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El arquitecto de los sepulcros de Tumaco cumplió 90 años de vida

José Quendambú construyó él mismo la tumba en la que desea ser resguardado. “Puede que no me quede mucho tiempo y quiero estar preparado”, dice.

Joseph Casañas - Twitter: @joseph_casanas

03 de abril de 2019 - 09:00 p. m.
José Quendambú, una leyenda viva de Tumaco, Nariño, acaba de cumplir 90 años de edad. / Foto: Joseph Casañas
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Autor: Joseph Casañas 

José Quendambú tuvo que renunciar a su trabajo como panteonero —así les dicen a los sepultureros en Tumaco—, porque los muertos le estaban quitando la energía. “Duré dos meses sin hacer el amor. Estaba recién casadito y todas las noches me quedaba dormido como un bobo. La esposa se puso brava por eso. Se me habían ido los ánimos por completo”. José tenía 32 años. Hoy tiene noventa.

Aunque dejó de tapar, sacar y trasladar cadáveres, siguió vinculado con la muerte. Aprendió a construir bóvedas y en poco tiempo se convirtió en el arquitecto más requerido del cementerio municipal. Lleva cincuenta años diseñando y construyendo tumbas.

Pese a los altos índices de desempleo que se registran en este rincón del Pacífico (según el DANE el 74 % de la población no tiene trabajo), Quendambú no ha parado de laborar; de hecho, su trabajo se ha incrementado en los últimos años.

En 2015 se reportaron noventa homicidios; en 2016 hubo 94; en el 2017, 119, y el año pasado Medicina Legal reportó 181. “Hablar de un asesinato en Tumaco hace cincuenta años era un escándalo, un acontecimiento. Ahora es cosa de todos los días, es algo normal”.

Y claro que las cosas han cambiado. José cuenta que cuando llegó al municipio, huyendo de la escalada de violencia que se desbordó en Barbacoas (Nariño) por cuenta del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, Tumaco estaba lleno de casas de paja y palo.

“Se hacían fogatas en la playa, se disfrutaba de una manera más contenida, con más respeto y amor por el otro. Uno amanecía dormido en un andén y nadie lo tocaba, ahora a uno le quitan hasta las medias”, dice.

Tumaco es una isla que descansa sobre el lomo de un pargo rojo que nada en la mar, según cuenta la leyenda. Cada vez que ese pez se sacude, la perla del Pacífico tiembla y las aguas se levantan con furia. La última vez que el pargo agitó sus escamas fue el miércoles 12 de diciembre de 1979, cuando un sismo de magnitud 8.1 sacudió la tierra y 450 personas perdieron la vida. “Muchas de las bóvedas que yo construí quedaron en pie, no les pasó nadita”, dice orgulloso Quendambú.

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El hombre, cuyo apellido parece el sonido que sale de un tambor africano, habla del mito de la persona que regaló los terrenos en los que hoy se levanta el cementerio: “Dicen que el hombre tenía un pacto con el diablo y que por eso tenía tanta plata. Cuentan que para que nadie lo cuestionara por su amistad con el demonio, decidió vivir en el barco en el que llegó de Europa”. Lea también: Al cementerio de Tumaco no le cabe un muerto más

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En aquella época, dice el viejo, cuando el alcalde se disponía a anunciar un decreto, se hacía sonar un tambor y todo el pueblo corría a escuchar el mensaje. “Aquella tarde, don Arturo Eduardo Márquez Acevedo reunió a todos para decirles que ese cementerio era del pueblo. No dejó escrituras, ni nada parecido, porque él simplemente dijo que esto era para los ciudadanos y los políticos tenían que respetar eso”. El benefactor era el papá de María Stella Márquez, quien, en 1959, representando al departamento de Nariño, se coronó como señorita Colombia.

José Quendambú es una leyenda viviente en Tumaco. Los profesores de los colegios de la ciudad ponen como tarea a sus estudiantes ir a hablar con el viejo. Entre chistes, anécdotas y nombres de personas a las que vio morir, con la esperanza de que los más pequeños conozcan su pasado para que se encuentren en el presente les cuenta su versión de la historia. “No puedo negarme porque uno tiene que ser consciente de que ellos están estudiando y que esa es una tarea que les ponen. Ojalá les sirva de algo”, desea.

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Así como perdió la cuenta del número de bóvedas que ha fabricado en cinco décadas ininterrumpidas, a don Quenda también se le olvidó el número de veces que ha agradecido a Dios ser el padre de Esther, Anunciación, Antonia y Herlinda. Son su mayor orgullo. Cuando habla de ellas deja ver una expresión de satisfacción. “Todas viven conmigo en la casa y cada una tiene su pieza, allí viven con sus maridos. La casa es grande. Si uno quiere a la hija, tiene que querer a los maridos de ellas también. No ve que el amor es de ellos, no es mío”.

Pescado, piangua, mariscos, arroz, plátano, arrechón, aguardiente, cerveza... “Yo como de todo lo que me den en la casa. No me abstengo de nada, creo que eso es lo que me mantiene fuerte”, dice antes de soltar una carcajada que deja ver los únicos tres dientes que le quedan. En el bolsillo de la camisa blanca que lleva puesta tiene la única pasta que le recetó el doctor Vivas. “Es para la presión. Me la tomo todos los días a la hora del almuerzo”.

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De la muerte habla con naturalidad. Trabaja con ella y vive de ella. Por eso y consciente de que tal vez está viviendo tiempo extra —la esperanza de vida en Colombia es de 75 años, según el DANE— hace cinco años don José diseñó y fabricó su propia bóveda. “Para hacerla utilicé 300 ladrillos, le hice piso de cemento, empleé unas varillas de hierro, un bote de pintura blanca y listo. Un nieto, que ahora está prestando el servicio en la Policía, me ayudó”.

Por supuesto, no es que don José esté esperando ansiosamente la muerte ni que quiera fallecer pronto, lo que pasa es que no quiere dejar nada al azar: “Por eso hice la que va a ser mi última casa. No es necesario esperar más, ¿no ve que es la última?, después de eso no hay pa’ dónde más brincar”.

Para su última morada quiere dos cosas: una bóveda sencilla que tenga el escudo de Millonarios y un epitafio que diga: “Aquí yace el cuerpo de un hombre capaz de traer cuatro hijas al mundo”.

Por Joseph Casañas - Twitter: @joseph_casanas

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