El Magazín Cultural

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10 Apr 2022 - 2:00 a. m.

“El coronel no tiene quien le escriba”, de la ficción a la realidad

La novela de García Márquez fue adaptada al teatro por Jorge Alí Triana y su hija Verónica. La obra, que se estrenó en 2018 en Nueva York, hizo parte del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y continúa con funciones en el Teatro Colón hasta el 17 de abril. El 22 y 23 de abril se presentará en Medellín, en el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez.
Danelys Vega Cardozo

Danelys Vega Cardozo

Periodista de El Magazín Cultural
Escena de "El coronel no tiene quien le escriba". Adelante, vestido de traje blanco, Germán Jaramillo, quien personifica al coronel en la obra. Al lado de su hombro izquierdo, con traje y sombrero blanco, el actor Santiago Moure.
Escena de "El coronel no tiene quien le escriba". Adelante, vestido de traje blanco, Germán Jaramillo, quien personifica al coronel en la obra. Al lado de su hombro izquierdo, con traje y sombrero blanco, el actor Santiago Moure.
Foto: Mauricio Alvarado / El... - Mauricio Alvarado

Santiago Moure está parado afuera de una de las puertas del Teatro Colón, lleva puestas unas gafas oscuras y viste una sudadera negra, en su mano derecha sostiene una oblea, esa que come mientras conversa con un joven de pelo largo. Parece ser que la conversación gira en torno a Ucrania, sale el nombre de Kiev disparado. De repente, aparece John Álex Toro, en una mano sostiene una coca-cola personal y en la otra un vaso con hielo. Al igual que Moure, viste ropa deportiva, hasta coinciden en el mismo color de las prendas, como si se hubieran puesto de acuerdo previamente. El actor no se detiene a charlar, sigue su camino e ingresa al teatro. Luego de un rato, su colega hace lo mismo. La conversación ha finalizado y es momento de ensayar. Pero no todos los actores han llegado, así que el ensayo aún no se puede iniciar.

Algunos de los artistas han quedado en medio de las manifestaciones que se llevan a cabo en distintos puntos de Bogotá. En la capital, como viene sucediendo desde hace dos días, los motociclistas han decidido salir a las calles para protestar por la nueva medida que Claudia López, la alcaldesa de la ciudad, ha ordenado: prohibir el parrillero de jueves a sábado, durante ciertas horas de la noche y madrugada. Al final, las movilizaciones no son ningún impedimento, retrasan, pero no detienen por completo: todos los actores logran llegar.

El teatro, de estilo neoclásico, cuyo techo está decorado por seis musas griegas, se halla casi vacío. Las sillas se encuentran ocupadas por menos de diez universitarios que han ido a ver el ensayo de El coronel no tiene quien le escriba. Al día siguiente, y durante los otros dos días, aquel sitio estará atestado de espectadores, porque las tres funciones se han vendido como pan caliente. Pero el jueves 7 de abril no ha llegado, ahora hay asientos de sobra para elegir. Entonces, aparece Jorge Alí Triana, el director de la obra. El también actor camina apoyado en un bastón; es casi un milagro que esté ahí, dando pasos, porque solo hace un mes se debatía entre la vida y la muerte a causa de un infarto. Triana se sienta en la mitad del escenario. Antes de que las luces se apaguen, dirige un par de palabras para los actores, a través de un micrófono: “Vamos a volver a convocar las emociones y que las situaciones sucedan, hagan que la obra suceda”.

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El Colón queda sumido en la oscuridad, aunque no por mucho tiempo. El telón va subiendo lentamente y la luz y la música se apoderan del escenario. Ahora, sobre él, se encuentra un gallo enjaulado al lado de un hombre anciano. Un poco atrás está una mujer canosa, de pelo largo, acostada en una cama. Entonces, ella le pregunta a aquel señor: “¿Qué haces?”. “Esperar”, contesta él. “Desde que terminó la guerra civil, hace cincuenta y seis años, no has hecho más que esperar”, aduce ella. Aquel hombre, el coronel, espera una pensión que al final nunca le llega. Esa que le prometieron tras la firma del Tratado de Neerlandia. Dice Jorge Alí Triana que la adaptación teatral de la novela de Gabriel García Márquez es una metáfora de la realidad de nuestro país. Esa que es la misma desde hace varias décadas, como me dice el director de la obra, “este país no cambia es nada. Vivimos en la misma guerra, en el mismo odio, en la misma desesperanza, pero siempre hay un coronel que da una llama de esperanza, dignidad y perseverancia”.

Y el gallo es ese símbolo de esperanza. Ese mismo que, durante el tiempo que dura el ensayo, no causa inconveniente alguno en el escenario. El animal se deja acariciar por Germán Jaramillo, el actor que representa al coronel. El gallo no corre de un lado para otro, se mantiene, casi siempre, sobre el mismo espacio. Y eso que Rodolfo Llinás y el fallecido Germán Moreno le decían a Jaramillo: “Usted se va a meter en un problema con ese animal en el escenario, no lo va a poder controlar. Es un animal que lo va a estar picoteando, va a estar tratando de tirarse ante el público, va a estar molestando todo el tiempo”. Pero, aunque no le tenían fe, él se la jugó y hasta se lo llevó a vivir con él desde hace ocho meses. “Yo me arriesgué a punta de afecto, a punta de trato con el animal, de intimar con él, aprendí cómo despertar su sensibilidad”. Tanto así que parece que reconoce su voz y el gallo reacciona a cada estímulo que le propone el actor. Quizá sea por eso que el animal parece que estuviera actuando cuando está en el escenario.

Jaramillo solo está de paso por Colombia, por la invitación que le hizo Alí Triana para participar en la obra. El actor está radicado en Nueva York desde hace varios años. Por el momento, piensa dejar al gallo aquí en Colombia, porque dice que acá tiene libertad, puede andar a su antojo por el jardín de su casa. “Yo creo que si los vecinos de mi edificio no se oponen, se va a quedar como el animal de mi edificio, hasta ahora todos lo quieren mucho, están acostumbrados a su canto y yo quisiera que se quedara en ese edificio, pero todavía le falta mucho trecho a esta obra”.

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Con todo y el retraso, el ensayo dura menos de hora y media. En el trascurso de ese tiempo, en algún momento se escucha la voz de Alí Triana para decir: “Corten un momento”. El director da correcciones sobre las luces de Germán Jaramillo. También le dice a una tal Andrea que el rayo debe sonar más fuerte. No vuelve a pronunciar palabra alguna hasta que finaliza la función. Aquello no parece un ensayo. El escenario está totalmente armado, los actores llevan su vestuario, los efectos de sonido, la música y todos los elementos de la obra están presentes ese día.

El telón se baja y todas las luces se encienden. Los ochos actores se toman de la mano y se inclinan ante su público. Uno de los artistas baila al ritmo de la música que suena. Luego de un rato, la mayoría de los actores se van a sus camerinos. En el escenario, John Álex Toro está sentado sobre un escritorio en compañía de Laura García, quien encarna a la esposa del coronel en la obra. Germán Jaramillo, quien está cerca de ellos, acaricia al gallo. Cuando me acerco a él, me confunde con otra persona, pero yo le sigo la corriente unos segundos. Jaramillo insiste en que no me corte el pelo. Me presento y el actor se disculpa conmigo por la confusión. Le pregunto, entre otras cosas, si a su edad —nació en 1952 — siendo actor, no le da miedo terminar como el coronel. “Espero que no me suceda lo mismo, pero cuando lo represento aprendo mucho de él: de su dignidad, de su coraje, de su espíritu de resistencia, de su extraordinario sentido de la esperanza, de su valor, y eso me ayuda también a mí y me enseña cómo vivir”.

Los otros dos actores se han esfumado en el tiempo que dura mi conversación con Jaramillo. Entonces, me dirijo a la parte de atrás del escenario. Bajo un par de escalones. Al final de las escaleras está el camerino de Jaramillo. Un letrero me avisa que al lado queda el de García, me dirijo hasta donde él. La actriz está sentada frente a un espejo. Un hombre que está de pie la ayuda a terminar de abandonar su papel, a ser la Laura García sin canas visibles. En el camerino también está John Álex Toro. El actor sonríe mientras destapa un libro. Me presento y le pregunto a García si tiene un par de minutos. “¿Para qué? ¿Me vas a invitar a comer pizza?”, me dice picando el ojo por el espejo. “Para conversar”, le respondo. Toro sale del camerino en busca de un lapicero. Mientras tanto, García me muestra el libro que sostenía, hace un par de minutos, el otro actor. “Es mi libro, como recién salido del horno, lo acabo de publicar”. John Álex Toro se lleva Sin verlo venir, el libro de la actriz, firmado y con un mensaje de cariño de García.

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La actriz cierra la puerta y en el camerino solo quedamos las dos. Mientras hablamos se va cambiando delante mío. Un ejercicio al que tal vez está acostumbrada siendo actriz. Le digo, entre otras cosas, en forma de pregunta, si Laura García también se quedaría al lado del coronel a pesar de todo…

—¡No!

—¿Por qué no?

—Porque no lo he hecho hasta ahora y no lo voy a empezar a hacer

—Por qué crees que la esposa del coronel sí permanecía ahí…

—En general, los personajes femeninos de Gabo casi todas se quedan con el marido, con muy pocas excepciones. Cuando yo hice la Diatriba de amor contra un hombre sentado, que es el único monólogo que escribió Gabo para teatro, ella se queda con su marido a pesar de que llevan veinticinco años tristemente casados o por lo menos veinte de los veinticinco, ella se queda porque le dice: “A pesar de todo, ¡te amo a ti, cabrón! Me voy a quedar aquí…”. Pero yo no lo he hecho en mi vida, ¿por qué lo voy a empezar a hacer ahora?

Danelys Vega Cardozo

Por Danelys Vega Cardozo

Comunicadora social y periodista de la Universidad de La Sabana con énfasis en periodismo internacional y comunicación política, y un diplomado en comunicación y periodismo de moda. Perteneció al semillero de investigación Acción social y Comunidades, bajo el proyecto Educaré.danelys_vegadvega@elespectador.com
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