A menos que se sea un niño –o que se haya vivido en los últimos cincuenta años en una realidad paralela en la que la música es un poco peor–, cualquiera conoce en términos generales las canciones y la historia de Michael Jackson. Hasta el más ignorante en el tema podría balbucir que, de joven, Michael Jackson empezó como miembro de The Jackson 5, luego se hizo solista y tuvo un éxito comparable al de Elvis, a continuación se operó la nariz chata y se blanqueó la piel, luego grabó más canciones exitosas durante ese proceso de transformación (y se operó la nariz otras dos o tres veces más), después tuvo –de manera más bien enigmática– algunas novias y algunos hijos blancos como la leche, más tarde fue acusado de abusar de menores y, al final –explotado y quizá atosigado por las deudas– murió por una sobredosis de calmantes durante su última gira.
Todo eso lo puede decir este hipotético ignorante entre tarareos de Billie Jean y Thriller, y mientras hace la caminata lunar. También podría agregar que Michael Jackson siempre fue un personaje raro, por no decir turbio, y podría enumerar algunos de sus escándalos: su breve matrimonio con la hija de Elvis Presley, su andrógina e irreal cara, el día que sacó a uno de sus hijos bebés por un balcón y lo mostró como si fuera un muñeco, su gusto por llevar animales exóticos a su mansión, el proceso judicial por abuso de menores…
Luego, si le interesa un poco más –y no solo posee el mínimo conocimiento que debe tener toda persona que haya hecho la primaria–, tendrá ciertas dudas, ciertas preguntas… ¿Cómo fue el proceso de creación de sus canciones más exitosas? ¿Cómo se produjeron sus mejores cortos musicales? ¿Cómo se le ocurrieron esas ideas? ¿De dónde salieron los pasos? ¿Quién le ayudó a escribir los guiones? Y si va más allá de lo artístico, este tibio pero morboso admirador tendría que hacerse las preguntas escabrosas… ¿Qué había detrás de esa dismorfia corporal? ¿Por qué esa persistente y rarísima actitud infantil? ¿Cómo era la relación con su familia? ¿Era su “amor” por los animales exóticos una simple excentricidad –pero candorosa y buena–, o escondía otras cosas turbias y maltrato animal?… ¿Cuál es la verdad de las acusaciones de abuso infantil?
Michael no responde a ninguna de esas preguntas. En cambio, se limita a reproducir la historia que ya todo el mundo sabe más o menos bien. Toma los hits de los primeros años profesionales de Michael Jackson y los reproduce casi por completo. La historia que hay detrás de las canciones se reduce apenas a calcar los videoclips y poner los audios originales de los temas, y la historia de su familia se reduce a los chismes que ya todos sabíamos. Que el papá era un maltratador y explotador, que Michael Jackson era acomplejado porque el papá se burlaba de su nariz, que no tuvo amigos durante la infancia, que sus hermanos y madre callaban pero al mismo tiempo lo amaban incondicionalmente, que Michael era solo una víctima…
Y esa es quizá la esencia de la película. El filme se basa en la premisa de que es necesario que nos caiga bien Michael Jackson para que nos guste su música y su legado. Para lograrlo, entonces, John Logan escribió una historia –que luego Antoine Fuqua realizó y dirigió– en la que todo el relato está dirigido a mostrar a Michael Jackson como si fuera un ser angelical, una impoluta criatura que no tiene un mal pensamiento nunca, ni un solo defecto, ningún error, siempre compasivo, siempre sensible, siempre amoroso. Todas sus acciones y “errores” tienen una explicación; y esa explicación es que era muy bueno como para hacer algo malo y, todo lo demás –el mundo, es decir, su padre (ese que lo traumatizó diciéndole big nose y arreándolo a fuetazos)– lo convirtió en una víctima. Nos equivocamos con Michael. Era tan bueno, tan noble.
En la infancia es el único que con justicia se queja de los maltratos del padre, y en consecuencia es el único que recibe los correazos. Pasa su tiempo libre en compañía de una rata que funge como su único amigo, y con el sueño de algún día tener una llama o una jirafa en casa. Se la pasa leyendo Peter Pan y el Mago de Oz –cuando no está viendo Los Tres Chiflados o Tiempos Modernos de Charles Chaplin con su amorosa y callada madre– y en la adultez es básicamente lo mismo; es el sueño cumplido: se compra un chimpancé al que llama Bubbles, se consigue la anhelada llama y la imposible jirafa, y se hace solista y se enfrenta a su padre (bueno, alguien más lo hace por él), y no deja de leer Peter Pan y El Mago de Oz. La diferencia es que ahora, entre concierto y concierto, en los intervalos que hay entre una grabación y otra, visita de vez en cuando a uno que otro niño con cáncer terminal. Los amiguitos que nunca tuvo.
Para sostener esa figura angelical, el director convierte –descarada y vulgarmente– a los personajes de la historia en maniquíes; desperdiga a lo largo de la película pequeñas –más bien burdas– pistas de por qué Michael es como es; atornilla la trama a punta de lugares comunes y fórmulas de la industria del cine; y embute –como haciendo morcilla– las canciones y cortometrajes de Michael Jackson en los huecos grandes que deja la historia, a fin de que la película no pierda fuerza.
De los personajes huecos y los clichés solo hace falta enumerar algunos ejemplos. El padre que es el antagonista unidimensional de todo el film (y cuya maldad se materializa dándole fuete a su hijo, haciendo mucha plata y negociando a espaldas de la familia), la madre abnegada que apenas tiene tres o cuatro líneas, los hermanos indistinguibles los unos de los otros –poseedores de una sola línea de diálogo (y que se limitan a hacerle caso al padre y a mover la cabeza con desaprobación cuando le dan correazos a Michael)–, el guardaespaldas que hace del único que en silencio entiende a Michael –y que le aconseja al ángel que siga su propio camino (y es de quien, siempre que le pasa algo al Rey del Pop, el director de la película se cuida de hacerle una toma a su mirada estoica y compasiva)–, el representante John Branca que es la versión negociante del guardaespaldas; el big nose que el padre dice una sola vez en toda la película (y que nos explica por qué Michael se opera la nariz), las manchas de vitíligo (que nos explican por qué se blanqueó la piel), la quemadura del cuero cabelludo y la consecuente receta médica de calmantes (que nos explican por qué se hizo adicto a los fármacos), el tablero con las pegatinas marcadas con los nombres de las canciones del álbum Thriller (a la manera de un detective que pone pistas con hilos y notas adhesivas marcadas con los sospechosos y los indicios)… todas esas formulitas burdas y flojas movilizan la historia hacia la beatificación del personaje, lo convierten en una persona que no tiene absolutamente ninguna responsabilidad en nada, en su vida, y lo transforman en un autómata deshumanizado. Es un muñeco que se parece en el físico y el tono de la voz a Michael Jackson, y que baila como Michael Jackson. Una imitación hueca. En una reseña, el crítico Alejandro G. Calvo dice que Michael es como ver una película de Semana Santa. Yo discrepo. Los santos, o Jesús, son personajes que dudan, se enfurecen, fallan, preguntan al silencio; y sus historias tienen violencia, adulterio, vino y perversión (que es lo que tienen casi todas las buenas historias). Michael es más bien una película de ciencia ficción: la historia de un robot, un autómata sin libre albedrío.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖