Cultura

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27 May 2021 - 6:00 p. m.

“Drácula”, de Bram Stoker

Bram Stoker publicó Drácula en mayo de 1897, un clásico del terror que cuenta con diversas adaptaciones literarias, escénicas y cinematográficas. Presentamos el primer capítulo de la traducción realizada en Colombia por Juan Fernando Hincapié para Panamericana Editorial.

Bram Stoker

"Drácula" es un libro escrito con varias voces y a manera de diarios, cartas y notas de periódicos.
"Drácula" es un libro escrito con varias voces y a manera de diarios, cartas y notas de periódicos.
Foto: Cortesía Panamericana Editorial

La manera en que estos papeles han sido ubicados en secuencia se hará manifiesta al leerlos. Todos los asuntos superfluos han sido eliminados, de modo que una historia casi en desacuerdo con las creencias del día de hoy podrá aceptarse como un simple hecho. No hay a lo largo del texto una declaración de hechos pasados en los cuales la memoria se equivoque, en tanto todos los registros elegidos son estrictamente contemporáneos, si se tienen en cuenta los puntos de vista y el rango de conocimientos de aquellos que los hicieron posibles.

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CAPÍTULO I

Diario de Jonathan Harker

(Texto taquigrafiado)

3 de mayo. Bistritz. Salí de Múnich a las 8:35 p. m. del 1 de mayo y llegué a Viena temprano la mañana siguiente; debí haber llegado a las 6:46, pero el tren se retrasó una hora. Del vistazo que di desde el tren y de lo poco que pude caminar por sus calles, Budapest me pareció un lugar maravilloso.

Temí alejarme mucho de la estación, teniendo en cuenta que habíamos llegado tarde y saldríamos tan apegados a la hora prevista como fuera posible. La impresión que tuve era que dejábamos el mundo occidental e ingresábamos al oriental: el más espléndido de los puentes sobre el Danubio, de anchura y profundidad respetables, recuerda la época de dominación turca. Salimos a buena hora, y después del anochecer llegamos a Klausenburg. Allí pasé la noche en el Hotel Royale. Mi cena fue un pollo cocinado de alguna manera con pimientos rojos. Estaba muy bueno, pero me dejó sediento. (Nota: pedir la receta para Mina). Le pregunté al mesero, y dijo que se llamaba paprika hendl y que, como era un plato nacional, podía conseguirlo en cualquier lugar de los Cárpatos. Mis conocimientos básicos de alemán me fueron de bastante utilidad aquí. De hecho, no sé qué habría hecho sin ellos.

En una de mis visitas a Londres, con algo de tiempo, había ido a la biblioteca del Museo Británico para buscar libros y mapas sobre Transilvania. Me parecía que algún conocimiento previo del país podría ser importante para tratar con un noble de la región. Encontré que el distrito del que me había hablado está en el extremo oriental del país, justo en la frontera de tres Estados, Transilvania, Moldavia y Bucovina, en medio de los montes Cárpatos, una de las regiones menos conocidas y más salvajes de Europa. No pude encontrar en ninguna parte la ubicación exacta del castillo de Drácula, en vista de que los mapas de aquel país aún no se comparan con nuestro Servicio Oficial de Cartografía. Sin embargo, pude enterarme de que Bistritz, lugar del que tanto me habló el conde Drácula, es bastante conocido. A continuación transcribiré algunas de mis notas, que me pueden ayudar a refrescar la memoria cuando le hable a Mina de mis viajes.

En Transilvania convergen cuatro nacionalidades distintas: en el sur, los sajones, mezclados con los valacos, que descienden de las tribus tracias; los magiares en el oeste, y los escequelios en el este y el norte. Tendré que relacionarme con estos últimos, que proclaman ser descendientes de Atila y los hunos. Es posible que así sea, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo xi, encontraron que los hunos ya estaban allí. He leído que todas las supersticiones conocidas en el mundo pueden encontrarse en la herradura de los Cárpatos, como si fuera el centro de alguna clase de vorágine imaginativa. De ser así, es posible que mi estancia en estas tierras sea muy interesante. (Nota: debo pedirle al conde que me cuente todo al respecto).

Pese a que mi cama era lo suficientemente cómoda, no dormí bien. Tuve toda clase de sueños extraños. Bajo mi ventana un perro le aulló toda la noche a la luna; quizá esto haya tenido que ver con mis sueños. O pudo haber sido la páprika: tuve que tomarme toda el agua de mi jarra, y quedé sediento. Hacia la mañana pude conciliar el sueño y me despertaron los golpes continuos en la puerta, de manera que sí tuve que haber dormido profundamente. De desayuno comí más páprika y una suerte de harina de maíz llamada mamaliga, así como berenjenas rellenas de carne picada, un plato exquisito llamado impletata. (Nota: conseguir la receta de este plato también). Tuve que apurar el desayuno debido a que el tren salía antes de las ocho o, mejor, debía salir a las ocho. Después de llegar corriendo a la estación a las 7:30, tuve que esperar en el vagón durante más de una hora hasta que por fin nos movimos. Parece que cuanto más vas al oriente, más impuntuales son los trenes. Me pregunto cómo serán en China.

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Todo el día nos deslizamos por un país lleno de belleza inimaginable. Vimos pueblos pequeños o castillos que coronaban empinadas colinas, como se ve en las postales antiguas. Pasamos por ríos y arroyos que parecían, por los amplios cauces de piedra en cada uno de sus lados, haber causado grandes inundaciones. Ciertamente toma una gran cantidad de agua, y una corriente impresionante, para superar la ribera de un río. En todas las estaciones había grupos de personas, algunas veces verdaderas multitudes, con todo tipo de vestimentas. Algunos de ellos se parecían a los campesinos de mi país, o a aquellos que se ven al pasar por Francia o Alemania, que visten chaquetas cortas, sombreros redondos y pantalones hechos en casa; pero había otros verdaderamente pintorescos. Las mujeres se veían bonitas, salvo cuando te acercabas, y todas se veían anchas de cintura. Vestían mangas blancas de alguna clase, y la mayoría lucían anchos cinturones de los que colgaban tiras al modo de los tutús de ballet. Por supuesto, todas llevaban enaguas debajo. Los eslovacos, más bárbaros que el resto, me parecieron los más extraños con sus sombreros de vaquero y sus sucios pantalones holgados, camisas de lino y enormes cinturones de cuero de casi treinta centímetros de ancho, con clavos de latón incrustados. Llevaban botas altas encima de los pantalones, y todos lucían el pelo largo y negro, y frondosos bigotes. Son bastante pintorescos, pero no lucen bien. Podrían pasar por una banda de forajidos orientales; sin embargo, me dicen que son completamente inofensivos e, incluso, débiles de carácter.

Oscurecía cuando llegamos a Bistritz, un lugar muy interesante y con una rica historia. Al estar ubicado prácticamente en la frontera —de allí, el desfiladero del Borgo desemboca en Bucovina— ha tenido una existencia atormentada, y ciertamente se pueden encontrar señales de ello. Cincuenta años atrás tuvo lugar una serie de grandes incendios que causaron estragos en cinco ocasiones distintas. Al comienzo del siglo xvii sufrió un asedio de tres semanas en el que murieron 13.000 personas, además de las pérdidas de guerra sumadas a la hambruna y las enfermedades. El conde Drácula me había instruido sobre el Hotel Golden Krone que, para mi deleite, encontré totalmente anticuado, pues desde luego quería experimentar a fondo las costumbres del país. Resultó evidente que me esperaban: en cuanto llegué a la puerta encontré a una anciana de rostro alegre, que vestía como una típica campesina: ropa interior blanca bajo dos delantales largos, por delante y por detrás, con motivos de colores y casi demasiado apretados para su modestia. Cuando me aproximé a la puerta se inclinó y dijo:

—¿El Herr inglés?

—Sí —contesté—. Jonathan Harker.

La anciana sonrió y le habló a un hombre en mangas de camisa, que la había seguido hasta la puerta. Al rato volvió con una nota:

«Amigo mío:

Bienvenido a los Cárpatos. Lo espero con ansias. Que pase una buena noche.

Mañana a las tres saldrá el transporte hacia Bucovina; tiene usted un pasaje

reservado. En el desfiladero del Borgo mi carruaje lo estará esperando. Espero

que su viaje desde Londres haya sido feliz, y deseo que disfrute de su estancia

en nuestro hermoso país.

Su amigo,

Drácula».

4 de mayo. Me enteré de que el dueño del hotel había recibido una carta del conde, en la que lo instruía a comprarme el mejor puesto en el coche. Cuando inquirí al respecto, se mostró reticente, e hizo como si no entendiera mi alemán. Esto no podía ser cierto, porque hasta entonces me había entendido perfectamente. Por lo menos, había respondido mis preguntas como si me entendiera. Él y su mujer, la anciana que me recibió, se miraron como con miedo. Murmuró que el dinero había sido enviado en una carta, y eso era todo cuanto sabía. Cuando le pregunté si conocía al conde Drácula y si me podía decir algo sobre el castillo, tanto él como su mujer se santiguaron y, diciendo que no sabían nada al respecto, se negaron a hablar más. Faltaba poco para comenzar el viaje, de manera que no tuve tiempo de preguntarle a nadie más, pero me pareció algo misterioso y para nada tranquilizador.

Justo antes de partir, la anciana vino a mi habitación y dijo de manera histérica:

—¿Tiene que ir? ¿Es necesario que vaya, joven Herr?

Estaba tan alterada, que parecía haber perdido su capacidad de hablar alemán, y lo mezclaba con otro idioma que me era imposible entender. Solo pude seguir lo que decía haciéndole muchas preguntas. Cuando le dije que debía irme de inmediato, puesto que tenía asuntos importantes que atender, preguntó de nuevo:

—¿Sabe qué día es hoy?

Respondí que era el 4 de mayo. Negó con la cabeza y dijo:

—¡Oh, sí! ¡Ya lo sé! Pero ¿sabe usted qué día es hoy?

Dije que no entendía y prosiguió.

—Es la víspera de san Jorge. ¿Sabía que hoy a la medianoche todos los espíritus malignos del mundo tendrán pleno dominio? ¿Sabe adónde va? ¿Sabe lo que va a hacer?

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Estaba tan angustiada que traté de calmarla, pero no fue posible. Finalmente se arrodilló y me imploró que no fuera, que al menos esperara un día antes de hacerlo. Todo parecía bastante ridículo, pero me sentí intranquilo. No obstante, tenía que cumplir mis obligaciones y no podía permitir que nada interfiriera con ellas. Intenté levantarla y, tan seriamente como me fue posible, le di las gracias. Dije que mis negocios no daban espera, y que debía irme. Entonces se puso de pie y se secó las lágrimas. De su cuello tomó una cadena con crucifijo y me la ofreció.

No supe qué hacer. En mi calidad de miembro de la Iglesia Anglicana, siempre se me ha enseñado que tales cosas tienen algo de idolatría; sin embargo, parecía poco cortés de mi parte negarme a recibir un regalo de la mujer, cuyas intenciones eran las mejores y que se encontraba tan alterada de los nervios. Supongo que me vio dudar, por cuanto colgó el rosario alrededor de mi cuello.

—Piense en su madre y acéptelo —dijo finalmente y salió de la habitación.

Escribo esta parte de mi diario mientras espero el coche que, por supuesto, viene con retraso. El crucifijo permanece alrededor de mi cuello. Es posible que la anciana me haya contagiado su miedo, pero no me siento para nada tranquilo. Si de alguna manera este libro llega a Mina antes que yo, que lleve con él mi adiós. ¡Aquí llega el coche!

5 de mayo. El castillo. El gris de la mañana se ha disipado, y el sol corona el horizonte distante, que parece mellado por los árboles o las montañas, no lo sé. Da la impresión de que las cosas grandes y pequeñas estuvieran mezcladas. Estoy desvelado, y en vista de que no se me llamará hasta que despierte, escribiré hasta que venga el sueño. Hay muchas cosas extrañas que debo anotar y, para que quien las lea no piense que no he comido bienantes de dejar Bistritz, anotaré con precisión mi cena. Comí lo que llaman «filete de ladrón», que lleva trozos de tocino, cebolla y carne sazonados con pimientos rojos y ensartados en varillas. Se asa de la misma manera sencilla que en las calles de Londres asan la carne para gato. El vino era un mediasch dorado, que deja un extraño picor en la lengua; sin embargo, no es para nada desagradable. Tan solo bebí un par de copas.

Cuando subí al coche el conductor no había ocupado el pescante. Lo vi hablando con la anciana. Era evidente que hablaban de mí, pues cada tanto se volteaban a mirarme, y algunas de las personas sentadas en el banco que queda fuera de la puerta —al que aquí llaman «el portador de palabras»— se acercaron a escuchar y me miraban con lástima. Podía escuchar varias palabras repetidas a menudo, palabras extrañas, pues había varias nacionalidades entre la muchedumbre, de manera que saqué mi diccionario políglota de la maleta y las busqué. Confieso que no eran para nada alentadoras. Encontré Ordog (Satanás), pokol (infierno), stregoica (bruja), vrolok y vlkoslak (con el mismo significado, una en eslovaco y la otra en serbio, una especie de «hombre lobo» o «vampiro»). (Nota: preguntarle al conde acerca de estas supersticiones).

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Al salir, la multitud que se agolpaba en la posada comenzó a santiguarse y a señalarme con dos dedos. Con alguna dificultad logré que un pasajero me dijera de qué se trataba. Al principio se negó a responder, pero cuando se enteró de mi nacionalidad inglesa explicó que era una especie de amuleto o protección contra el mal de ojo. Por supuesto, no era muy agradable dirigirse a un lugar ignoto a conocer a un hombre desconocido en estos términos, pero todos parecían tan bondadosos y afligidos, tan comprensivos que no pude sino conmoverme. Nunca olvidaré el último vistazo que di a la posada y a las personas pintorescas que ocupaban su entrada, todos santiguándose alrededor del arco, con su fondo de rico follaje de adelfa y naranjos plantados en barriles verdes y agrupados en el centro del patio. Entonces el cochero, cuyos anchos pantalones de lino —gotza, los llaman por aquí— cubrían todo el pescante, fustigó a sus cuatro pequeños caballos, que emprendieron la marcha, y de este modo comenzó nuestro viaje.

Envuelto en la belleza del paisaje, pronto olvidé los miedos fantasmagóricos que me embargaban. Quizá esto no habría sucedido de conocer el idioma o los idiomas de los demás pasajeros. Ante nosotros se extendía una pendiente verde llena de bosques y vegetación, con colinas empinadas coronadas por grupos de árboles o granjas, sus blancos aleros apuntando hacia el camino. En todas las direcciones había masas abrumadoras de frutales en flor: manzanos, ciruelos, perales, cerezos. A medida que pasábamos se podía ver, bajo los árboles, el verde césped cubierto de pétalos caídos. El camino entraba y salía de las verdes colinas que aquí llaman «Mittelland»; cada tanto se perdía en curvas cubiertas de hierba, o se cortaba ante las ramas de los pinos que bordeaban las laderas de las colinas como lenguas de fuego.

El camino era tosco, pero parecía que volábamos sobre él con prisa frenética. Entonces no podía entender por qué el apuro, pero era evidente que el cochero estaba empeñado en no perder tiempo para llegar a Borgo Pruna. Me dijeron que en verano el camino es magnífico, pero que aún no trabajaban en él después del deshielo. En este sentido es distinto de la mayoría de los caminos de los Cárpatos, pues es tradición que no se les mantenga en buen estado. Los habitantes de la zona no los reparaban por temor a que los turcos pensaran que se aprestaban para recibir tropas extranjeras, y de este modo desataran una guerra que siempre parecía a punto de estallar.

Más allá de las grandes y verdes colinas de la Mittelland, se elevaban frente a nosotros cuestas imponentes de bosque que llegaban hasta las más altas cimas de los Cárpatos. Nos envolvían a izquierda y derecha, y el sol de la tarde les arrancaba los colores más espléndidos: azul profundo y púrpura en la parte sombreada de las cumbres, verde y café donde se mezclaban la piedra y la hierba, y una perspectiva infinita de piedra escarpada y peñascos puntiagudos hasta donde alcanzaba la vista. Y allí surgían imponentes los picos nevados. En las montañas se distinguían grietas por donde, a medida que descendía el sol, de cuando en cuando vislumbrábamos los destellos blancos de varias cascadas. Uno de mis compañeros de viaje tocó mi hombro mientras bordeábamos el pie de una colina. De repente, mientras serpenteábamos, daba la impresión de que el elevado pico nevado de una montaña estaba tan solo a unos metros.

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—¡Mire! ¡El trono de Dios! —dijo y se santiguó fervorosamente.

Mientras seguíamos nuestro camino interminable, y el sol caía cada vez más a nuestras espaldas, las sombras de la noche emergían. Esto se acentuaba en las cimas nevadas de las montañas, que retenían la puesta de sol y parecían resplandecer un delicado color rosado. Cada tanto veíamos checos y eslovacos, todos vestidos de manera pintoresca, y me di cuenta de que el bocio prevalecía desagradablemente. Al borde del camino había infinidad de cruces, y a medida que pasábamos, mis compañeros se santiguaban. Cada cierto tiempo veíamos un hombre o una mujer arrodillados ante un sepulcro: parecían encontrarse en un estado de devoción en el que no tenían ni ojos ni oídos para el mundo externo. Había muchas cosas nuevas para mí. Por ejemplo, almiares de heno en los árboles y uno que otro abedul llorón, con sus tallos blancos que brillaban como plata por entre el verde delicado de las hojas. También nos topamos con las típicas carretas de los campesinos, con sus estructuras largas, parecidas a serpientes, calculadas para sobrellevar las desigualdades del camino. En ellas se sentaban paisanos que retornaban a casa después de un día de trabajo: los checos, con pieles de oveja blancas; los eslovacos, repletos de color y llevando largos bastones como si fueran lanzas, con un hacha en el extremo. Al caer la noche, el frío se hizo intenso, y el ocaso creciente dio la impresión de fundir en una bruma oscura la penumbra de los árboles —robles, hayas y pinos—, aunque en los valles que se encuentran entre las colinas, a medida que ascendíamos por el desfiladero, los abetos se sostenían como recostados contra la nieve que aún se podía ver. En algunos momentos, cuando el camino se veía interrumpido por hileras de pinos que en la oscuridad parecían aproximarse a nosotros, grandes masas grises, que se esparcían en los árboles, producían un efecto peculiarmente raro y solemne, que era una extensión de los pensamientos y caprichos sombríos suscitados a principios de la tarde, cuando la puesta de sol trajo algo de alivio a las nubes espectrales que parecen envolver perpetuamente los valles de los Cárpatos.

En ocasiones las colinas eran tan inclinadas que, pese a la prisa de nuestro conductor, los caballos apenas podían avanzar. Deseé bajarme y caminar a su lado, tal como hacemos en casa, pero al cochero le pareció descabellado.

—No, no —dijo—. No debe caminar por aquí. Hay demasiados perros salvajes —y agregó, con lo que parecía algo de humor negro, pues miró a los demás pasajeros para obtener sus sonrisas de aprobación—. Ya verá usted lo suficiente antes de irse a dormir.

Solo se detuvo un momento a encender las faroles.

Cuando oscureció dio la impresión de que los demás pasajeros entraban en estado de conmoción. Le hablaban constantemente al cochero, como pidiéndole que fuera más rápido. Sin piedad alguna, este azotaba a los caballos con su gran látigo, y con gritos salvajes de aliento los urgía a acelerar el paso. Entonces, en medio de la oscuridad pude vislumbrar una suerte de mancha de luz gris delante de nosotros, como si hubiera una grieta en las colinas. El nerviosismo de los pasajeros aumentó. El enloquecido carruaje se sacudió bajo sus grandes muelles de cuero, como si se tratara de un barco en medio de un mar tempestuoso. Me tuve que agarrar. Poco a poco el camino pareció estabilizarse, y llegó a dar la impresión de que volábamos. En algún momento pareció que las montañas comenzaban a aplastarnos desde los costados y por arriba: estábamos entrando en el desfiladero de Borgo. Uno a uno los pasajeros comenzaron a ofrecerme regalos, que me entregaban de una manera tan franca que no había posibilidad de negarse. Se trataba ciertamente de cosas extrañas y variadas, cada una ofrecida de buena fe y con una palabra amable y una bendición, que en mucho asemejaba la mezcla de gestos de temor que había visto fuera de la posada en Bistritz: la señal de la cruz y la protección contra el mal de ojo. Cuando avanzamos un poco, el cochero se inclinó hacia delante, y los pasajeros, a cada lado, se asomaron por las ventanillas del coche y miraron con impaciencia la oscuridad. Se hizo evidente que algo fascinante sucedía o estaba a punto de suceder, y pese a que le pregunté a uno tras otro, nadie ofreció la más mínima explicación. El estado de excitación se mantuvo por algunos momentos; por fin vimos cómo el desfiladero se nos revelaba desde su costado oriental. El cielo se tiñó de oscuras y amenazantes nubes, y en el aire se podía percibir la sensación opresiva de una tormenta. Parecía que la cordillera se separaba en dos atmósferas, y que nosotros debíamos ingresar irremediablemente en la tormenta. Yo me mantenía atento al transporte que me llevaría hasta el conde. Esperaba ver el brillo de luces en medio de la oscuridad, pero todo se mantenía en tinieblas. La única luz provenía de los rayos vacilantes de nuestros propios faroles, en los cuales el vaho que emitían los valientes caballos se condensaba en nubes blancas. Ahora podíamos distinguir el camino arenoso que se extendía delante de nosotros, pero no había señal de ningún vehículo. Podía sentirse la relajación general de los pasajeros, que parecía burlarse de mi propia decepción. Pensaba en lo que debería hacer cuando el cochero, consultando su reloj, dijo a los otros en voz baja algo que apenas pude oír: «Llegamos una hora antes de lo previsto».

Después, mirándome, dijo en un alemán peor que el mío:

—Aquí no hay ningún coche. Nadie espera al Herr. Lo mejor es que venga con nosotros a Bucovina, y regrese mañana o pasado mañana. Mejor pasado mañana.

A medida que hablaba, los caballos comenzaron a resoplar y relinchar de manera salvaje, y el cochero se vio forzado a sujetarlos. Y entonces, en medio de un coro de gritos de los campesinos, que acompañaban santiguándose, una calesa tirada por cuatro caballos nos alcanzó. Pude ver a través de los destellos de los faroles que los caballos eran negros como el carbón, animales verdaderamente espléndidos. Eran conducidos por un hombre alto, de barba larga y oscura, que vestía un gran sombrero negro que ocultaba su rostro. En cuanto se volvió hacia nosotros me encandiló el brillo de sus ojos radiantes, que parecían rojizos bajo la luz. Le dijo a nuestro conductor:

—Ha llegado temprano esta noche, amigo.

—El Herr inglés tenía prisa —balbució nuestro cochero como respuesta.

Al escuchar esto, el extraño contestó:

—Supongo que por ello le dijo que siguiera hasta Bucovina. No me puede engañar: sé demasiado, y mis caballos son veloces.

Sonrió al hablar, y la luz de la lámpara le dio de pleno en una boca de aspecto duro, con labios muy rojos y dientes afilados, tan blancos como el marfil. Uno de mis compañeros de viaje le susurró a otro un verso de Lenore, de Bürger:

«Denn die Todten reiten schnell».

(Porque los muertos viajan deprisa.)

Resultó evidente que el extraño conductor había escuchado estas palabras, pues levantó la mirada, que dibujaba una sonrisa resplandeciente. El pasajero miró hacia otro lado, y al mismo tiempo mostró dos dedos con los cuales se santiguó.

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—Deme el equipaje del Herr —dijo el conductor de la calesa, y con extraordinaria prontitud mis maletas fueron colocadas en mi nuevo transporte. Entonces me bajé del coche, y el nuevo cochero me ofreció la mano para subir a la calesa. Su agarre era de acero. Debía de tener una fuerza prodigiosa. Sin que mediara palabra sacudió las riendas, los caballos dieron media vuelta y nos internamos en la oscuridad del desfiladero. Al mirar hacia atrás vi el vapor de la respiración de los caballos a la luz de los faroles, y proyectada contra esta las figuras de quienes habían sido mis compañeros de viaje. Se santiguaban. El cochero fustigó y desafío a sus caballos, que emprendieron el camino hacia Bucovina.

En tanto se perdían en la oscuridad, sentí un ligero escalofrío y me dominó un sentimiento de soledad. En ese momento el cochero me tendió una capa sobre los hombros y una manta sobre las rodillas. Dijo en un alemán impecable:

—La noche es fría, mein Herr, y mi amo, el conde, me pidió que cuidara de usted. Hay una botella de slivovitz (licor de ciruelas del país) bajo la silla, en caso de que desee un poco.

No lo probé, pero era un consuelo saber que estaba allí. Me sentí un poco extraño y asustado. Creo que si hubiera tenido alguna alternativa, de seguro la habría tomado, en vez de proseguir ese viaje nocturno hacia lo desconocido. El carruaje continuó a buen ritmo en línea recta, después giró completamente y avanzó por otro camino recto. Me dio la impresión de que seguíamos una y otra vez el mismo rumbo, de manera que me fijé en un punto saliente y pude darme cuenta de que lo pasábamos una y otra vez. Me habría gustado preguntarle al cochero lo que esto significaba, pero me daba miedo hacerlo. Sabía que en mi posición cualquier protesta no tendría efecto si la orden era demorar la llegada.

De vez en cuando, no obstante, sentía curiosidad por saber qué tanto tiempo había pasado. Prendí un fósforo y miré la hora. Faltaban pocos minutos para la medianoche. Posiblemente debido a las supersticiones generales acerca de la medianoche y a mis experiencias recientes, entré en una especie de estado de conmoción. Esperé con una sensación de miedo e incertidumbre.

A lo lejos, seguramente en una granja lejana en el camino, un perro comenzó a aullar. Su lamento era continuo y agonizante, sin duda tenía como origen el terror. Su sonido fue retomado por el de otro perro, y después otro y otro, hasta que, impulsado por el viento que soplaba suavemente por el desfiladero, se escuchó un aullido salvaje que parecía provenir de todo el país, tan lejano como la imaginación se atreviera a concebirlo a través de la penumbra de la noche. Con el primer aullido los caballos se tensionaron y comenzaron a encabritarse, pero el cochero pudo tranquilizarlos. Sin embargo, seguían temblando y sudando como si hubieran tenido un gran susto. Entonces, lejos en la distancia, proveniente de las montañas que nos rodeaban, nos llegaron unos aullidos más fuertes y agudos —de lobos— que afectaron tanto a los caballos como a mí mismo. Pensé en saltar de la calesa y salir corriendo; ellos se encabritaron nuevamente, esta vez de manera salvaje, y el cochero tuvo que usar toda su fuerza para evitar que salieran desbocados. Pasados unos minutos, no obstante, mis oídos se acostumbraron al sonido, y los caballos dieron la impresión de sosegarse también, pues el cochero pudo bajarse de la calesa y pararse a su lado. Los acarició y los fue calmando hablándoles al oído, como he escuchado que hacen los domadores. Logró su cometido de manera extraordinaria: bajo sus caricias se volvieron otra vez manejables, pese a que seguían temblando. Una vez más el cochero tomó su lugar, sacudió las riendas y retomamos el camino a gran velocidad. En esta ocasión, no bien llegamos al extremo del desfiladero, de repente tomamos un camino estrecho que doblaba a la derecha. Pronto nos encontramos rodeados de árboles. Algunos de ellos se arqueaban dando la impresión de que pasábamos por un túnel, y nuevamente se podían ver amenazadores peñascos a ambos lados. Pese a que estábamos a cubierto, podíamos escuchar el viento creciente que gemía y silbaba por entre las rocas. Las ramas de los árboles chocaban entre sí a nuestro paso. Cada vez el frío era más intenso, y una nieve fina y polvorienta empezó a caer.

Pronto todo lo que nos rodeaba se cubrió de un manto blanco. El cortante viento todavía traía los aullidos de los perros, pero este sonido se volvió más tenue a medida que avanzábamos. En cambio, los aullidos de los lobos parecían cada vez más cercanos, como si nos estuvieran tendiendo una celada. Debo confesar que entré en pánico, y los caballos también, pero el cochero permanecía impasible. Giraba una y otra vez su cabeza a izquierda y derecha, pero yo no podía ver nada debido a la oscuridad.

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De improviso, divisé a nuestra izquierda una débil y vacilante llama azul. El cochero la vio al mismo tiempo que yo; con un solo movimiento comprobó que los caballos estuvieran bien y saltando a tierra desapareció en la oscuridad. No supe qué hacer y, para mayor infortunio, el aullido de los lobos se escuchó más cerca. Consideraba mis opciones cuando el cochero apareció nuevamente y, sin pronunciar palabra, trepó a su puesto y seguimos nuestro camino. Creo que me quedé dormido y seguía soñando con el incidente, pues este parecía repetirse incesantemente, y ahora, mirándolo en retrospectiva, tenía todos los componentes de una horrible pesadilla. En una ocasión la llama apareció tan cerca que incluso en la oscuridad pude ver los movimientos del cochero. Con gran velocidad fue hasta donde estaba la llama azul —que parecía bastante débil, pues no alcanzaba a iluminar el lugar que la circundaba— y tomando algunas piedras comenzó a formar una suerte de artefacto. Entonces me pareció ver un extraño efecto óptico: cuando el cochero se paró entre la llama y yo, seguí viendo la llama, una suerte de destello fantasmal. Esto me sobresaltó, pero debido a que el efecto duró tan poco, concluí que el esfuerzo de mis ojos tratando de abrirse paso entre la oscuridad me había engañado. Por un momento no vi ninguna llama azul, y aceleramos por la penumbra con el aullido de los lobos encerrándonos, como si nos estuvieran siguiendo.

Por fin llegó el momento en que el conductor se alejó más de lo que lo había hecho hasta entonces, y durante su ausencia los caballos comenzaron a temblar más que antes, y a resoplar y chillar de espanto. No podía ver ninguna causa para ello: los aullidos de los lobos habían cesado por completo. Pero entonces la luna, en su recorrido por las nubes negras, apareció tras la cresta dentada de un peñasco cubierto de pinos e iluminó una manada de lobos de colmillos blancos y lenguas rojas que colgaban, con extremidades largas y fibrosas y pelo desaliñado. Su sombrío silencio era cien veces más terrible que sus aullidos de antes. Yo me paralicé del miedo. Únicamente cuando un hombre se siente cara a cara con tales horrores entiende su verdadero significado.

En aquel momento, como si la luz de la luna hubiera tenido algún efecto peculiar sobre ellos, los lobos comenzaron a aullar de nuevo. Los caballos, entonces, empezaron a brincar y a retroceder, y con impotencia miraban a los lados. Era algo penoso de ver. La manada de lobos nos rodeaba, y se veían determinados a permanecer allí. Comencé a llamar al cochero, pues me parecía que nuestra única oportunidad era tratar de romper aquel cerco de lobos, y de esta manera permitir que volviera con nosotros. Grité con todas mis fuerzas y golpeé el costado de la calesa, esperando con ello espantar a los lobos y así permitir que el cochero llegara por ese lado. Cómo llegó hasta allí, no lo sé, pero escuché el tono de su voz alzándose en un comando imperioso. Mirando en dirección al sonido, lo vi de pie en el camino. A medida que movía sus largos brazos, como haciendo de lado un obstáculo impalpable, los lobos comenzaron a retroceder. Justo entonces una pesada nube eclipsó la luna, y nuevamente reinó la oscuridad.

Cuando pude volver a ver algo, el cochero se subía desaparecido. Todo era tan extraño y misterioso que un miedo espantoso se apoderó de mí, y estaba aterrorizado de siquiera hablar o moverme. Tuve la impresión de que el tiempo se había congelado a medida que proseguimos el camino casi en completa oscuridad, pues las nubes habían cubierto por completo la luna. Seguimos ascendiendo, aunque de vez en cuando bajábamos breve y velozmente. No obstante, era claro que ascendíamos. De un momento a otro tuve conciencia de que el cochero guiaba a los caballos por el patio de un enorme y ruinoso castillo. De los ventanales altos y ennegrecidos no provenía ningún rayo de luz, y por entre sus almenas semiderruidas se colaba la luz de la luna.

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