Es la primera de una serie, inspirada por el director Eric Rohmer y sus Seis cuentos morales, filmados entre los años 60 y 70 –“¿Por qué ser cineasta, si se puede ser novelista?”, se preguntaba Rohmer—. La intención de Puiu es filmar seis películas en los suburbios de Bucarest. Con La muerte del señor Lazarescu, los suburbios pierden sus límites y describen una situación universal para cualquier enfermo sometido a un sistema de salud donde la vida y la muerte están más cercanas de lo que podría imaginarse.
En un apartamento que bordea el caos, habitado por el señor Lazarescu, por sus gatos, por sus plantas y por un televisor de rumor infatigable, el zarpazo de la enfermedad agobia de dolor al indefenso y solitario anciano —sabemos que tiene una hermana y promete visitarlo—. Recurre a sus vecinos. Llaman una ambulancia. Entra en escena la noble y generosa Mioara (Luminta Gheorghiu), una preocupada y cuidadosa paramédica que lo acompañará en su viaje dantesco, por el que atraviesan varios círculos, entre la esperanza y la desesperanza, mientras la vida del señor Lazarescu (Ion Fiscuteanu) se adelgaza con el hilo de un aliento que se va.
La medicina como un campo de batalla, donde el profesionalismo se empobrece cuando un doctor trabaja como si ejerciera un acto de misericordia, erigiéndose con su vanidad en un dios que desciende al nivel de los mortales, se descubre de forma directa: a la manera de un documental donde todo está filmado “como la vida misma”, sin preciosismos visuales, con el nerviosismo de una cámara en mano estilo reportaje, que nos sitúa como testigos presenciales de cada situación.
Las tensiones entre el dolor creciente que atormenta a Lazarescu —diagnosticado por el primer médico que lo atiende como un dolor de cabeza producido por una larga borrachera—; la actitud infatigable de Mioara y los milagros excepcionales de seres humanos que se solidarizan, más tarde que temprano, con el anciano, definen el tono de una historia que transcurre entre el absurdo, el humor accidental que propicia de manera patética el azar y la ansiedad por encontrar una solución que se pierde entre la noche y sólo es posible al amanecer de un nuevo día que, tal vez, Lazarescu no disfrute.
Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu, Cristian Mungiu: La muerte del señor Lazarescu; 12:08, East of Bucharest (2006); 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007). Tres directores y tres películas que estremecieron al Festival de Cannes anuncian un nuevo movimiento que surge en Rumania; un fenómeno que acaso se asemeje al que se iniciara con el cine iraní, también catapultado a nivel mundial desde la plataforma de Cannes a finales de los años 90. Producciones sencillas en su puesta en escena, magnificadas por su descripción de la experiencia humana, durante y después del horror, según Ceausescu. Las cifras que recoge Dimitri Eipides en un artículo sobre el nuevo cine rumano, publicado en el catálogo del Festival Internacional de Cine de Toronto, 2007 (Romanian Cinema Horizons), no impiden suponer un mejor futuro al que describen: cuatro películas en 1995, siete en 1999, ninguna en el 2000, con un promedio de asistencia a los teatros en Rumania de un 0,4% en 1997.
Si el diálogo que se establece con el público y sus dilemas continúa —gracias a películas que comprenden de manera compasiva y sin sentimentalismos la realidad descrita en La muerte del señor Lazarescu—, el beneficio está asegurado, más allá de las pantallas de Cannes, en el mapa sin fronteras del cine.
La desconocida
El director italiano Giuseppe Tornatore, el mismo de ‘Cinema Paraíso’, vuelve con un drama sobre una mujer acosada por su pasado. Irena es una ucraniana que antes de convertirse en niñera se desempeñaba como prostituta. Los tratos violentos que sufrió en esa época la atormentan en su nueva vida.
Indiana Jones
Esta nueva aventura del profesor Jones cuenta la historia del descubrimiento que hace junto a un joven rebelde llamado Mutt de la calavera de cristal. Para encontrarla viajan a Perú, donde deben enfrentar a agentes soviéticos que también quieren apoderarse de este tesoro.