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27 Mar 2020 - 7:28 p. m.

El “Decamerón”, de Giovanni Boccaccio, en tiempos de coronavirus (Tintas en la crisis)

Diez personas, siete mujeres y tres hombres se ven obligados a salir de Florencia en épocas de la peste negra para evitar el contagio que está azotando a un continente entero. Durante su aislamiento forzoso de diez días, cada uno decide relatar diariamente un cuento. Todos juntos forman el inestimable “Decamerón”, de Boccaccio, compuesto por cien relatos cortos de diversa índole.

Mónica Acebedo

Claramente, Boccaccio no necesita ser rescatado del olvido: es un referente literario incuestionable. Repasarlo, en cambio, es un precepto inminente. Así, rememorar su maravilloso centenar de relatos, en especial en estos tiempos de pestes modernas que amenazan con reclusiones forzosas, y desempolvar los cuentos moralizantes o críticos de una sociedad asechada por la corrupción y los abusos de poder, es una experiencia que paradójicamente no resulta para nada anacrónica, sino que, por el contrario, se ajusta como anillo al dedo a nuestra realidad contemporánea.

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Giovanni Boccaccio nació el 16 de junio de 1313 en Certaldo y creció en la convulsa Florencia medieval de la época. Su vida se podría representar, sin dificultad, en un relato similar a los que incluyó en el Decamerón; hijo de madre desconocida y de Boccaccino di Cellino, un mercader y banquero de quien posiblemente heredó el conocimiento y la mirada crítica del mundo mercantilista. Recibió una educación de calidad —a pesar de ser hijo natural— que le permitió conocer de cerca la literatura clásica, además de leer con sumo cuidado a sus predecesores como, por ejemplo, La Comedia de Dante. Fue él, de hecho, quien agregó a la gran obra dantesca la palabra “divina” y desde entonces la conocemos como La Divina Comedia. Amigo y contemporáneo de Petrarca y heredero de algunos de sus preceptos literarios que se impusieron en la literatura occidental, aunque su obra difiere de los ideales petrarquistas, ya que sienta una prosa que indiscutiblemente señaló tendencias en el mundo literario europeo que se encaminaba hacía el humanismo.

Escribió una variopinta obra de contenido clásico entre ensayos, poesías y cantares con alusiones a los dioses paganos, a los ideales caballerescos, a temas religiosos, amorosos e inclusive políticos; pero lo que definitivamente selló su estilo narrativo fue su narración en prosa que estableció un estilo lingüístico novedoso a partir del cual, entre otras cosas, engrandecía episodios cotidianos y objetos de la vida del común, pero al mismo tiempo extravagantes y provenientes de tierras lejanas. En el gran Decamerón, escrito probablemente entre 1348 y 1352 (justo después de la peste que abatió la Europa occidental y que redujo significativamente la población) y publicado en 1352 o 1353 es una obra que determina un estilo narrativo modélico desde diversas perspectivas.

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En primer lugar, el estilo de relato en el que se relata una historia en un primer nivel narrativo del que dependen otros relatos que tienen autonomía propia, constituye un nuevo esquema si se tiene en cuenta que muy probablemente estos mecanismos narratológicos provenientes de la tradición oral, como Las mil y una noches, no habían llegado aún a sus manos. Y, aunque posiblemente tuvo acceso a estructuras semejantes, en Florencia no habían sido desarrolladas. En segundo lugar, sus relatos permiten entrever esa nueva voz que refleja el espíritu mercantil burgués que caracteriza una sociedad dinámica, pero, además, critica a la iglesia con suma sutileza y recato. Por otra parte, trata las cuestiones amorosas y los vicios cotidianos a partir de diferentes tonos y voces narrativas que le imprimen a las historias fluidez y verosimilitud. Asimismo, el narrador del relato parece querer favorecer a las mujeres porque son ellas las que tienen que padecer largas jornadas de aburrimiento. Y, por último, otro de los aspectos interesantes es el manejo crítico y humorístico que le da a los estamentos sociales tan marcados en la sociedad italiana medieval.

En suma, los relatos están atravesados por temas como la avaricia, la corrupción, los vicios de los religiosos, los falsos milagros, la astucia de las mujeres, el maltrato e inclusive la violación. Estos ejes discursivos se presentan a través de la ironía, la sátira y, en algunos casos, la burla directa por parte de los personajes de los cuentos insertos. Precisamente y a diferencia de la arenga mística petrarquista, lo que hace Boccaccio en el Decameron, es juzgar la pasión a partir de cuantificaciones más humanas. Destaca las virtudes de los seres humanos como la compasión y la gratitud y, aunque las narraciones son de naturaleza lectiva o moralizante, el deleite y los placeres mundanos son también relevantes.

Invito pues, en tiempos de pestes modernas, a rescatar de los anaqueles olvidados de las librerías paternas, algún ejemplar del Decamerón y desafiar el acoso mediático mediante una lectura entretenida que nos insiste en que el tiempo es caprichoso, anarquista y parece quedar aniquilado…

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