El Magazín Cultural

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3 Jul 2021 - 2:00 a. m.

El adiós de García Márquez a la Constituyente

En 1990 García Márquez aún no había definido si ser parte de la Constituyente, aunque, ya tenía preparadas varias propuestas para lo que sería la nueva Constitución.
María Paula  Lizarazo

María Paula Lizarazo

Periodista de Amazonia y Ambiente
Algunos cercanos a Gabriel García Márquez lo describían como un "diplomático silencioso", debido a su interés por la paz del país y su colaboración sin ánimo de protagonismos. / AFP
Algunos cercanos a Gabriel García Márquez lo describían como un "diplomático silencioso", debido a su interés por la paz del país y su colaboración sin ánimo de protagonismos. / AFP
Foto: AFP - YURI CORTEZ

El coronel Aureliano Buendía confeccionaba unos pescaditos de oro en el taller de Melquíades cuando concluyó que la única diferencia “entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”.

Poco más de dos décadas después de esa escritura, Gabriel García Márquez ya no tenía sobre el escritorio los manuscritos y las columnas que a lo largo de años acumuló para construir el mundo que los Buendía nombraron. Era 1990, en Madrid, y tenía decenas de fotocopias que guardaban decretos y tratados de Derecho y una Constitución impresa en 1886, subrayada y anotada. Una escena que rememoraba los meses en los que cursó Derecho en la Universidad Nacional. También tenía periódicos de distintos momentos políticos del siglo XX y revistas recortadas. Aún no había decidido si lanzarse como constituyente y cuando hablaba con algún medio al respecto, aclaraba que no tenía voceros ni compromisos de nada. Nunca había votado, pues cada elección electoral siempre coincidía con alguna estadía por fuera de Colombia.

El abstencionismo lo interpelaba. Quería comprender el por qué de un porcentaje de la población que se escapa del voto o que, simplemente y sin ninguna agencia, lo ignora. Y quería que algunos abstencionistas formaran parte de la Constituyente, para que incluso quienes se identificaban en la falacia de lo apolítico participaran en los rumbos venideros del país.

Además: Le invitamos a consultar el especial de El Espectador sobre los 30 años de la Constitución de 1991

En Madrid completó una rigurosa lectura de la Constitución del 86, identificando eufemismos, imprecisiones y carencias de significados. Encontró un artículo que decía que los colombianos tienen varias vidas, otro que usaba la palabra “separar” en lugar de “destituir”, también que en los poblados nadie podía llevar armas consigo: pero ¿y en las otras zonas? Tampoco halló la definición de diputado. Y estaba convencido de que la nueva constitución debía basarse en el sentido común y no en el monopolio de los políticos y los académicos. Debía ser un documento de reescritura colectiva.

Aquellos días en Madrid, cuando el otoño ya se llevaba el verano por delante, concentró y escribió algunas de las que serían sus propuestas constitucionales. Consideraba que se debía abolir la definición de un Estado confesional, que obedeciera a la separación entre la Iglesia y el Estado. Que una persona podía hacerse ciudadana a los 16 y no a los 18 años, porque el país necesitaba un rejuvenecimiento político; y si la edad para votar se fijaba en los 16 años, los presidentes podrían asumir desde los 21 para que los capacitados para el cargo no tuvieran que esperar hasta los treinta años. Del mismo modo, contemplaba una edad máxima para evitar los períodos indefinidos de los congresistas: podrían tener dos períodos legislativos y después de los cincuenta años nadie podría aspirar al Congreso. Por el contrario, ningún presidente sería reelegido y se llegaría a la Casa de Nariño con una doble vuelta electoral, en caso de que ningún candidato alcanzara el 51 % de los votos. El período presidencial debía extenderse a cinco años. El voto no podría ser obligatorio, por simple esencia antidemocrática. Los militares deberían votar, pues el acto democrático, al ser íntimo, no es una deliberación ideológica. También, tenía en consideración que los militares tuvieran un delegado, con voz, pero sin voto, en la Asamblea Constituyente. En cuanto a la extradición de nacionales, la consideraba una iniciativa indigna que amenazaba a los ciudadanos conforme el tiempo y las decisiones judiciales de moda: el exilio no existía en Colombia, entonces García Márquez preguntaba enfáticamente si acaso la extradición no es un exilio forzoso. La palabra “cultura”, para él, debía superar los circuitos de la educación. Y habría de impulsarse la conservación del medio ambiente.

Por ese entonces, una ola de escritores del continente asumía su lugar en la política americana. Entre otras estrategias silenciosas, un año atrás, en el 89, García Márquez había actuado para facilitar el proceso de paz con el M-19, tras recibir una carta de Carlos Pizarro. En junio del mismo 90, Vargas Llosa perdió las elecciones con Alberto Fujimori en Perú. Y Sergio Ramírez culminaba su período en la vicepresidencia de la Nicaragua que parió la revolución sandinista. Un año más tarde, en el 91, la poeta María Mercedes Carranza haría parte de la Constituyente de Colombia, al ser elegida como el quinto renglón de la Alianza Democrática del M-19.

Entre tanto, el movimiento estudiantil de Colombia, liderado por Fernando Carrillo, intentó convencer a García Márquez de que fuera la cabeza de su listado. Tuvieron más de una conversación telefónica sobre las listas, las propuestas, los cambios, la historia, el 86, Galán, el narcotráfico... pero el 26 de octubre de 1990 García Márquez le escribió una carta a Enrique Santos Calderón: “Había llegado a creer que mi condición de escritor podía ser útil en la Asamblea Constituyente, aunque solo fuera para ayudar a que la nueva Constitución quedara bien escrita. Sigo creyéndolo. Pero siempre he tenido un sentido muy claro de mis propios límites, y unas cuantas llamadas telefónicas y dos o tres contactos preliminares me bastaron para darme cuenta de que mi carácter y mi formación no sirven ni para las buenas ni para las malas artes de la política electoral. Es decir: podría ser buen constituyente pero muy mal candidato. Así que mi decisión es una sola y de por vida: no seré candidato a la Asamblea Constituyente, ni candidato a nada, ni ahora ni nunca”.

Seis meses después de aquel otoño en Madrid, en marzo del 91, Alberto Zalamea, delegatario del Movimiento de Salvación Nacional, fue designado para invitar a García Márquez a la Comisión Primera de la Constituyente. Su misión tenía un antecedente fallido: Angelino Garzón, delegatario de la Alianza Democrática del M-19, no logró quórum decisorio para que fuera escuchado en la plenaria a cuenta de que Hernando Londoño Jiménez renegó de los méritos políticos y filosóficos del escritor por su cercanía a Fidel Castro.

Pasados los años, la escritura y cierto silencio diplomático, García Márquez le estaría enviando, después del 96, a Bill Clinton Noticia de un secuestro, sobre el secuestro de la política y periodista Maruja Pachón y su cuñada Beatriz Villamizar en noviembre del 90: “Para todos los protagonistas y colaboradores va mi gratitud eterna por haber hecho lo posible para que no quedara en el olvido este drama bestial que por desgracia es solo un episodio del holocausto bíblico en que Colombia se consume hace más de veinte años. A todos ellos lo dedico y con ellos a todos los colombianos —inocentes y culpables— con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro”.

El secuestro de Pachón y Villamizar hizo parte de una estrategia del narcotráfico para exigir que se aboliera la extradición, una de las consideraciones que tuvo García Márquez en las ideas constituyentes que finalmente no propuso. En el 90 había añadido en una entrevista radial: “El único no constituyente que ha hecho un proyecto completo de reforma constitucional, que está publicada, aquí, soy yo”; de paso le preguntaron qué opinaba de la inflación que atravesaba el país: “¿Qué es la inflación? El día que sepa qué es la inflación no vuelvo a escribir, me dedico a ser presidente de la República”.

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