Eduardo Jaramillo Zuluaga, vida y muerte de un maestro de literatura

El Ph.D inspirador de escritores como Santiago Gamboa y Mario Mendoza, se congeló en un arroyo cuando intentaba rescatar a su perro.

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NELSON FREDY PADILLA
10 de enero de 2009 - 10:00 p. m.
Eduardo Jaramillo Zuluaga, vida y muerte de un maestro de literatura
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Gransville, estado de Ohio. La tarde del 23 de diciembre, Eduardo Jaramillo Zuluaga dejó por un momento los preparativos para la Navidad, se abrigó y salió a pasear con el hijo peruano de 11 años de su ex esposa. Los acompañó ‘Dante’, su mascota rottweiler. Cuando cruzaban el puente peatonal sobre un arroyo del sector de Raccoon Creek, no se sabe por qué el animal saltó al agua y quedó atrapado en el hielo. El profesor colombiano, presidente del Departamento de Lenguas Modernas en la vecina Universidad de Denison, se quitó la bufanda y la chaqueta, dejó a un lado la billetera y el celular, y se lanzó al rescate. Hace tres años encontró abandonado a ‘Dante’ y lo adoptó. Encarnaban “señor y perro”, como en la novela de Thomas Mann.

Se calcula que intentó alcanzarlo a nado durante cinco minutos antes de quedar inmovilizado. El niño quiso ayudarlos, se meti´ó al agua, pero ante la imposibilidad salió corriendo en busca de ayuda. Perdido y sin hablar ni una palabra en inglés los bomberos de Newark apenas pudieron llegar al lugar media hora después. El cuerpo del Ph.D en literatura del Washington University ya no tenía signos vitales. Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte, uno de los versos de José Asunción Silva que declamaba en los festivales locales y dejó grabados en CD-Room.

 El reloj marcaba las 4:45, según el reporte policial del detective Cliff Biggers. Su hermano Germán piensa que “lo mundano le era tan indiferente que no midió el peligro al que se estaba exponiendo. Yo hubiera llamado a los bomberos. Él se lo pidió al niño cuando se estaba congelando”.

Mientras los rescatistas salvaban a ‘Dante’, que sobrevivió a la hipotermia de un cauce a 30 grados bajo cero, Edo, como lo llamaban con cariño sus allegados y alumnos, intentó ser revivido en una ambulancia y por el equipo médico del Hospital Licking Memorial. Tres horas de esfuerzo sin éxito.

Su huella en Colombia

Jaramillo Zuluaga tenía 51 años. Había nacido en Cali, aunque fue en Bogotá donde, desde el Colegio Calasanz, cultivó el amor por la literatura. Su hermano Germán no olvida que se encerraba durante horas en su cuarto a devorar poesías y novelas hasta dejar amarillo el techo sobre su escritorio de tanto fumar. “Era único”. Lo mismo dicen de él en el Colegio Refous, donde fue profesor de literatura para estudiantes de sexto de bachillerato a comienzos de los años 80. La posibilidad de que en un solo curso surjan tres destacados escritores profesionales (Mario Mendoza, Santiago Gamboa y Ramón Cote) parece de una en un millón, pero tal récord se le atribuye al talento de Jaramillo para inspirar y enseñar. Gamboa y Cote están de acuerdo. La noticia les impactó tanto que se lanzaron a escribir sobre él.


Mendoza asegura que estar en esa clase y haberse hecho amigo de aquel hombre “con esa voz de exiliado” fue el punto de quiebre de su vida y por eso le rindió homenaje en abril del año pasado cuando la revista Soho le pidió un texto sobre el profesor ideal. Lo atrapó con las crónicas marcianas de Ray Bradbury y se convirtió en uno de los que se reunían con él los sábados en su modesto apartamento del barrio Rionegro, donde les corregía sus primeros relatos. Siempre que escribe piensa: ¿Esto le gustará a Eduardo?

El motor de la vida de Jaramillo era la poesía y sus maestros fueron Dante Alighieri, Jorge Luis Borges y José Asunción Silva. En la Casa de Poesía Silva, en el centro de Bogotá, el recuerdo de este “apasionado apacible” perdura por sus investigaciones y la estrecha amistad con la escritora María Mercedes Carranza, con quien editó dos volúmenes sobre la obra del poeta bogotano. Allí también se hizo amigo del ex presidente Belisario Betancur. Jaramillo se encargó de difundir los versos de Silva y de Carranza en la mayoría de universidades de los Estados Unidos y durante sus conferencias en América Latina y Europa. Incluso en Corea.

Dejó rastro en la Universidad Javeriana, donde dictó cátedra sobre Borges, a quien conoció allí en 1978 y con quien se tomó una fotografía que encabeza su página personal de internet. No soñaba con riqueza ni fama, sino con cumplir la máxima del escritor argentino de que el mejor momento de la existencia de un hombre es cuando “siente que su vida ha sido justificada”.

Culto como pocos, no se sentía pleno entre los eruditos que releen sus decenas de ensayos sobre la historia de la literatura, desde “La lectura en voz alta y la recitación en Bogotá a fines del siglo XIX” hasta las teorías del hipertexto en el siglo XXI, pasando por “la presencia de Dios en la poesía latinoamericana”. Disfrutaba con sus alumnos, enseñándoles a leer, a dejarse tentar por la literatura, a reflexionar atraídos por Montaigne, a aprender un segundo idioma.


En la Universidad del Norte, en Barranquilla, cuenta con decenas de agradecidos porque fue gestor del “Proyecto de intercambio virtual: lengua y cultura a través de nuevas tecnologías”. Conectaba a estudiantes de nivel siete de inglés que querían perfeccionarlo con pares de español de la Universidad de Denison a través de videoconferencias semanales.

Era un multiplicador de conocimiento y de amistad. Quienes quieran saber cuánto se acercó al Caribe pueden leer el discurso “Barranquilla: la puerta de las palabras”, en las memorias del XIII Congreso de Colombianistas de 2003. El profesor Herbert Tico Braun, actual presidente, informó a este diario que el congreso de 2009 será en agosto en la Universidad de Virginia, Estados Unidos, donde se hará un homenaje “en conmemoración a su obra”.

En sus viajes a Colombia también se ocupaba de dictar seminarios para la formación de profesores del Distrito Capital e hizo parte de la Comisión de Expertos para el Sector Literario de Colombia, creada por el Ministerio de Cultura. Allí se cruzó con escritores como William Ospina y Juan Gustavo Cobo Borda, quien cree que el principal aporte de Jaramillo es el libro El deseo y el decoro, editado en 1994 por Tercer Mundo, una reflexión sobre la novela nacional y su “erotismo silenciado”. Cobo dice: “Tenía la virtud de lo minucioso investigativo”.

La escritora Piedad Bonnett opina que es una gran pérdida, porque como ella muchos releen sus ensayos en busca de luces sobre el oficio de la escritura. “Me valía de sus textos por sus puntos de vista originales, su rigor académico tremendo. El año pasado estuvo en mi casa y era un gran caballero, una persona contenida pero cálida”. Hernando Urriago Benítez, profesor de la Universidad del Valle, lo ubica a la altura de pensadores como Baldomero Sanín Cano y Rafael Gutiérrez Girardot.


Su hermano Germán dice que “de los muertos todo el mundo habla bien, pero en este caso estamos hablando de un ser supremamente humano, supremamente hermano. Desde allá se ocupaba de que sus sobrinos se educaran, de que no les faltara nada”. Vino la última vez en mayo del año pasado para celebrarle los 80 años a su padre y aprovechó para trabajar en el que iba a ser su próximo libro sobre poesía colombiana.

En Estados Unidos

Quienes lo conocieron en la Universidad de Denison cuentan que había que acercarse a la oficina 314 para ver “la fascinación” que Jaramillo generaba entre sus estudiantes. Enseñó todos los niveles de español, literatura hispanoamericana, cultura latinoamericana, literatura fantástica y poesía. Sin embargo, su clase “Colombia: narrativas de violencia”, era la más famosa.

En Denison están de duelo. El 29 de diciembre, día del funeral, la familia de Jaramillo autorizó que sus cenizas fueran esparcidas en el campus y la universidad anunció la creación de una Fundación en su memoria. A pesar de la época vacacional, asistieron 500 personas y se abrió en internet una página donde los alumnos que formó durante 18 años le agradecen sus enseñanzas. Adam Fuleky, de San Francisco, California: “No hay palabras para explicar mi dolor. Llegué a Denison en 1997 con poco conocimiento de español y aun con menos ganas de estudiarlo. Eduardo me inspiró y es responsable de la pasión que tengo por la cultura latinoamericana. Lo mismo hizo con incontables estudiantes”.

Michael Sisson, su colega del Departamento de Lenguas Modernas, resaltó que lo animó a traducir la poesía de María Mercedes Carranza y terminaron juntos haciendo una antología que será publicada en inglés y para la cual el propio Jaramillo pidió autorización a Melibea Garavito, hija de la fallecida escritora.

Su esposa, Jill Gillespie, también profesora en Denison, resumió así para El Espectador su vida junto a Edo: “La nuestra fue una unión de paz y pasión profundas. Nuestro tiempo juntos, cruelmente corto, fue una historia de amor perfecta. Nos amamos más allá de las palabras”.

Por NELSON FREDY PADILLA

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