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Babel, el nombre con el que se conoce a la torre construida por los descendientes de Noé, deriva de la palabra hebrea balal, que significa “confundir”. Lo que vivimos por estos días en Colombia bien podría referir algunos elementos de esta historia recurrente de la mitología, un ejemplo sobre qué tan arrogantes pueden ser los hombres y, la vez, qué tan abiertos y dispuestos pueden estar para comunicarse, dialogar y hablar un único lenguaje.
Derrumbar las torres que nos dividen es dialogar. Coincidir con las convicciones de los demás, preguntar, escuchar, ser escuchado, razonar... Para ello, diez destacados activistas por la paz de todo el mundo se reunieron en la Universidad de Luxemburgo, el pasado 28 de mayo, en la novena ceremonia anual de entrega del Premio de la Paz y de la Conferencia del Diálogo Transatlántico Reimaginando La Torre de Babel, escenario que aboga por una filosofía de práctica que incorpore enfoques basados en las artes, la paz y la ciudadanía global.
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En la lista para recibir el premio están Scilla Elworthy, nominada en tres ocasiones al Nobel de la Paz por formular políticas en materia de armas nucleares; William Vendley, pionero en facilitar el establecimiento de consejos multirreligiosos en todo el mundo; la organización Las Palabras Curan el Mundo, creada por una joven brasileña para combatir el discurso de odio y el extremismo en internet; Libby Liu, dedicada a apoyar a las personas que legalmente denuncian infracciones; el movimiento conjunto israelí-palestino Una Tierra para Todos: dos Estados; el profesor Steve Youngblood, director del Centro de Periodismo para la Paz Global; el fotógrafo keniano Bonifacio Mwangi; la asociación Agua, Paz y Seguridad, y el artista mexicano Pedro Reyes, cuyas obras incitan al cambio y la movilización social.
Los galardonados recibirán La silla de la paz, una estatuilla creada por el artista quindiano Duván López, que la Fundación para la Paz de Schengen entrega, desde 2017, como emblema: una silla de tres patas y la cuarta la completan quienes creen en las acciones de la no violencia.
En esta versión, el artista colombiano que evidencia en sus esculturas la visión unifocal y la destrucción del concepto de tridimensionalidad del espacio, estará presente en el evento para inaugurar una escultura de La silla de la paz. Actualmente, hay tres de estas sillas exhibidas en diferentes partes del mundo: una en la Fundación Vila Casas, en Besalú, provincia de España; otra en Barcelona, en el mismo país, y una más en la plazoleta de la Alcaldía de Quimbaya, en Quindío, municipio donde nació el artista.
Para Duván, tener la escultura en la plaza pública permitirá generar pensamientos y nuevas preguntas a un problema que no se puede focalizar en Colombia porque es universal: la violencia.
“Yo no quería hacerlo en Colombia porque no quiero politizar mi obra y porque el país está en reestructuración mental, de poder, de gobierno, en un momento molesto que se tiene que dar. El poder no puede hacernos olvidar la democracia, que está en gestación en Colombia. No tenemos que hablar de paz, sino de convivencia. Colombia tiene que aprender a ser justa, sin matar a sus hijos”, añadió el artista Duván López.
López sabe que todo es un camino, y mientras prepara la instalación de La silla de la paz en la Universidad de Luxemburgo, para fomentar la reflexión sobre el diálogo y el encuentro humano, trabaja en un proyecto que muestra siete sillas de colores que habitan el ser humano.
Estarán organizadas esta vez en un círculo y no en una torre como la de Babel, porque este no tiene principio ni fin y porque quiere expresar simbólicamente el sentido de la vida humana y el universo, la idea de que podemos ser diferentes y de múltiples colores, hablando en paz de identidad, arte, cultura y las costumbres que nos unen como país, superando las diferencias, acercándonos a los demás con la voluntad de reconocer y comprender.