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El 20 de noviembre, 100 años atrás, falleció León Tolstoi

El autor de 'Ana Karenina', comparado con Goethe por Stefan Zweig, huyó de su casa 10 días antes de su muerte.

Fernando Araújo Vélez

18 de noviembre de 2010 - 06:13 p. m.
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Nació como un aristócrata y heredó los títulos y bienes de su madre, la princesa María Volkonski. Sin embargo, con los años se definió como un anarquista sin clases ni privilegios. Fue creyente, devoto lector y seguidor de los Evangelios. No obstante, se enfrentó en infinidad de ocasiones con la Iglesia Ortodoxa y fue excomulgado. “He concebido una idea cuya realización merecería el sacrificio de toda mi vida. Esta idea es fundar una nueva religión, la religión de Cristo, pero libre de dogmas y de milagros”, escribió en el Diario de su Juventud el 5 de marzo de 1855. Promovió con su ejemplo y su palabra diversas transformaciones sociales, hasta el punto de que les dio libertad a sus propios trabajadores, pero la historia no lo reconoció ni como liberal ni como revolucionario. Combatió en la Guerra de Crimea, 1851, y pese a ello, o por ello, escribió Guerra y paz, su manera de expiar una culpa, una culpa más que nunca lo dejó en paz.

León Tolstoi fue una infinita suma de contradicciones porque vivió su vida, 82 años, segundo a segundo, a plena conciencia. Su última contradicción fue la muerte, y empezó a morir el 28 de octubre de 1910. Ya había escrito que sólo en soledad se podía aproximar a Dios, y él quería creer en Dios pues sólo Dios podría darle las respuestas que buscaba. Lo había buscado desde el 30 de agosto de 1878, un día después de su cumpleaños número 50. Lo había retado, acorralado, insultado, pero Dios era el único camino que le quedaba después de haber recibido la gloria en vida por Guerra y paz, por Ana Karenina, por los honores de los zares, por los comentarios de los críticos y su título de noble. Un día exclamó, gritó: “Señor, dame fe”. Ese día, sobre las 6 de la mañana, como una sombra, salió de su habitación hacia la cochera de su casa y se metió en un carruaje que instantes más tarde se dirigía hacia el Cáucaso a paso muy lento.

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Huía de su mujer, Sofía Andreievna, la madre de sus 13 hijos, su amanuense, conciencia, voz por momentos, fondo y razón. Huía de su pasado, de las mundanas pasiones, de los intereses, de los favores y los celos, del odio, de las bondades y las luces. Él había sido, como Goethe, una abreviatura de la misma Humanidad, como escribió tiempo después Stefan Zweig, y así llevaba dentro todo su peso. Tolstoi llegó a la estación de trenes y desde allí envió su última carta: “He hecho lo que es habitual a los viejos de mi edad; abandono esa vida mundana para pasar los últimos días de mi vida en el retiro y en el silencio”. Buscaba a Dios. Compró su boleto que lo llevaría a Él a nombre de T. Nikolaieff.

Se subió en un vagón de tercera, medio oculto por una capa, y se detuvo en el convento de Schamardino para despedirse de su hermana, la abadesa. Estuvo con ella unos días. El 31 continuó su camino con una de sus hijas, de incógnito, pero en una vuelta de su huida un transeúnte lo reconoció. Entonces todos los pasajeros supieron que en ese tren de tercera iba León Tolstoi. Lo supieron los periódicos. Su fotografía salió en las primeras planas. Policías, periodistas, curiosos, familiares, amigos y enemigos, detectives y enviados del Zar salieron en su búsqueda. La orden imperiosa era detenerlo en la primera parada que hubiera. Dios se había alejado de nuevo.

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Tolstoi se recostó contra una ventana. Sudaba. Pasaba del frío al hervor. Temblaba. Su hija lo cubrió con una manta. Habló con el conductor de la locomotora. Le explicó que su padre se sentía muy mal. Se detuvieron en Astapovo. El maquinista le ofreció su pequeño cuarto para que pasara allí el tiempo que necesitara, y allí el gran hombre se fue extinguiendo, acurrucado en una cama de metal, con su diario y un lápiz en una tembleque mesita de noche. El pueblo, el país y su esposa se asomaban por una ventana, pero no podían ingresar. Con él sólo estaban su hija, el médico y un extranjero. Quizás el Dios que tanto había buscado. Y la Muerte, la Muerte, su antigua enemiga, su vieja cómplice, la amante de sus últimos días.

Por Fernando Araújo Vélez

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