4 Apr 2020 - 8:49 p. m.

El coronavirus y los días de tedio: Pensamientos desde casa, día 11

A veces el aburrimiento controla nuestra voluntad, pero desde el tedio podemos descubrir motivos de esperanza. Desde el sofá con Nietzsche, Dostoievski, David Foster Wallace y Pablo Montoya.

Nelson Fredy Padilla *

En sábado antes de Semana Santa me inmovilizó esa sensación. Leía a saltos Diario de un mal año, de J. M. Coetzee, la historia de un escritor australiano al que le encargan el pretensioso libro de ensayos “Opiniones contundentes”. Me detuve en sus apuntes sobre el aburrimiento y me recordó que Nietzsche dijo que “solo los animales superiores son capaces de aburrirse”. Empecé a asumir, más en estos días de retraimiento forzoso, que no siempre el palo está pa’ cucharas, como decía mi abuela. A veces uno quiere desconectarse, o no quiere sino que la mente y el cuerpo se ponen de acuerdo para desactivarnos y llevarnos al adormecimiento. Todo se vuelve monótono. Está bien sentirnos así, más si apenas vamos pasando la mitad de los 19 días de cuarentena. (Les recomendamos más de nuestra serie Pensamientos desde casa: El coronavirus y las memorias de la cuarentena).

El filósofo alemán Nietzsche (1844-1900) ya nos dio licencia superior para hacerlo. Gracias Federico. Así que acomódense en el sofá o en la cama mientras Fiódor (Dostoievski -1821-1881) nos da más razones. En una carta a su esposa Anna, fechada el 5 de julio de 1874, el novelista ruso le cuenta que el retiro para escribir no está dando resultados, y eso que ya había publicado Crimen y Castigo: “El aburrimiento de mi vida aquí se me hace insufrible. Aunque ya me he puesto a trabajar en la novela (¡oh dolor!, que aún estoy en el boceto, y este se me resiste), no sé cómo voy a librarme del tedio”. Tal vez ya tenía en mente a Los hermanos Karamazov, pero estaba de un desgano total. Eso mientras surgía el existencialismo en el siglo XIX. Y yo quejándome en pleno siglo XXI, el siglo del entretenimiento...

El ostracismo recurrente puede ser muy mala señal: leo apartes del libro de Conversaciones con el talentoso e irreverente escritor David Foster Wallace: “Creo que en un país en el que lo tenemos todo tan fácil, uno de nuestros mayores vectores de temor es el aburrimiento. Aparecen pequeñas muestras de desesperación y aburrimiento a un nivel espiritual en cosas como las tareas del hogar o en asuntos escolares especialmente áridos”. Dice que hay que prestarles atención, porque muchas familias eluden esas manifestaciones y terminan perfilando al clásico hombre estadounidense: “La televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas”. Esa, según el autor que se suicidó en 2008 a los 46 años de edad, es la puerta que conduce a la depresión. En su caso no hubo quien lo acompañara y oyera su frustración, su dolor: “En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible”. Es la tristeza de fondo de la novela La broma infinita.

Un rato de teléfono y de televisión. Nada divertido. Escarbo de nuevo en la biblioteca y caigo en otro libro revelador: Un Robinson cercano. Diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX (Literatura Random House, 2017), del escritor colombiano Pablo Montoya. Sólo les comparto las impresiones del capítulo “Consideraciones sobre el tedio”, donde revisa la obra del autor francés Michel Houellebecq. Me complementa a Wallace de una forma positiva: “Es el tedio, escoria del confort, lo que en verdad detiene al borde de todos los abismos, evitando que el suicidio sea una real evidencia”.

Me da otras definiciones que justifican el día: “La literatura ha comprendido el tedio como una indigestión espiritual que paraliza frente a cualquier intento de liberación”. Sí. Eso siento. “El tedio, esa terrible exquisitez, poco tiene que ver con la pobreza material y la precariedad de los espíritus. Roe, incansable, el alma de los pudientes y los ociosos”. Estoy más del lado del ocio que de los pudientes.

Le entiendo a mi admirado Pablo, que vivió y estudió en Francia, que el tedio puede agobiarnos, no aplastarnos. Y nos da una luz: “El tedio gusta devorarse a sí mismo y nos devora con minucia. Y es así que desde las inmensas riberas del tedio se levanta una reflexión que termina por volverse esperanza. Esperanza que no es más que una de las maneras tras las cuales se esconde el lúcido hartazgo de sentir que estamos vivos”.

La esperanza puede ser proactiva: “Cuando la vida se vuelve una farsa continua, cargada en las espaldas de todos los hombres, el tedio debe levantarse como una fuerza transgresora. Habrá que comerlo y digerirlo para vomitarlo sin compasión sobre esa ecuanimidad resignada que el dios católico otorga a los hombres de buena voluntad”. Me quita un peso de encima y me reactiva: “El insano esplendor del tedio” no debe gobernarnos, ni siquiera en estos días de coronavirus, porque entonces el horizonte será más oscuro en las ciudades “detrás de las cuales tiembla la agonía de una humanidad paralizada en el hastío”. En cambio, si lo domesticamos, no pasará del “bostezo monstruoso que devora todo el universo”, con que Montoya evoca Las flores del mal de Baudelaire.
Se me abrió el apetito.

@NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com

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