Con el cuchillo entre los dientes y con una, dos y cinco pizcas de inventiva, con la pelota como si fuera de trapo, con el desparpajo de jugar con el rival y dejarlo tirado en el piso una y otra vez, con la rabia de los muertos que se contaban uno a uno y mil a mil en una lejana guerra de una perdida isla llamada Malvinas, con el odio acumulado por tantos insultos en la calle de tantos ingleses que le decían “animal, go home”, con el dolor de tango de haber sido y no ser y el barrio y el barro de su niñez pegado a los botines, con una estampita de la virgen de Luján bajo la camiseta de los Spurs, con el aliento a mate y la ilusión de un dulce de leche, con las muelas picadas, la barba sin afeitar, el pelo largo, las medias a mitad de canilla…
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Así, casi que con la vida pendiente de un alfiler, Ricardo Julio Villa tomó un balón en la zona de 10, aunque su franela estuviera marcada por el 5, y empezó a amagar, y se fue hacia su izquierda, y luego a la derecha, y de nuevo a la izquierda, y los defensas del Manchester City pasaron de largo y volvieron a pasar de largo y él alcanzó a sonreír antes de medir su disparo final y anotar uno de los goles decisivos de la final de la Copa Inglesa de Fútbol de la temporada 80-81 con los que el Tottenham fue campeón. Así, con los ojos aguados y los puños apretados, y quién sabe cuántos recuerdos y cuantas nostalgias, Villa se abrazó con su compañero de equipo, Osvaldo Ardiles, y le dijo algo más que gol, porque sólo Ardiles sabía lo que les ocurría con aquella guerra.
Ellos dos parecían ser los únicos argentinos en Inglaterra, mientras los ingleses y los argentinos se mataban en Malvinas, mientras su país se destrozaba a manos de represores y genocidas que se hacían llamar militares y, como tales, salían a las calles y a los balcones de la Casa Rosada de Buenos Aires con sus uniformes y sus decenas de estrellas y medallas autoimpuestas por masacrar a quienes se les opusieran y por llevar a un puñado de miles de inocentes a una guerra sin sentido. Sólo ellos lo comprendían. Sólo ellos lo lloraban. Y en medio del dolor por los suyos, por la sangre, por su sangre, por la historia, por la tierra, tenían que escuchar los insultos, los “go home”, soportar las agresiones, las provocaciones.
En medio de la derrota, tenían que escuchar a Margareth Tatcher, la primera ministra, decir una y otra vez por la radio y la televisión: “¿Derrota? ¿Ustedes recuerdan lo que la reina Victoria dijo alguna vez? ¿Derrota? La posibilidad no existe”. Y no existía. Cada día que transcurría, lo sabían mejor. No existía, pese a que los Galtieri, Videla, Viola y compañía hubieran comprado los periódicos y las revistas para que dijeran, como lo dijeron, que Argentina iba ganando la guerra. Que no existiera la posibilidad de la derrota para los ingleses era la certeza de la muerte para los argentinos, para cientos de muchachos que hacían “la colimba”, como ellos le decían al servicio militar, y que se habían llevado a Malvinas para dar la vida por nada.
El día del gol de Villa y de la FA Cup ante el City, las listas de los nombres de los muertos eran eso, listas y nombres. Y miedo. Eran letras de molde, como la historia del Tottenham Hotspurs, que había sido fundado el 5 de septiembre de 1882 por unos muchachos que jugaban al cricket, y que había tenido su época más gloriosa en los 60, cuando ganaron la liga y la copa en el 61, y la Recope de Europa en el 63. Y como letras y algo de dolor, y algo más de odio, se fueron acumulando y terminaron por pasar, igual que los días y varios meses, un año, hasta que Ardiles vio el nombre de un primo, José Leónidas Ardiles. “Mi mundo entero colapsó”, dijo veintitantos años después Ardiles. Se fue al Paris Saint-Germain, o mejor, deambuló por el fútbol francés.
Cuando acabó la guerra, regresó al Tottenham. “Pero Malvinas marcó un quiebre —escribiría Ezequiel Fernández Moores—. No sirvió el trabajo del psicólogo John Syers, que le había contratado el club. Su primo, el primer teniente José Leónidas Ardiles, había muerto el 1° de mayo de 1982 en las Malvinas. Su avión, un Dagger C-433, según registros oficiales de la Fuerza Aérea Argentina, fue derribado por el Sea Harrier inglés pilotado por Bertie Penfold”. El teniente Ardiles tenía 27 años. Como homenaje póstumo fue ascendido a capitán. Su padre pasó mucho tiempo en busca de datos. Necesitaba certezas de su muerte. Indagó, habló, preguntó e investigó, hasta que el mismo Penfold le dijo que él había hecho explotar su Dagger en el Atlántico sur.
Pasados diez años, Osvaldo Ardiles fue nombrado entrenador del Newcastle. El portero era John Burridge, quien tiempo atrás, en un partido, le había recordado a Ardiles los muertos de lo que ellos, los británicos, habían bautizado Falkland. Burridge escribió en un libro que el técnico lo borró de la nómina como represalia por aquella vieja historia. Ardiles lo negó. “Es una completa fabricación, una linda historia para poner en el libro, pero no es cierta”. El libro de los Spurs, como llaman al Tottenham desde el siglo XIX, se siguió escribiendo luego de Ardiles y de Villa, y en mayúsculas, desde la llegada de otro argentino, Mauricio Pochetino en 2014, quien se sentó en el banquillo y le dio un giro absoluto al equipo, hasta el punto de que se metió en las semifinales de la Champions. Otra historia, otros nombres, otro contexto. Otro sufrir.