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El brazo (Cuentos de sábado en la tarde)

Desde la primera hilera de bancas de la iglesia del cementerio de Palmira, Octavio trataba de seguir las palabras del cura sin quitar los ojos del ataúd blanco, centro de todas las miradas en ese extraño ritual que nunca olvidaría y lo contaría una y otra vez a sus amigos.

Jorge Enrique Almario G.

04 de diciembre de 2021 - 06:14 p. m.
En la clínica dijeron que no había nada que hacer, pero se ofrecieron para incluir el brazo, a un bajo precio, entre los desechos orgánicos diarios para proceder a incinerarlo, pero tanto Ruperto como su esposa y sus tres hijas gritaron en coro no.
Foto: By Diego Donatres - Own work, CC BY-SA 4.0, Wikipedia
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“Estamos aquí, oh, señor, para entregarte este cuerpo o parte del cuerpo de tu hijo Ruperto González, para que tú lo tengas en tu gloria”, dijo el sacerdote con toda la solemnidad del caso. Ruby miró a Octavio, su esposo, pero este seguí la misa, completamente serio. En el ataúd yacía el brazo izquierdo de Ruperto González, quien, desde el lado opuesto al de Octavio, pero también en primera fila, lloraba desconsolado agarrando con su mano derecha el muñón donde tres días atrás pendía su valioso brazo.

“¿Por qué un ataúd blanco?” Preguntó Octavio a su mujer en tono bajo. “Pues porque don Ruperto le dijo al cura que él no había cometido ningún pecado con el brazo izquierdo. Entonces es un angelito o parte de un angelito, había contestado el cura, por lo cual al brazo le correspondía un ataúd blanco”. Haciendo un esfuerzo por no reír Octavio miró hacia donde Ruperto y su familia lloraban compungidos vestidos de negro y moralmente destrozados por semejante perdida.

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Detrás de ellos un grupo de chiquillas adolescentes cuchicheaban y tuvieron que abandonar el templo antes de que la misa terminara, ahogadas en una risa que hizo volver las cabezas a los asistentes con cara de reproche.

Ruperto trabajaba en un trapiche de caña y ese día, el día en que perdió su brazo, estaba discutiendo con su ayudante, cuando sin darse cuenta envió los tallos de caña y demoró en retirar el brazo. La cuchilla implacable no le perdonó el instante de distracción y le cercenó el brazo casi a la altura del codo. Ruperto horrorizado vio como su brazo ensangrentado iba camino a la paila de miel con el resto de la caña y perdió el sentido. Cuando despertó tenía una venda de gazas blancas cubriendo su muñón y luego de mirarlo con lágrimas en los ojos preguntó ¿y mi brazo? Su ayudante se abrió espacio entre el grupo de compañeros que lo rodeaba y extendiéndole aquel miembro inútil le dijo. “Aquí está don Rupe. Se lo rescaté antes de que callera a la paila”. Ruperto lo tomó con su único brazo, lo puso sobre su pecho y se santiguó diciendo “gracias, Dios mío por no llevarte mi brazo derecho”.

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En la clínica dijeron que no había nada que hacer, pero se ofrecieron para incluir el brazo, a un bajo precio, entre los desechos orgánicos diarios para proceder a incinerarlo, pero tanto Ruperto como su esposa y sus tres hijas gritaron en coro no.

Durante la noche, su esposa puso aquel brazo sobre una bandeja plateada envuelto en un lienzo blanco que ocultaba el proceso de descomposición y lo colocó delicadamente en una mesa en la esquina de la sala, precedido por un crucifijo y un cirio encendido. La casa se fue llenando de vecinos que venían a dar el pésame a la familia por semejante perdida y a rezar por el difunto. “Confío en ti señor no morirá para siempre” o “que brille para él la luz perpetua” se oía en toda la casa. Al día siguiente la esposa de Ruperto trajo al padre Castrillón, quién se encerró en una habitación con ella y con Ruperto para consolarlos y ofrecerles una misa de difuntos para ese brazo, pero a mitad de precio, pues sólo era una parte del cuerpo de Ruperto.

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Padre - dijo doña Carmen la esposa de Ruperto – ¿pero el bracito de mi viejo, irá al cielo o no?

Era una pregunta de alta teología digna de ser respondida por los doctores de la iglesia, pero el padre Castrillón hizo acopio de sus conocimientos de teología y respondió. “Dio nos dio un sólo cuerpo y una sola alma para ese cuerpo. El alma está presente en todo nuestro cuerpo y cuando perdemos parte de él, también se va una parte de esa alma. El brazo de su esposo, doña Carmen, irá al cielo si don Ruperto continúa viviendo una vida cristiana y ejemplar, de lo contrario ira al infierno con el resto de su alma. Pero mientras a don Ruperto le llega el día de entregar su alma a Dios, la parte de su alma que le daba vida a su brazo, quedará en el Limbo hasta el día de la muerte del hermano Ruperto. Pero no se preocupe que si usted ordena una misa cada mes el día en que Ruperto perdió el brazo, le aseguro que lo llevaremos al cielo más rápido”. Santas y tranquilizadoras palabras, pensó Carmen mientras oraba una plegaria mirando al cielo.

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Cuando todo estuvo explicado, los tres salieron de la habitación donde se habían reunido y el cura habló dirigiéndose a los asistentes que en ese momento ya no cabían en la sala ni en el resto de la casa ni en el jardín y ocupaban ya toda la cuadra.

Fue entonces cuando ordenó que el brazo se depositara en un féretro blanco de los que se usan para los niños que mueren sin ser bautizados y recordó que él tenía varios de esos ataúdes en la sacristía del templo por lo cual podría venderles uno, ahorrándoles el dolor de ir a una funeraria y dar explicaciones para comprarlo.

Doña Carmen le dio discretamente el dinero al cura por el ataúd y este inmediatamente le dijo a su sacristán que lo acompañaba en todos sus oficios pastorales, que fuera por la caja.

Cuando el pequeño ataúd llegó, doña Carmen volvió a hacer una de sus profundas preguntas teológicas; “Padre – dijo- vestimos el brazo para que su desnudez no ofenda al Señor?” El cura dudó, pero finalmente dijo que sin duda era lo mejor.

Una vecina ofreció un trajecito de marinero que su hijito no había podido estrenarse porque había crecido muy rápido, pero a doña Carmen no le pareció apropiado porque su marido no conocía el mar. Otra ofreció una bata de seda blanca que, aunque de niña, iba con el tamaño del brazo, pese a que don Rupe fuera hombre.

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Allí estaba el brazo izquierdo de Rupe vestido de niña en bata de seda y en su ataúd blanco en medio de la sala mientras la multitud rezaba con fervor una novena a la virgen para que no permitiera que el santo brazo de don Rupe, terminara en las hogueras del infierno.

Ya eran las nueve de la noche y la velación se extendería hasta las diez de la mañana del día siguiente, había dicho doña Carmen, porque a esa hora debía salir el cortejo andando hasta la iglesia del cementerio donde se ofrecería una misa por el eterno descanso del brazo.

A esas alturas de la ceremonia, los asistentes tenían hambre y las hijas le sugirieron a su madre hacer un sancocho para todos. Doña Carmen las miró apesadumbrada y les respondió; no hay dinero. Angustiada se encerró en el baño y allí se le ocurrió la idea más brillante de toda su vida. Se arrodilló y le pidió al santo brazo de Ruperto, que le ayudara a atender ese funeral que era precisamente para él, para el brazo. No había terminado sus plegarias cuando una de sus hijas tocó a la puerta del baño diciendo; mamá, llegó Rupertico.

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Ruperto hijo vivía en la capital y acababa de llegar del aeropuerto y casi no pudo entrar a la casa por la multitud que le impedía el paso. Al comienzo creyó que su padre había muerto, pero al ver el pequeño ataúd en la sala entendió que era el brazo. Abrazó a su mamá y con lagrimas en los ojos le dijo: si por la muerte de una parte de mi padre los vecinos han mostrado tanta solidaridad y tanto fervor, cómo será el día en que muera completamente. Se apartó de su madre para sacar del bolsillo interno de su chaqueta de paño negro un sobre con el dinero para cubrir los gastos funerarios del brazo. Carmen abrió desmesuradamente los ojos y la boca porque era testigo única del primer milagro del Santo Brazo de Ruperto.

Antes de que comenzaran a servir el sancocho, unos jóvenes vecinos se acercaron a don Rupe para darle el pésame por el sensible fallecimiento de su brazo y uno de ellos le pregunto si tomaba trago con el brazo muerto o con el otro. Siempre con el derecho, pero a veces con el izquierdo, respondió don Rupe.

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¿Será, don Rupe, que podemos brindar por el difunto y decirle que nunca lo olvidaremos?, peguntó el joven. Ruperto se quedó mirándolo y dijo; claro hombre, él te lo va a agradecer.

Sancocho y trago en la casa y en toda la cuadra, mientras en la cantina de la esquina, el cantinero ponía música a bajo volumen y las dos niñas que atendían las mesas, de riguroso luto, ofrecían sus servicios a la creciente demanda de los vecinos, que pedían cerveza, ron y aguardiente, como si estuvieran en ferias.

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En una esquina del pequeño bar, unos amigos recordaban el brazo ausente. “Nunca olvidaré el día en que don Rupe me regaló, con la mano izquierda, cinco mil pesos porque sabía que no había almorzado. Nunca olvidaré ese brazo”, grito para que todos lo oyeran y entonces en coro todos respondieron “nunca lo olvidaremos, ni lo cambiaremos por el derecho”.

El cortejo fúnebre partió a la hora precisa hacia la iglesia del cementerio. Los primeros en cargar el pequeño ataúd fueron los amigos más cercanos de Ruperto y luego los amigos de sus hijas y otros vecinos. Ya en la iglesia, don Ruperto se sentía extraño. No sabía si llorar por esa parte de su cuerpo, recibir los pésames o sencillamente actuar como lo hubiera hecho su brazo, en silencio, estoicamente y sin inmutarse. No pudo, sabia que algo de él había muerto, pero no era el brazo.

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Cuando terminó la misa, Octavio se acercó a un grupo de familiares y amigos de don Rupe y el único tema eran los milagros del brazo de don Rupe, que a esa hora iban tres confirmados.

A la salida del cementerio, uno de los vecinos del barrio se acercó a doña Carmen para contarle que un grupo de vecinos había iniciado una colecta para hacerle un monumento al santo brazo de don Rupe, que era el único santo del barrio. Sin embargo, se habían desilusionado al preguntarle a uno de los fabricantes de criptas y mausoleos por el precio que cobraría y su respuesta los bajó de la nube. La idea era construir el santuario para el brazo en el antejardín de la casa de don Rupe , instalar una alcancía para que las caritativas almas de Palmira depositaran sus ofrendas y le pidieran al santo brazo su santa ayuda. La tristeza aumentó en todo el barrio, pues al dolor por la muerte del brazo, debían sumarle ahora la impotencia por no contar con los recursos para construir un monumento al único santo del barrio. De pronto un joven, estudiante de publicidad y miembro de la primera cofradía del Santo Brazo, que ya se estaba formando, se acercó a doña Carmen seguido de un grupo de muchachos, todos con camisa blanca, corbata negra y una cucarda de cartón que representaba un brazo con el puño en alto. Bajo su brazo izquierdo cargaba una caja alargada y dirigiéndose a doña Carmen y a su esposo, que estaban en el antejardín de su casa agradeciendo el apoyo de sus vecinos, les dijo que mientras se construía el monumento al brazo de don Rupe, ellos, la cofradía, proponían uno provisional hasta que se reuniera el dinero para construir el monumento. Sacó de la caja un brazo de uno de los maniquíes del almacén de su tía Estela, pintado con el tono de piel de don Rupe, “canela subido” mientras en una inscripción en letras doradas se leía “Santo Brazo, en vos confiamos”. La escultura, si podía llamarse así, se empotraba en dos clavos gruesos de acero que habían sido pegados a una placa de mármol de sesenta por treinta centímetros que le servía de base o soporte. Antes de aceptar semejante ofrenda, doña Carmen mandó a una de las niñas por el padre Castrillón. El cura se quedó un rato mirando el monumento y la alcancía que lo acompañaba y le dijo a doña Carmen y al joven de la cofradía, que la iglesia aceptaba ese monumento siempre y cuando una tercera parte de los óvolos depositados en la alcancía fueran para su parroquia y la otras dos partes se repartirían entre el fondo para el monumento y las actividades de la cofradía del santo Brazo. Todos aceptaron y el barrio se volvió una santa fiesta

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Todas las mañanas doña Carmen sacaba al antejardín una mesa cubierta con un mantel blanco con unos pajarillos pintados que jugaban con una cinta de colores y sobre ella colocaba el monumento al santo brazo y la alcancía. Por las noches, antes de apagar las luces para irse a dormir, entraba todo el tinglado hasta el día siguiente. Al mes de haber instalado aquel monumento, doña Carmen notó que los vecinos ya no lo visitaban con tanta frecuencia y, sobre todo, no depositaban sus ofrendas en la alcancía. Habló con los jóvenes de la cofradía y en menos de una hora regresaron con la solución; vamos a realizar el primer festival del Santo Brazo.

Al mes siguiente, un domingo, cuando el Santo Brazo cumplí dos meses de su entierro, comenzó el festival. Había puestos de venta de comidas, empanadas para comer con la mano izquierda en homenaje al santo brazo, artesanías, replicas del monumento al santo brazo, bailes y danzas en su honor y hasta camándulas o novenas para pedirle milagros. En la tarima central, doña Carmen, exultante y alegre y don Rupe, triste y melancólico, observaban aquella expresión de amor y devoción por el brazo, cuando por un costado vieron llegar a un hombre joven vestido de traje azul, camisa blanca y corbata amarilla, que sonriente y con la mano extendida, se les aproximaba. Carmen pensó que era alguien de la alcaldía o de la iglesia, pero no. Mucho gusto doña Carmen, mucho gusto don Rupe – dijo mientras le estrechaba la mano a cada uno sin dejar de sonreír- Echó flores al festival, alabó la idea del santo brazo, dijo que era la idea comercial más innovadora que

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había visto, aceptó una cerveza y agachándose frente a la pareja les dijo que se llamaba John Jairo Sinisterra representaba al Banco del Comercio y les traía una propuesta. “Esta idea tiene mucho potencial y por eso le proponemos, don Rupe, perder el otro brazo, ofrendarlo de nuevo a dios y ampliar este rito a todo el país o a lo mejor a todo el continente”. El banco – dijo- cubrirá los costos de la perdida de ambos brazos y la prótesis para reemplazarlos. Además, el banco los indemnizará con cincuenta millones de pesos al momento que ustedes acepten el contrato, otros cincuenta millones de pesos al iniciar la instalación del monumento del santo brazo y su respectiva alcancía en todas las ciudades y pueblos del país y el diez por ciento de lo que se recaude en las alcancías. A los tres el silencio los cubrió como un manto que los protegía del bullicio del festival, hasta que don Rupe lo rompió gritando; no, no y no, mientras gruesas lagrimas corrían por su desencajado rostro. Doña Carmen lo abrazó también llorando mientras con un gesto de su mano le pedía al funcionario del banco que los dejase solos en la tarima, mientras el público los miraba sin comprender lo que pasaba. Carmen acercó sus labios al oído de su marido y le dijo: “Mi amor, usted tiene razón, esa propuesta es muy dura, pero mire todo lo que hemos hecho y hasta donde hemos llegado con un solo brazo. Piénselo bien mijo, mire que esa platica no nos cae mal y a usted no le va a faltar nada. Si aceptamos…”

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A mi hermano Octavio,

Y su esposa Ruby,

quienes me contaron esta historia

ocurrida en Palmira, Colombia

JEAG

Por Jorge Enrique Almario G.

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