En medio de este -¿aburrido será?- proceso electoral cayó hace unos días, como si la estuviéramos pidiendo, la Feria del Libro de Bogotá y, con ella, libros y programas para todos los gustos que bien nos dan la oportunidad de mirar para otro lado: miles de niños y niñas de colegio recorriendo pabellones y programas especiales para ellos, familias completas comiendo helado, obleas y empanadas, ojeando cada uno de ellos un libro diferente, otros asistiendo a presentaciones de libros y conferencias.
Muchos(as) descubriendo la India y su cultura en su maravilloso pabellón que incluyó un salón especial en donde vimos deliciosos eventos de música y danza, a la vez que ilustrativas conferencias sobre el país y sus letras. Desde mi punto de vista, una de las mejores representaciones que un país invitado nos ha ofrecido. Gracias, muchas gracias, a la embajada de la India y a sus compatriotas que nos acompañaron con su arte, cultura y sus libros. Gusta tanto la Feria del Libro de Bogotá que no dudo en afirmar que el espacio se quedó chiquito.
De la Filbo destaco un par de libros maravillosos. De Lariza Pizano: En nombre del Padre. Historias de la orfandad política en Colombia, un compendio de entrevistas con ocho de las centenas de huérfanos vía asesinato de destacados activistas del devenir social y político en Colombia. Y de Oscar Alarcón: Los segundos de abordo. La vicepresidencia y la Designatura su Historia y su Historieta; uno de los columnistas de El Espectador que me enseñó a leer. Tengo 65 años y sin duda pude haber empezado antes de los 15 a leer El Espectador. Mi cálculo es que debo llevar cerca de 50 años leyendo a Alarcón. Un mago para atraer a un adolescente desaplicado.
Obras que nos cuentan la historia de Colombia a través de sus protagonistas y de sus vidas; y, para el caso del libro de Lariza Pizano, también de sus muertes. Destinos humanos, ambiciones, tragedias y memorias del país. Más que libros de historia, son documentos para la historia.
Con acierto para la redacción del prólogo de su libro, L. Pizano invita al psiquiatra Juan Diego Barrera V. para que nos cuente cómo se podrían elaborar estos duelos. El profesional lo explica en su texto a partir de los testimonios de los entrevistados. Ala vez en su introducción, Lariza Pizano, transcribe palabras de Rodrigo Lara, quien con una honestidad que inspira nos dice: “Seguramente es mucho más duro ser hijo de una víctima que no despierte lutos ni duelos colectivos. Llevar el dolor anónimamente debe generar más dificultades para tramitar el duelo.”
A ellos, la entrevistadora les rinde homenaje con estas palabras: “Este libro está dedicado a todas las víctimas de orfandad en este país”. Frase que se complementa con la dedicatoria a Salvador y a su padre, “por la felicidad de una paternidad viva”. Cinco palabras con las que bien puede entenderse el sentido profundo del libro.
Entrando a las entrevistas, estuve tan concentrado en el recuento de estos duelos que me parecieron relatos íntimos, soliloquios de los autores, lo veo como una virtud a resaltar de la entrevistadora. No dudo de la aguda mirada de periodista —y de politóloga— de la entrevistadora, quien se vio atraída por el hecho de que cuatro precandidatos y una precandidata en estas elecciones hayan sido huérfanos por cuenta de nuestra histórica relación con la muerte violenta motivada por diferencias políticas.
Cuando lean el libro se darán cuenta de que el aporte que hace este compendio de entrevistas va mucho más allá del que presta a la historia de Colombia. Desde mi punto de vista, aporta —y de qué manera— a los propios entrevistados y a María José Pizarro. Los sentí aliviados, como si con su recuento se hubiera aligerado un poco la carga del trauma.
Estoy seguro, por ejemplo, de que Yesid Reyes, al sacar la chiva después de haberla guardado durante cuarenta años de lo que le oyó decir por el teléfono, en la voz de la entonces ministra de Comunicaciones,1 al director del noticiero de televisión2 más visto en el país en su momento en el sentido de que “si sigue transmitiendo lo que se ve en la Plaza de Bolívar: le cierro ese chuzo,” sintió un gran alivio. Como también debió sentirlo Juan Fernando Cristo al contar cómo Pablo Beltrán, a manera de despedida, mientras se subía al helicóptero, después de una larga conversación en el marco de una de tantas búsquedas de paz con el ELN, le dio una palmadita en la espalda y le dijo: “Lo de hace unos años fue un error”. Se refería al asesinato de su padre por parte de esa guerrilla.
María José Pizarro. Desde siempre su vida me ha atraído. Tengo la idea de que tuvo muy poco contacto directo con su papá e incluso con su mamá. Siempre la he sentido huérfana de padre y madre. Habla de sus abuelas como sus referentes de crianza. Se me ocurre que es más idealización que relación directa con su papá, lo que con mucha frecuencia creo nos pasa a los colombianos producto de ese que parece un ADN que llevamos en la sangre: la religión católica. ¿Cuántos no son los y las hijos(as) de padres maltratadores que aman a sus padres? Hay que… Lo dice el cuarto mandamiento de la ley de Dios: “Honrarás a padre y madre.”
La veo íngrima en su adolescencia; le tocó salir del colegio por matoneo. Feliz por haber conseguido un trabajo de mesera en Andrés Carne de Res. Se ve obligada a salir del país, y, en su juventud, a los 21 años, “quedé en embarazo en el Ecuador”. Con su niña y su perrita con la que ya venía y que no dudo fue su mejor amiga, hace su familia. Después de ese muy duro errar en soledad, llega a donde la cónsul de Colombia en Barcelona, María Jimena Duzán. quien ni una palmadita en la espalda le ofrece. ¿Sorprende?
En Barcelona nos habla del que considera un logro; entra a clases de joyería a una prestigiosa escuela, esto, mientras hacía trabajos de lo que en Colombia llamábamos “muchacha del servicio”. ¿Cómo llegó al Congreso con esa carga? A mi modo de ver se le apareció un ángel, para el caso, una Ángela, Ángela María Robledo, una congresista y persona admirable. La puso en su lista para el Congreso y la vida de María José dio un giro de 180 grados. Le tengo admiración, aprecio y un gran respeto. Su valentía merece reconocimiento. Ya era hora.
Seguí con Yesid Reyes; me parece un gran liberal, un serio demócrata, no me pierdo sus columnas. Me encanta su postura, serio, elegante, prudente.
El detalle hasta la fecha desconocido con que nos cuenta el oscuro episodio de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19. Esa salvajada que se llamó “la retoma”. Reyes contó, en este libro, mucho de lo que pasó y no se sabía, lo siguió minuto a minuto durante horas por el teléfono hasta que los cables se incendiaron. Aterrador. Su relato me situó en la oficina de la secretaria de quien después nada se supo pero que compartía la oficina en ese momento con el presidente de la Corte. Si lo que dice Reyes y decía la secretaria por el teléfono en el sentido de que había tiros casi que a la loca y que entró un comando a la oficina donde estaban ellos dos, es fácil suponer que la mujer corrió la misma suerte.
De las desesperadas peticiones del presidente de la Corte del cese al fuego, y las dudas de si se dio o no la orden de detener los disparos, es mucho lo que han dicho los protagonistas (Jaime Castro, los militares, el mismo Belisario y otros); de mi parte, como muchos(as), me quedo con la duda y lo que cuenta Yesid Reyes del director de la Policía Víctor Delgado Mallarino, a quien no baja de mentiroso, sustenta mi duda en el sentido de que el presidente no tenía cómo detenerlo; cuando a Belisario le avisaron, ya el tanque de guerra venía por la séptima y los helicópteros ya estaban botando granadas de dudosa procedencia nos cuenta Yesid Reyes. Así lo resume: “Me quedo con mi verdad”.
Seguí con Juan Fernando Cristo; la figura del papá también me atraía, un gordo bonachón buena honda. De grata recordación. Y la carrera política de Juan Fernando también me ha gustado, lo siento un buen liberal, trabajador y honrado. De todos los relatos es el que más me llama la atención por la relación de afecto con su fallecido padre. De verdad que vi en el relato que además de ser padre e hijo, eran amigos.
Iván Cepeda. Doloroso, muy doloroso tener perfectamente claro desde su niñez que su padre moriría asesinado. Llama la atención el hecho de que el gobierno hubiera aceptado la responsabilidad y pedido excusas por el asesinato, cosa que de alguna manera alivió a sus deudos.
Aníbal Gaviria. Acompañó a su hermano Guillermo durante todo el recorrido hacia el municipio de Caicedo en solidaridad con sus habitantes por una toma de la que habían sido objeto días antes. En su infinita bondad, Guillermo se volvió un ferviente convencido del movimiento de la “No violencia”, inspirado en Martín Luther King. Su ilusión de paz y trabajo decidido en su búsqueda hizo que ese fuera su norte en la Gobernación. Creía ciegamente en ese movimiento y sus principios, nada que ver con “el paisa”, quien lo secuestró y lo asesinó vilmente.
De Oscar Alarcón. Los segundos de abordo: su historia y su historieta
Oscar Alarcón escribe y ha escrito siempre con humor, como lo hace por ejemplo en el libro que nos presentó este año, en el que en escasas 300 páginas nos da cuenta de cada uno de los “segundos de a bordo,” que han sido escogidos, ya sea en su calidad de designados, como se llamó a quienes reemplazarían al presidente en sus faltas permanentes o temporales antes de la Constitución del 91, o de vicepresidentes, a partir de ésta. Una enorme diferencia entre los unos y los otros.
Los primeros, nombrados por el Congreso, y los segundos elegidos como fórmula del candidato presidencial, lo cual tiene mayor sentido, ya que nadie mejor que el presidente tendría más claro quién le gustaría que lo reemplazara. Lo que en la práctica no parece cumplirse, pues para hablar de las elecciones actuales, es claro que ni la candidata Paloma Valencia ni tampoco muchos de sus electores(as), se sentirían cómodos siendo reemplazada por Juan Daniel Oviedo en caso de que ella faltara.
Tras el prólogo, escrito con la experiencia y la elegancia intelectual del presidente Alfonso López Michelsen, en el que utilizando palabras de Benjamín Franklin en los EE. UU., el vicepresidente debía llamarse “su alteza superflua”, nos dice López.
El libro está construido en dos partes de 4 capítulos la primera (historias) y de 29 capítulos en orden cronológico; la segunda, el autor la llamó “historietas” De modo que como también sucede con el de la politóloga Lariza Pizano bien se puede leer en desorden según los intereses del lector(a). Una delicia.
Óscar Alarcón inicia su libro llevándonos a los orígenes y al desarrollo de la vicepresidencia en los Estados Unidos de América, nos explica cómo ha funcionado esa figura a lo largo de la historia en ese país y cuáles han sido sus consecuencias políticas. Recuerda que en Estados Unidos varios de aquellos “segundos de a bordo” terminaron más tarde elegidos presidentes.
En Colombia, en cambio, de los 157 colombianos y las dos colombianas que han pasado por la Designatura o la Vicepresidencia de la República, ello solamente ha ocurrido en nueve oportunidades;3 nos lo muestra al final de libro la relación cronológica preparada por el gran poeta y escritor samario José Luis Díaz-Granados.
El libro está lleno de anécdotas y datos curiosos como que hubo un designado4 que fue presidente solamente durante 24 horas. Dedica el capítulo 12 a contarnos las relaciones de la familia Holguín, de la que dos de ellos fueron presidentes de la República y algunos de sus parientes entre yernos, hermanos y sobrinos también estuvieron en posiciones cercanas a la Presidencia de la República.
Detalla lo sucedido el 9 de abril en el palacio presidencial cuando no faltaron las sugerencias al presidente Ospina Pérez para que entregara el poder, o la tantas veces repetida frase de Darío Echandía “¿el poder para qué?”, sin que hasta ahora fueran muy pocos quienes conocieran su origen.
Para terminar lo relativo a “los segundos de abordo”, considero de especial interés histórico la transcripción de la carta que le enviara el vicepresidente Humberto de la Calle a su presidente invitándolo a que renunciara a la Presidencia de la República, y la respuesta de Samper.
Destaco también de la Filbo los libros: El arquero que murió en la cancha, de Nicolás Samper y el libro de cuentos Los invisibles, de Sergio Ocampo Madrid, de quien también recomiendo la fabulosa conferencia que nos dio en el estand de El Espectador5, sobre ese excepcional texto que no ha tenido fronteras ni momento durante los 300 años en los que ha circulado. Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Es la primera referencia de la que sé en nuestro país sobre la conmemoración de los 300 años de vida del libro. Bien por Sergio Ocampo.
1 Noemí Sanín Posada.
2 Juan Guillermo Rios.
3 Francisco de Paula Santander, José Ignacio Márquez, Tomás Cipriano de Mosquera, Eustorgio Salgar, Pedro Nel Ospina, Eduardo Santos, Alberto Lleras Camargo, Julio César Turbay Ayala y Juan Manuel Santos Calderón.
4 Clímaco Calderón Reyes en 1882
5 https://www.youtube.com/watch?v=jf2mhKuLjRo
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