujoso catafalco. Pero ya se sabe que en los trasteos todo se pierde. En 1882, un siglo después de que lo alojaran en Sevilla, apareció en la catedral de Santo Domingo otro esqueleto, que parecía ser el auténtico Almirante de la Mar Océano. Para no quedarse atrás de los sevillanos, los dominicanos metieron los huesos en otro catafalco y construyeron a su alrededor un monumento: el Faro de Colón. Así, durante siglo y pico españoles y americanos se han disputado el cadáver del almirante. Y como los científicos no se pueden quedar quietos y andan enloquecidos con tocar la verdad, un combo de genetistas llegó a un resultado concluyente: los huesos que hay en Sevilla sí son de Colón, pero sólo corresponden al 15% de su cuerpo. Con lo cual queda abierta la posibilidad de que los huesos de Santo Domingo también sean de Colón. Y que, desde luego, haya un húmero o un fémur perdidos por ahí, restos de la osamenta de almirante que nadie ha encontrado todavía.

Lo mismo sucedió, asómbrense, con Alejandro Magno. Durante milenios se ha buscado sin éxito el cadáver del más grande de los conquistadores. A pesar de que su cuerpo tiene un valor emblemático inmenso —o tal vez por eso mismo—, no es claro dónde terminó reposando. Cuando Calígula violó su sepulcro en Alejandría, para ponerse la coraza del guerrero muerto y alcanzar la divinidad, lo más posible es que haya levantado la tapa del ataúd de Abdalómino, uno de los sirvientes de Alejandro.

Con Thomas de Quincey pasó algo más simple, de lo que fui testigo. Fue en Edimburgo, a donde llegué hace 15 años a visitar la tumba del autor de El comedor de opio y me llevé una tremenda sorpresa. “De Quincey is missing”, me dijo conmovida la encargada de la biblioteca anexa al cementerio. Me negué a creerlo: ¿cómo puede perderse un cadáver? ¿Un cadáver que no sólo es el de un escritor ilustre, sino un cuerpo que fue sepultado con todas las de la ley, en una ciudad ordenada y racional? Había una explicación, según me informó la anciana bibliotecaria con los ojos húmedos: la lápida estaba en mal estado y la tumba en una zona abandonada del cementerio, a donde —a pesar de mi interés exótico— nadie iba. Para completar, un rayo cayó sobre un árbol y lo derrumbó encima de las tumbas. De Quincey y sus vecinos quedaron doblemente sepultos. Cuando retiraron las ramas calcinadas, también se llevaron los pedazos de lápida y creció un matorral espinoso e impenetrable. De Quincey is missing.

De Quincey desapareció ya muerto, pero hay unos que desaparecen en vida, como Edgar Allan Poe. Lo que pasó con Poe durante sus últimos cinco días es uno de los misterios favoritos de la literatura. Sabemos que salió de Nueva York hacia Baltimore. Pero ¿cuándo y a dónde llegó? ¿Con quién se emborrachó hasta perder la conciencia? ¿Por qué apareció loco en un hospital, vestido con una ropa que no era la suya? ¿A quién le hablaba en sus delirios? La cosa ha llegado al punto de que Hollywood hizo una película donde John Cusack interpreta los últimos días de Poe como una lucha contra el demonio.

El más grande de los desaparecidos es, con mucha ventaja, Shakespeare. En este caso, lo que amenaza desaparecer es su vida entera, porque a la hora del té no sabemos quién era. James Joyce le dedicó una parte del Ulises a esta incertidumbre y aprovechó para demostrar que Shakespeare era el fantasma del padre de Hamlet. Otros han ido más lejos. Roland Emmerich, espléndido director de películas apocalípticas, hizo Anonymous, una cinta más donde afirma que el verdadero autor de Romeo y Julieta fue el earl de Oxford.

Podríamos seguir apilando nombres a la lista. Tal vez incluir en ella a Robespierre y a Danton, que perdieron la cabeza en la guillotina y sus cuerpos en cualquier hueco. Pero no ganaríamos mucho. El punto es claro: no se necesita un mausoleo para ser inmortal y el que un hombre desaparezca o su cadáver no se encuentre es anecdótico. Importa lo que se deja en la memoria de los demás: su obra.

El problema se complica cuando el desaparecido es un cualquiera sin una gran obra. Y se vuelve crítico cuando el que se pierde no es uno sino una multitud. En Colombia han desaparecido decenas de miles de personas. Gentecita del montón que se ahogó en las sombras después de que alguien los vio subir a un carro a los empujones. La última vez que lo vi estaba vivo, se dice, y no se puede agregar nada, porque el resto es misterio.

¿Dónde están las nieves de antaño? Ahora, cuando se habla tanto de posconflicto, llegó el momento de enfrentar esta pregunta, no se justifica seguirla aplazando o pasar de agache, como si los desaparecidos fueran un daño colateral menor. Si hay intención de paz, se deben reconocer los estropicios de la guerra. En el caso de los desaparecidos, se puede negociar cualquier cosa, menos su memoria.

Están muertos, pero eso no quiere decir que hayan dejado la vida. Ellos siguen aquí, en nosotros. Como los fantasmas famosos que me he tomado el trabajo de enumerar, los colombianos anónimos sacrificados en la oscuridad nos siguen trabajando con su recuerdo. Ellos tenían un proyecto, soñaban con un país y por eso terminaron en el asiento trasero de un carro sin placas, cubiertos por una capucha y viajando hacia la nada. Un destino atroz, sin duda. Pero su desaparición sólo truncó su realización personal, no la nuestra.

 

Por Anita de Hoyos, Especial para El Espectador

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