Desde hace 20 años, Daniela Weber hace parte del equipo del Festival de Berlín, ese inmenso monstruo que atrae a millones de personas en las épocas de febrero para reunirse alrededor del cine hecho ilusión. Comenzó en el área de protocolo y desde 1992 está a cargo de la programación de las películas. Antes de centrarse en su pasión por el séptimo arte, dio más de 1.000 vueltas. Estudió Lenguas Modernas, Ciencias de la Comunicación, pasó también por el Periodismo y hasta se metió en el teatro, pero finalmente realizó cursos de cine, gusto que lleva en el centro del corazón.
Profesionalmente dio los mismos viajes que con los estudios. Fue mesera en un restaurante, trabajó para una empresa de doblaje, escribió crónicas para una revista mexicana, entre muchos otros. Pero la espina de las historias contadas a través del lenguaje audiovisual la tenía clavada desde la adolescencia a pesar de que vivía en un pequeño pueblo alemán donde había pocos teatros y la mayoría sólo proyectaba películas comerciales.
Así que su llegada a Berlín, esa magnífica ciudad que en sí parece una oda a todas las artes, significó una intoxicación de cine prolongada y buscada. Mientras decidía qué hacer con todo el aprendizaje de clases y de libros y su profundo gusto por esa caja negra que narra historias en colores, aparece el trabajo en uno de los festivales de cine más respetados de la industria.
Su función consiste en el proceso de selección de películas y la coordinación de las muestras. Esta labor de escogencia tiene varios filtros. Primero, las cintas deben pasar por una serie de requisitos formales por ser miembros de la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos (FIAPF). Después hay varios comités de selección para cada sección y Daniela se ocupa sobre todo de la selección para la competencia oficial.
Lo que diferencia la Berlinale de otros festivales, según su programadora, es que es un evento para el público. “No hay un festival que acepte tanto la entrada de la gente. Además, los precios y la moda son tan relajados como la ciudad”. El Festival también se caracteriza por ser académico y político por el gran número de talleres, conferencias, paneles alrededor del cine y no se centra en la moda y el glamour de las alfombras rojas llenas de Dior y Armani.
Esta es la primera vez que asiste al Festival Internacional de Cine de Cartagena y confiesa que el rumor de la existencia de éste es fuerte en los países hispanohablantes pero no en el resto del mundo. Sin embargo, asegura que se ha venido posicionando en los últimos años pero que falta más exposición.
Daniela tiene una inclinación especial por las películas hispanoamericanas y piensa que últimamente hay un movimiento interesante en los países de Centro y Latinoamérica. Una de las razones para que muchos de esos proyectos salgan a la luz, es porque han contado con el apoyo de organizaciones como Cinergia y el Fondo para la Cinematografía Mundial (World Cinema Fund).
Destaca de las películas latinoamericanas la manera de expresar la tradición, los sentimientos, los hechos reales y crudos pero a la vez poéticos. Cartagena es esa posibilidad de estar inmersa en español y pasar del frío del comienzo primaveral europeo a la cinefilia enfebrecida del Festival de Cartagena y su jolgorio en trance Caribe.