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Sus palabras ante quienes buscaban llevarlo a la tortura y la horca fueron duras y recias. Guy Fawkes se hizo llamar John Johnson cuando fue capturado por las autoridades del rey Jacobo I de Inglaterra. Éste había descubierto, por una carta anónima, que un grupo de conspiradores tenía lista una carga de 36 barriles de pólvora para volar la Cámara de los Lores. Fawkes y ocho conspiradores más, que habrían de morir junto a él, buscaban que los católicos tuvieran más poder. Su plan consistía en deshacerse de la Cámara de los Lores, asesinar al rey Jacobo I y poner en el trono a la princesa Isabel. Desdeñaban las decisiones de los protestantes, arengaban en su contra e incluso habían ido a España para pedir ayuda y armamento para el ataque final.
Sin embargo, su odio fue su debilidad. Uno de los conspiradores, la historia no sabe quién, envió una carta a uno de los pocos lores católicos que participaban en la Cámara. Lo advirtió. “Retírese a su hogar —le escribió— y allí podrá esperar seguro el evento (...). Habrá una terrible explosión en el Parlamento”. La letra llegó a manos de Jacobo I. Sus sirvientes, siguiendo sus órdenes, encontraron a Fawkes cerca del Parlamento en la madrugada del 5 de noviembre de 1605, cuando salía de la guarida en donde guarecían la pólvora.
Fue encarcelado de inmediato. Interrogado por la guardia personal del rey, se mostró desafiante: de seguro en ese momento Fawkes sintió que todos sus esfuerzos se habían derrumbado y que él mismo no podía derrumbarse ante quienes habían logrado su derrota. Eso hacen los malogrados. Entonces le hicieron una pregunta inicial, obvia, la pregunta que definía toda esencia en este ataque. ¿Por qué, Fawkes, quería volar la Cámara de los Lores?
Sus palabras fueron duras y recias. Dijo:
—Para devolverlos a ustedes, mendigos escoceses, a sus montañas nativas.
***
¿Por qué 407 años después de su muerte Guy Fawkes revive como símbolo de las protestas en Brasil y Estambul y, un poco antes, en el movimiento Occupy Wall Street? La respuesta parece tener una doble vía: Guy Fawkes es ahora un personaje que representa la defensa ante cualquier represión totalitarista, en parte porque su fallido ataque al Parlamento inglés fue una afrenta contra el poder establecido y, en parte, porque su historia se popularizó luego de que en 2005 James McTeigue dirigiera el filme V de venganza, la historia de un personaje que el dibujante David Lloyd y el escritor Alan Moore crearon 30 años atrás basados en la personalidad y el mito alrededor de Guy Fawkes.
La seguidilla de protestas en el mundo por la negligencia de los políticos y los bancos y la recesión económica europea —en São Paulo, Brasilia, París, Madrid, Hong Kong, Lisboa y Londres, donde murió Fawkes— extendió el uso de la máscara, además, como un símbolo de anonimato. El grupo de hackers Anonymous la ha designado como su símbolo principal; es fácil, también, ver en los medios de comunicación, día a día, manifestantes con la máscara —que cuesta US$9,99 en la tienda de variedades Ricky, una de las principales en Nueva York—, plena de ambigüedad, ni mala ni buena: una máscara que permite a quien la ve definir su carácter.
“Pienso que es algo adecuado —dijo David Lloyd en entrevista con John Harold Giraldo en El Espectador——. Me satisface mucho que esa máscara se haya convertido en un símbolo multipropósito de resistencia a la opresión, me gusta que sea usada de esa forma (...). Al adoptar la máscara te conviertes en todas las personas y esa es la clave, ese es todo el propósito de la máscara: eres un individuo, pero también eres una máscara y todo en conjunto se convierte en la sociedad”.
Las máscaras habrían sido usadas, por primera vez, en una protesta de Anonymous contra la cienciología en 2008. Creadas por Warners Brothers, que aún tiene los derechos sobre sus ventas, en principio fueron pensadas para promocionar el filme en 2006. De allí que resulte paradójico su final: de un modo u otro, ya sea porque necesitaban anonimato, ya sea porque era el modo más sencillo de salvarse de implicaciones legales durante las protestas, los manifestantes las utilizan ahora como símbolo de rebeldía contra la misma industria que las creó. Nadie sabe qué armas crea en contra de sí mismo.
Rubies Costume Company, la empresa encargada de confeccionarlas, vendía para 2011 cerca de 100.000 al año en todo el mundo. Sin embargo, ese mismo año, activistas de Anonymous dijeron que también estaban siendo fabricadas y enviadas desde Asia, de modo que el dinero no iba a las arcas de Warner Brothers. “No es un símbolo de resistencia pasiva —dijo el bloguero Paul Staines a BBC—, sino un símbolo de activo terrorismo (...). Es como asumir que puedes tumbar un gobierno usando un sable de luz o una espada de He-Man”.
Es curioso, de cualquier modo, que Guy Fawkes, el hombre que buscaba imponer el catolicismo en el poder de Inglaterra, que quería sustituir un modo de dominación por otro —en el fondo igual—, sea un símbolo contra la represión. Habría que verlo, sin embargo, de otra manera: lo que interesa sobre Guy Fawkes no es que sea católico, ni que haya sido calificado como un alto traidor. Lo que les interesa a quienes lucen la máscara, en parte, es su modo de ejercer la anarquía. De enfrentarse al poder.
@acayaqui