El Magazín Cultural

28 Sep 2018 - 4:08 p. m.

El aforismo como forma de expresión filosófica

En La genealogía de la moral (1887), Nietzsche sostiene: “la forma aforística produce dificultad, se debe esto a que hoy no se da suficiente importancia a tal forma”. Debido a esa esa dificultad, “ha de pasar mucho tiempo todavía hasta que mis escritos resulten legibles”.

Damián Pachón Soto dpachons@uis.edu.co

El aforismo como forma de expresión filosófica
Friedrich Nietzsche, uno de los cultores más relevantes del aforismo, y quien afirmaba: "Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad".  / Cortesía
Friedrich Nietzsche, uno de los cultores más relevantes del aforismo, y quien afirmaba: "Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad". / Cortesía

En este sentido, como en muchos otros, Nietzsche fue premonitorio, pues debido a su forma expresiva, durante mucho tiempo su obra fue vista como mera literatura. Esta lectura sólo cambió radicalmente con los estudios de Martín Heidegger en los años treinta, y con otros como los de Eugen Fink, Karl Jaspers o Georg Simmel, que ya en 1907 escribió un serio librito titulado “Schopenhauer y Nietzsche”.

Sin embargo, la alusión de Nietzsche tiene mayor profundidad, pues al poner de presente que “hoy no se da suficiente importancia a tal forma”, indica que el aforismo ha venido siendo subvalorado como forma expresiva filosófica en la cultura occidental. Este punto también lo encontramos en la filósofa española María Zambrano, quien escribía fragmentariamente. En su bello libro Hacia un saber sobre el alma, de 1950, decía: “La forma sistemática ha vencido a las demás y ha arrojado sobre ellas una especie de descalificadoras sombras”, por eso invitaba a rescatar “formas olvidadas, oscurecidas”, en que la filosofía se había expresado en la historia del pensamiento occidental.

En efecto, si miramos la historia de la filosofía, vemos distintas formas de expresión filosófica: sentencias, los fragmentos oscuros de Heráclito, el poema de Parménides, los diálogos de Platón, el tratado de Aristóteles, las cartas de Epicuro y Séneca, las meditaciones de Descartes y Ortega y Gasset, las confesiones de San Agustín o de Rousseau, los sistemas del idealismo alemán, los fragmentos y los aforismos de Nietzsche o de Wittgenestein y hasta los escolios. En fin, la filosofía, como el ser, también se dice de muchas maneras.

Entre todas estas formas, el sistema filosófico se volvió hegemónico desde el siglo XVIII, sostiene María Zambrano, reduciendo las posibilidades expresivas del pensamiento. De ahí las críticas de Nietzsche o de Kierkegaard, ya en el siglo XIX. El sistema fue visto como un “castillo de certezas”, donde partiendo de una idea o principios, se construía una arquitectura pétrea, donde todo quedaba preso, encajado. El sistema debía justificarlo todo, y exigía, para su construcción, lo que Hegel llamó en la Fenomenología del espíritu de 1807 el “esfuerzo del concepto”, donde todo pensamiento quedaba justificado.

Pues bien, fue contra esta pretensión que Nietzsche reaccionó. En Crepúsculo de los ídolos va a sostener: “Yo desconfió de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad”. Para Nietzsche, hay algo de artificioso en todo sistema, pues exige la coherencia, el orden; en él todo debe estar en su lugar casi de forma necesaria. Por eso, el que crea sistemas se ve en la necesidad de falsear la cosa y encorsetarla en esquemas previamente pensados. No es la cosa misma y su desenvolvimiento, como a menudo dicen sus defensores, lo que se da, sino una camisa de fuerza que se le impone a las cosas. Este artificio es una deshonestidad para con la verdad.  Esta fue la lectura de Nietzsche, pero también de otros como Marx, que le apostaban a los análisis concretos, sin cerrar y obturar lo divino y lo humano.  

Pero ¿qué es un aforismo? El mismo Nietzsche dio varias pautas para reconocerlo: “el aforismo, la sentencia, en las que yo soy el primer maestro entre alemanes, son las formas de la eternidad; es mi ambición decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro. –Lo que todos lo demás no dicen en un libro…”. Desde luego Nietzsche exageraba, pues en Alemania ya Lichtenberg había escrito aforismos de manera magistral, aunque sin alcanzar el nivel de Nietzsche, de quien llegó a decir Lou Salomé que era: “el mayor estilista de nuestro tiempo”. Con todo, lo que interesa aquí son las indicaciones que da Nietzsche en torno al carácter sintético del aforismo, su brevedad y su capacidad sintética. A esta última característica alude Nietzsche cuando usa la expresión “formas de la eternidad”.

Como he escrito en mi breve folleto titulado E.M Ciorán o el arte de calumniar la vida, de 2006: “el aforismo se caracteriza por su simplicidad, brevedad, laconicidad; permite bosquejar ideas, esbozarlas…El aforismo permite bosquejar reflexiones, sin llegar nunca a una forma acabada o definida. El aforismo no es totalizador, es sólo una aproximación. Con él se planea delicadamente sobre los temas, merodeándolos, circundándolos; divagando cautelosamente sobre los problemas. Sin embargo, muchas veces, en un aforismo encontramos el resumen de un tratado (…) La brevedad del aforismo permite hablar de todo… Es una herramienta ideal para llevar al lector a una diversidad inusitada de reflexiones y un excelente modelo para realizar atisbos”. Lo importante del aforismo, como dijo Nietzsche, es que esté “bien acuñado y fundido”, es decir, logrado con esfuerzo y bien pensado. 

A esta caracterización, hay que agregar que el aforismo exige elegancia, contundencia, pues es auto-contenido; su sentido se agota en sí mismo, si bien en una obra de largo aliento, pueda completárselo con un contexto. Pero esa interpretación es lo que exige, precisamente, como dice Nietzsche, el “rumiar”. El aforismo permite jugar con el lenguaje, crear símbolos, practicar la ironía, decir ocurrencias graciosas, poner en escena el ingenio, y hasta contradecirse. De ahí que, en muchos casos en Nietzsche y Ciorán, el lenguaje fuera un dardo afilado, corto-punzante, envenenado, para potenciar las bromas, la ironía o las burlas; o, con un mayor propósito, para destruir y fulminar.

De Nietzsche, puede decirse lo mismo que Darío Botero Uribe dijo de E.M. Ciorán: “Escribe aforísticamente en parte, para sortear la ceguera que no le permitía mantener la mirada en el texto, pero también por el uso de una estética concentrada y lapidaria que se esfuerza por resumir el mundo en una frase”. Si bien el estilo elegido por Nietzsche no tenía sólo que ver con la ceguera o la estética, sino también, como ya vimos, con razones filosóficas, pues el aforismo, a diferencia del sistema, mantiene un compromiso abierto con la “verdad”, permite la multiplicidad de interpretaciones, lo que, en el caso del solitario de Sils María, es sinónimo de vitalidad y es plenamente compatible con su perspectivismo.

De esta manera escribieron Pascal, La Rochefoucauld, Ciorán, por supuesto Nietzsche; o entre nosotros, Nicolás Gómez Dávila, para solo mencionar algunos de los maestros de esta forma expresiva. Sólo de esta manera se pudieron escribir cosas como estas: “A veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o a mengano, como por el de vomitarlo” (E.M. Ciorán); “La sociedad moderna se da el lujo de tolerar que todos digan lo que quieran, porque todos hoy coinciden básicamente en lo que piensan” (Gómez Dávila); o: “En el amor verdadero, el alma envuelve al cuerpo” y “Los poetas carecen de pudor con respecto a sus vivencias: las explotan” (Nietzsche).  

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Por último, las anteriores consideraciones deben servir para poner de presente la necesidad de que se reactiven las distintas formas de expresión del pensamiento (epístolas, guías, meditaciones, etcétera), sin que se las desprecie como no filosóficas, con lo cual recuperamos distintas manifestaciones de la diversidad humana, lo cual es necesario en una civilización que tiende a ser cada vez más mediocremente unidimensional.  

 

 

 

 

  

 

 

 
[1] Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander/REC-Latinoamérica.

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