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El canto del ci(s)ne

El lunes pasado falleció en Pacific Palisades uno de los directores que marcaron el cine del siglo XX.

Hugo Chaparro Valderrama

27 de mayo de 2008 - 05:26 p. m.
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Ciento cuarenta y cuatro parejas fueron las escogidas por el novelista norteamericano Horace McCoy para que participaran en uno de los concursos de resistencia de baile más desalmados que se hayan registrado nunca en la historia de la literatura y el cine. La competencia sugería cómo durante la depresión económica de los años 30 se hacía cualquier cosa para sobrevivir.

El concurso duró varias semanas. 783 horas después de iniciada la maratón, quedaban en la pista 26 parejas. Al final de la tortura, una de las participantes, llamada paradójicamente Gloria, le pide a su compañero que le dispare porque ella no es capaz de suicidarse. Cuando la policía lo arresta, le preguntan por qué lo hizo. “¿Acaso no matan a los caballos?”, responde.

La novela de McCoy, titulada con esta frase, significó un golpe de suerte para un director de programas de televisión que a sus 35 años también se había destacado como actor y dialoguista en el cine.  Sydney Pollack, nacido el 1 de julio de 1934 en Lafayette (Indiana), después de trabajar en series como El fugitivo, Dr. Kildare o Alfred Hitchcock presenta; tras debutar como director con The slender thread (1965), en la que Sidney Poitier evita el suicido de Anne Bancroft conversando con ella vía telefónica; luego de dirigir otro par de historias, entre ellas The scalphunters (1968), cazadores de cueros cabelludos que retaron cualquier definición artística en una película que mezclaba varios géneros, aparte de tener como jefe de los cazadores a un actor legendariamente calvo, Telly Savalas; cuando ya había rechazado varias ofertas que habrían uniformado su talento con producciones rutinarias, logró situarse en el paisaje del cine como un nombre de prestigio al dirigir la adaptación que le dio imagen a la novela de McCoy.

They shoot horses, don’t they?, estrenada en 1969, fue descrita por la revista Variety como “un espectáculo sórdido en épocas difíciles, con un tipo de existencialismo que sirve como alegoría de la vida”. Pollack fue nominado entonces como mejor director al Oscar, mientras Gig Young obtuvo el premio al mejor actor.

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A partir de entonces, el tren de Pollack no se detuvo. Si They shoot definió la crudeza de la pantalla en los años 60, Tootsie (1982) y África mía (1985) definieron el humor animado por el travestismo según Dustin Hoffman y el romance en clave exótica, sentimental y trágica, protagonizado por un trío en contienda: Meryl Streep, Robert Redford y Klaus Maria Brandauer.

El Oscar como mejor película y mejor director para África mía garantizó que la marca de Pollack fuera registrada como sinónimo de éxito. Se convirtió en un artista multiusos: además de actor y director, Pollack también fue productor, fil(m)ántropo y documentalista por presión de su buen amigo, el arquitecto Frank Gehry.

 En mayo de 1990, con otros “padrinos” de la mafia del cine —Scorsese, Spielberg y Lucas—, presentaron en una rueda de prensa la Film Foundation, dedicada a “garantizar la supervivencia de la herencia cinematográfica de Estados Unidos”. No en vano el negocio hecho nostalgia permitió que Pollack le diera otra oportunidad a la memoria del cine filmando una segunda versión de Sabrina (1995), no del todo afortunada en la pantalla aunque sí en la evocación de la Sabrina original, filmada en 1954 por Billy Wilder, con un Humphrey Bogart envejecido y enamorado de ese venado angelical llamado Audrey Hepburn.

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El canto del ci(s)ne según Pollack fue su aventura en un género que no había experimentado hasta el año 2005: Sketches of Frank Gherry. El arquitecto le pidió a su amigo que filmara un documental sobre su vida y su método de trabajo. El resultado es un homenaje mutuo: dos artistas se encuentran, cada uno a través de su forma de expresión, y plasman en la pantalla la admiración que sienten por la obra del otro. ¿No es acaso una recompensa suficiente para los protagonistas que hicieron de la creatividad su mejor manera de comunicarse con el mundo? Proyectar de nuevo They shoot horses, don’t they? es una forma de comprobarlo.

 

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Por Hugo Chaparro Valderrama

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