Prescindamos de lo autorizado de su opinión, por la sabiduría de Huxley y por ser Inglaterra la madre patria de tantos deportes. Convengamos, a cambio, que sostener que el amor es el mejor de los que pueden cobijarse bajo techo, responde en pura lógica a los condicionamientos climatológicos de un país más bien frío y lluvioso. Pero sea.
En El Malpensante leí hace tiempo un amplio catálogo donde se recapitulaban ventajas y desventajas del amor como deporte. Selecciono las más destacables, añadiendo no pocas de la propia cosecha.
Ventajas: Un uniforme más bien estorba. No se requieren zapatos especiales. No existen límites de tiempo. No se suspende por lluvia, excepto en un match al aire libre y por razones de salud. La cancha es lo de menos. El champaña también puede consumirse antes. No hay árbitros con silbatos que lo echen a perder. Tampoco entrenadores que te miran con mala cara si fumas un cigarrillo entre cada asalto. No se llevan a cabo controles de dopaje al término de las pruebas. No existe una cifra límite y reglamentada de intentos, dependiendo su número de la fortaleza y/o la resistencia de los contendientes; y ¡no lo inventaron los ingleses!
Desventajas: si se hace en un velero nadie lo llama regatas. Excepto en Escandinavia y en los Países Bajos, el profesionalismo es perseguido por la policía. Al final no dan medallas ni se interpreta el himno nacional. Los padres no deben ir a ver a sus hijos adolescentes en plena acción; y no hay campeonatos mundiales (y a las campeonas locales suele calificárselas con palabras que en español riman con gruta, cosa que bien visto es en el fondo una metáfora del lugar donde se anotan los tantos amorosos).
Una valoración objetiva, y ante todo cuanticualitativa, revela que las ventajas superan desde luego a las desventajas. Amén de todo, acerca de su práctica profesionalizada reina un consenso unánime: es la prestación corporal con más pedigrí en la historia de la humanidad.
Considerando todo lo argumentado, lo único que hace falta es que el COI se muestre dispuesto, por fin, a homologar la práctica del amor como disciplina olímpica (por ejemplo, dentro de la gimnasia rítmica, sin ir más lejos). Ya en las Olimpiadas de Atenas, cuna de Eros, deberíamos haberlo podido ver premiado con medallas de oro, plata y bronce. Eso además de que, como hubiera dicho Giacomo Casanova, plusmarquista a destiempo, “lo importante es participar”. Mucho me temo, sin embargo, que habrá que esperar a que Calcuta sea la sede de los JJ.OO. para que tengamos al amor incluido entre sus competiciones. Y si tampoco lo llegase a ser en la patria del Kamasutra, abandonemos ya toda esperanza.