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El abanico no era suficiente para combatir el calor que sentía, pero David González estaba allí, en un almacén del centro de Barranquilla —Discolombia— buscando, entre miles de discos antiguos, algunos todavía con el plástico, su próxima adquisición de los noventa. Un sitio atrapado en el pasado donde encontró, sin ninguna pretensión, el acetato que añadiría a su colección, que ya va por los 600, pero que de pronto supera la cifra porque él no se pone a contarlos. Ahí estaba: carátula amarilla, Álvaro Lemmon, el tipo de Sábados Felices, en portada presentando las canciones de El Hombre Caimán, y González dijo: “Uy, esto es para mí”. Y es que el melómano va de tienda en tienda buscando los fracasos musicales colombianos, aquellos relegados que nadie quiere, que nadie paga. “Nunca ha sido una obsesión, sino que me parece lindo decir: si están acá y ninguno los quiere, pues yo los compro. Además, siempre son los más baratos”.
Ese primer recuerdo en el que la música se volvió importante en su vida lo lleva al 89, cuando el alcalde Andrés Pastrana organizó el Gran Concierto de Conciertos y trajo a figuras como Franco de Vita, Los Prisioneros y Los Toreros Muertos. “Era un Woodstock criollo que me descrestó musicalmente y de ahí para adelante tuve una inquietud. Yo era todo rockero, buscaba en los mercados qué se podía conseguir y descubrí que lo que me apasionaba más no era el hecho de que acá se hiciera rock, sino que la gente luchara por causas perdidas. No hay causas perdidas sólo en el rock, hay en todos los géneros, sobre todo en un país donde no existe una industria musical tan grande. Empecé a interesarme en comprar producciones que no hubieran triunfado”. Admite, entonces, que los que él quiere son probablemente los que muchos ya han botado a la basura.
El bogotano tiene 30 años, inició su colección de manera consciente en 1995 cuando podía comprar acetatos nuevos y la ha ido nutriendo a través de los años con regalos de sus amigos que dicen “fijo este le gusta a usted”. Fue uno de ellos quien le dio su disco favorito, del que ya tiene dos copias, y aunque desconoce la procedencia del grupo —se llama La Banda de Martín— cree que sintetiza todo lo que él persigue. Verlo poner el acetato en el tornamesa que está en una de las esquinas de su cuarto es la máxima manifestación de su amor por la música. Música fracasada, pero, al fin de cuentas, música que conquista su oído y lo hace llegar al éxtasis mientras tararea algo de la canción: “Si tú quieres olvidarme”.
“Es como un grupo de funk, pero más raro. Varios coleccionistas y conocedores del tema han hecho unas listas exhaustivas de discos colombianos de rock de toda la historia y ese nunca sale. No existe registro de nada de ellos. Es un disco patrocinado por una agencia de turismo de Melgar llamada Agencia Vacacional Los Delfines Club Campestre. Me parece muy bonito porque tiene imágenes de Melgar y para mí es como un imaginario de Miami. Es encantadora la idea, patrocinada por un hotel, de sacar un disco con una música rarísima que se asemeja a las baladas latinas de los setenta”.
Adquirir vinilos de personajes públicos, quienes trascendieron como figuras, pero no como intérpretes, es un placer para David González. Tiene uno de Sábados Felices, de Alfonso López Michelsen. Tuvo el de Amparo Grisales y el de Oki Doki, pero se le perdieron. Sin embargo, su predilecto es, sin lugar a dudas, el de la campaña presidencial de Virgilio Barco, porque le recuerda cuando creó el Partido Político Zombie para la época de la reelección de Álvaro Uribe y los medios de comunicación volcaron las miradas en su propuesta: elegir a Virgilio Barco —ya fallecido— como presidente. “La idea era jugar con esa confusión. Siendo el Partido Zombie una evocación a los muertos vivientes, entonces era pensar que así como votan los muertos en las elecciones, uno puede también elegirlos. Casualmente, en ese tiempo, me encontré el disco que me sirvió para hacer la campaña, porque tiene un jingle y el himno del Partido Liberal que es una joya para mí. Así que me acuerda mucho del lanzamiento, porque pusimos esa canción como 800 veces”. Y todo ese revuelo mediático lo hizo con un solo propósito: vender más ropa en su Tienda Zombie, donde capturó la atención de algún periodista no por su talento para la confección, sino por la calidad de los discos que se encontraban como decoración. “Cuando tuve mis 15 minutos de fama hacía unas fiestas con esa música: se llamaba Zombie Hits y ponía lo que tenía en mi colección”, tanto así que creó el sello discográfico Discos Zombie, con el que produjo tres álbumes.
La vida de David González ha estado ligada a la música, desde mucho antes de que la estudiara en la Universidad Javeriana. Toca guitarra y piano. Ha sido Dj de varios sitios, entre ellos Gaira, el bar de Carlos y Guillermo Vives, de donde lo despidieron porque, según él, no les gustaba lo que ponía. “Como ese lugar se llama Gaira Café Cumbia House, para mí era evidente que había que poner cumbia, que es el caballito de batalla de Carlos Vives. Yo trataba de ser lo más tradicional posible para darle la experiencia a la gente con lo que uno podía escuchar hace 50 años, pero resulta que no les gustaba la cumbia. Había una pelea porque yo a veces ponía unas vainas muy populares, hasta corronchas, y ellos querían que su bar fuera más elegante”.
Carlos Vives fue el nombre por quien compró el último disco que agregó a su colección en noviembre: “Pequeños gigantes”. Lo descubrió, por casualidad, en un mercado de las pulgas y vio que tenía un track del samario del 84. “Es muy probable que sea la primera canción que grabó en su vida”. De esa manera, sin quererlo, halla producciones que guarda como tesoros, como ese primer disco que llegó a sus manos y se convirtió en el pionero de una colección que se renueva cada tanto. Se trata de Sudores, el disco del locutor Tulio Zuluaga, quien era una de las figuras más relevantes de la emisora 88.9 y la radio local. “Lo compré en los 90. La emisora era la más rockera de ese entonces y era donde ponían los más grandes éxitos. Sus locutores se volvieron superestrellas. Tanto que sacaron un álbum —como el del Mundial— de sus personajes. Estaban Jorge Marín, el Puchis y Tulio Zuluaga, que sacó este disco de pop con el que le fue muy mal. Después lanzó dos discos tropicales que pegaron. Esos no los tengo, no me interesan, se vendieron bien”.
De los ídolos actuales repele a U2. Con vehemencia, a la banda inglesa Coldplay, una versión forzada que quiso repetir la fórmula —a su parecer— de Radiohead, ese grupo que le gustó alguna vez de manera desmesurada. Se asombra poco de aquellos que tienen éxito rápido y fácil, sólo Michael Jackson traspasó ese umbral. Su más reciente hallazgo musical está en Cali, se llama Luis y tiene 40 años. Es el único de sus descubrimientos que sí escucha por internet. “Al buscar cosas underground les he perdido el asombro a los músicos importantes. Mi promesa nacional es un músico que da serenata solo, sin banda y que encierra un montón de cosas que me gustan. Él, con una grabadora con pilas, vende cada canción por mil pesos. Tiene un repertorio de pop que incluye a Madonna y RBD. Él también es compositor y es maravilloso. Tiene una canción dedicada a Shania Twain, su diosa, que dice: ‘Ella en la tele, ella en la revista y a mí nadie me entrevista’”.
Así, entre más excéntrico, peculiar y extraño, más le agrada. Entre su colección no hay ninguno que considere verdaderamente malo. “Esos son los que me parecen más chéveres. Musicalmente hay muchos mediocres, remalos y que sí se ganaron el hecho de haber sido unos fracasados, pero finalmente eso es lo que yo valoro”.
“¿Son 500? —dice vacilando—. Creo que tengo por lo menos 600”. Duda de nuevo. Allí está David González, mira una y otra vez la biblioteca —desordenada, le gusta así— en la que ha dispuesto cada uno de sus discos. “Abajo tengo más (se refiere al primer piso de su casa en Galerías), pero es rock clásico, esos los puedo escuchar por internet”. Jamás ha pensando vender su colección. “No creo que nadie me la compre ni que exista alguien que le interese de verdad o me ofrezca lo que estoy dispuesto a recibir. Yo voy a seguir hasta que me muera y, finalmente, a nadie le va a interesar. Estas cosas le dan a uno son ganas de vivir, la gracia del asombro cotidiano, es una enseñanza de vida muy linda”.