Publicidad

Donde las mujeres arrojan la burka

Tras vivir cinco años como voluntaria en Afganistán y revolucionar el mundo íntimo de las mujeres musulmanas con su escuela de belleza, la estadounidense Deborah Rodríguez consigna todas su vivencias en un libro.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Angélica Gallón Salazar
05 de marzo de 2009 - 11:00 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Hay un lugar público en donde las mujeres de Afganistán dejan atrás sus burkas azules y sueltan sus melenas. Es un lugar al que ningún hombre entra, ni aun cuando la puerta esté abierta. Si lo hiciera podría merecer la muerte.   Hay un lugar en Kabul, la capital del país en donde gobernaban los talibanes y que a finales de 2001 fue tomado por las fuerzas de la OTAN, en el que todo se inunda de hálitos femeninos, perfumes, desenfrenos y conversaciones íntimas: la peluquería.

Poco de eso sabía Deborah Rodríguez, una estadounidense que en 2002 viajó a esta lejana tierra como voluntaria de la ONG,  CFAF y que, a diferencia de sus compañeros —médicos y enfermeras entrenadas en campos de batalla y dentistas especializados en las muelas  putrefactas que deja la guerra—, no sabía muy bien cómo sus habilidades iban a ayudar a los agobiados habitantes del lugar. En tiempos de guerra, ¿quién requeriría una peluquera?, pensaba ella; sin embargo, cuando la presentaron ante la comunidad extranjera que estaba viviendo por esos días en Afganistán y dejó saber su profesión, la ovación que se oyó fue realmente insospechada.

“El régimen Talibán acabó con los salones de belleza, así que para cortarse la barba, solucionar algún problema con las uñas o incluso pedir un merecido corte de pelo todos tenían que atravesar la peligrosa frontera con Pakistán y exponerse a que, por ánimos de sanidad o vanidad, su vida se pusiera en peligro”, cuenta Deborah, quien desde el primer día empezó a consignar en correos electrónicos  todo lo que le pasaba. Notas con las que después daría origen a un libro.

Pero el impacto que tendría esta pelirroja de labiales estrepitosos iría mucho más allá de las fronteras de su grupo de compañeros occidentales. Con una mirada entrenada para los asuntos de la estética  y con la compañía de una jovencita afgana llamada Roshana, quien le contó los secretos más profundos de su cultura, Deborah no tardó en darse cuenta de que, aunque la calle era un territorio masculino y que las mujeres tímidamente recorrían las esquinas con sus caras tan tapadas, el asunto de la belleza tenía un lugar en la ciudad. “Me enteré de que en los años setenta había docenas de salones de belleza repartidos por la ciudad. Además, que las afganas siempre han sido muy meticulosas respecto al peinado y al maquillaje, incluso debajo de esas horrorosas burkas”, comenta Deborah. 


Ante el descubrimiento, la norteamericana de cabellos estrafalarios, que no dejaba de ser observada en las calles de Kabul, encontró cuál era su verdadera misión en esas tierras. Montaría un salón de belleza que a la vez se convertiría en escuela para cientos de mujeres que quisieran entrenarse en esos menesteres y ganar algo de dinero.

Confesiones femeninas

Fue gracias a esta iniciativa que Deborah logró adentrarse en las intimidades más profundas del mundo de las mujeres de Kabul. Gracias a su recinto de belleza, refugio de mujeres, esta peluquera se enteraría de que los afganos tradicionalmente consideran el vello corporal como algo  sucio, lo cual hace que uno de los rituales de preparación para una novia sea liberarse por completo de él. “En brazos, axilas, cara o zonas íntimas no puede quedar ni un pelo, su cuerpo tiene que estar como el de una niña impúber”, consignó en sus diario, y agregó: “Algunas tienen demasiado miedo como para dejarse depilar el vello púbico en un salón, de modo que lo hacen en su casa, tirando de él a mano o arrancándoselo con chicle”.

Fue en las confidencias propias de un salón de belleza, que Deborah supo que las mujeres no se casan por amor y que para las bodas ellas usan más maquillaje que cualquier diva occidental. “Se ponen diamantes brillantes, usan tres colores diferentes en las sombras y siempre llevan pestañas postizas. ¿Para que las vea quién? su marido, cuando tenga el honor de quitarle la burka”, cuenta Deborah.

Fue como maestra y amiga que  descubrió que en las fiestas de compromiso en una sala bailan los hombre —algunos disfrazados de mujeres— y en otra las mujeres  —unas cuantas vestidas de pantalón y bigote—  para bailar juntos con la pasión que a los dos géneros nunca se les permitiría públicamente.

“En mi salón de belleza había voces femeninas, risas. Me pregunté si sería esa la verdadera razón por la que los talibanes se habían opuesto a los salones. No porque las mujeres al salir de allí parecieran prostitutas o porque los salones fueran tapaderas de burdeles, sino porque proporcionaban a las mujeres un espacio propio donde se sentían libres del control de los hombres”, comenta la peluquera.


Deborah dejó Kabul cinco años después de su arribo, las sospechas por el movimiento que estaba generando en torno a las mujeres la convirtieron en víctima de terribles amenazas que le hicieron empacar las maletas y partir de vuelta a Estados Unidos. Sin embargo, se fue sabiendo que nadie podría robarle todas las conversaciones, los consuelos y las complicidades que había compartido con el mundo femenino afgano y por eso en un libro, que trae a Colombia la editorial Santillana, desentrañó una sociedad a partir de la vida privada de sus mujeres.

El libro prohibido en Afganistán

Cercano a los relatos de Natalia Aguirre, la autora del libro 300 días en Afganistán (Anagrama 2006); lleno de los secretos que las mujeres comparten en un salón de belleza que deleitaron al público con la película Caramel (Líbano, 1974) y con una intención de registro histórico que recuerda la obra de George Duby, Historia de las mujeres, el libro que ya está en librerías de la editorial Santillana, La escuela de belleza de Kabul, permite que el lector se acerque a historias íntimas y quizá nunca contadas por ser consideradas irrelevantes de las mujeres musulmanas que padecieron el régimen Talibán y que continúan viviendo en Afganistán. Un corte de cabello, un tinte o una permanente, son en realidad excusas privilegiadas para mantener profundas conversaciones con unas mujeres cuya sociedad les tiene vetada la palabra.

Con una escritura fluida, llena de divertidas acotaciones y con la sencillez de quien no tiene pretensiones de escritora, Deborah Rodríguez detalla una región exuberante a la vez que caracteriza, de una forma insospechada, los efectos de la guerra.

Por Angélica Gallón Salazar

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.