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El derecho en la literatura a través de “Billy Budd, marinero” (La novela y el mundo)

La última novela de Herman Melville, que dejó inacabada tras su muerte en 1891, permaneció perdida durante varios años y fue finalmente publicada en 1924. El texto aborda diferentes temáticas morales y jurídicas, que abarcan un campo conocido como “derecho y literatura”.

Mónica Acebedo

11 de mayo de 2026 - 07:00 p. m.
Herman Melville nació en agosto de 1819 y publicó su “Moby Dick”, su obra más conocida, en 1851.
Foto: Joseph Oriel Eaton - Wikimedia
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Esta novela de Herman Melville (1819-1891), publicada en 1924, muchos años después de la muerte del autor, encarna la ambivalencia de los preceptos jurídicos en la literatura, ya que destaca la tensión entre la ética y la legalidad. El núcleo argumental conecta con la fragilidad de la ingenuidad frente a la rigidez de la ley, y, al mismo tiempo, deja ver el enfrentamiento entre lo individual y lo colectivo, que son precisamente las bases de un ordenamiento jurídico que debería abogar por la justicia.

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El contexto temporal corresponde al final del siglo XVIII, durante las guerras napoleónicas, y el espacial, a bordo de un barco inglés. Billy, el protagonista, es un marinero guapo, de veintiún años, trabajador, sencillo, humilde e ingenuo, pero también impulsivo, que cumple con sus deberes. Una mención del primer capítulo da cuenta de la suma moral y física del personaje: “Rara vez su naturaleza moral no estaba a la altura de su físico. De lo contrario, la belleza y la fuerza, siempre atractivas en la conjunción masculina, difícilmente habrían podido inspirar el sincero homenaje que en algunos casos recibía el marinero bonito de sus compañeros de tripulación menos dotados”.

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En un momento dado es trasladado del barco mercante, en el que trabaja desde hace varios meses y en el que se siente a gusto con la tripulación, a otro de guerra llamado Bellipotent. El joven parece adaptarse bien a sus nuevos compañeros y su nueva estructura militar. Su belleza física, su disposición, inocencia y amistad lo convierten en uno de los marineros favoritos. Pero al mismo tiempo es testigo de castigos, a su juicio, excesivos. Se compromete consigo mismo a nunca ejercer ese nivel de crueldad con ningún otro ser humano. También se siente observado y se da cuenta de las tensiones y envidias entre los marineros. El antagonista de la novela es el maestro de armas John Claggart, de 35 años. Tiene envidia de Billy, lo critica, lo maltrata, lo acosa y lo ofende cada vez que puede, desde un día en el que Billy, sin culpa, riega la sopa y cae a los pies de Claggart. Este termina involucrándolo falsamente en un intento de motín: “Que durante la persecución y los preparativos para el posible encuentro había visto suficiente como para convencerle de que al menos un marinero a bordo era un tipo peligroso en un barco que reunía a algunos que no solo habían tomado parte culpable en los últimos conflictos serios, sino a otros también que, como el hombre en cuestión, habían entrado al servicio de su Majestad de otra forma diferente al alistamiento”.

Estas acusaciones eran muy graves en ese momento de inestabilidad política. Un motín a bordo se podía propagar rápidamente entre toda la fuerza naval. Por esta razón era necesario investigar a fondo la posible falta. Pero Billy tiene un problema de tartamudez cada vez que se pone nervioso y no se puede defender de la falsa denuncia. Su angustia e incapacidad lingüística se transforman en rabia, frustración y desahogo físico. En un encuentro con Claggart, Billy lo golpea por acusarlo injustamente. Este cae y muere accidentalmente. El capitán del barco es Edward Vere, un hombre de cincuenta y cinco años, y otro personaje fundamental para entender el alcance filosófico de la novela. Dice Lorenzo Zollezi en “El proceso en la literatura. Análisis de los aspectos jurídicos de tres obras emblemáticas: Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens; Billy Budd, de Melville, y La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe”: “La personalidad y acciones del capitán Vere son las que aportan a la obra la mayor riqueza, tanto desde el punto de vista humano como jurídico. Era un hombre a quien adornaban todas las virtudes de un capitán de barco de guerra: buen marinero, buen guerrero, leal a sus superiores y muy especialmente a la corona, firme y prudente a la vez y con un toque de intelectual que no era común entre los marinos de su rango”.

Vere reconoce la inocencia moral de Billy, pero no le queda más alternativa que someter a Billy a un tribunal militar por el homicidio de un superior en tiempos de guerra: “No somos responsables de esa ley ni de su rigor. Nuestra responsabilidad jurada está en esto: que, por muy despiadadamente que actúe esa ley, en cualquier caso, nosotros, sin embargo, nos adhiramos a ella y la administremos”, dice el capitán. Finalmente, Billy es condenado a morir en la horca, con aceptación cristiana y resignación, bajo la mirada indignada de una tripulación que conoce la inocencia del joven. Billy dice justo antes de morir: “¡Dios bendiga al capitán Vere!”.

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Un tiempo después, el capitán está agonizando y sus últimas palabras fueron: “¡Billy Budd, Billy Budd!”. El narrador de la novela explica: “Que estos no eran acentos de remordimiento, parecía claro por lo que dijo el asistente al oficial de infantería de marina, que, como el más reacio a condenar de los miembros del juicio de guerra sumarísimo, sabía de sobra, aunque se reservó este conocimiento para sí mismo, quién era Billy Budd”.

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En suma, la novela póstuma de Herman Melville retoma los dilemas filosóficos, éticos y religiosos que atraviesan toda su obra. La narración del juicio es uno de los mejores ejemplos del proceso de un inocente en la literatura. También funciona como un examen moral y filosófico y se convierte en una alegoría cristiana. Billy es el símbolo de la bondad y la inocencia, destino y sacrificio, mientras que Claggart encarna la maldad sincrónica e inexplicable.

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Por otra parte, el capitán Vere es el ejemplo de la tensión entre la ley y la compasión humana, además de la rigidez del sistema militar frente a la complejidad de los sentimientos de las personas.

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Por Mónica Acebedo

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