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El deseo contra el deber

‘El corazón guarda sus secretos’ muestra el dilema moral al que se enfrenta una joven de una familia judía ortodoxa de Tel Aviv.

Sara Malagón Llano

15 de mayo de 2014 - 10:42 p. m.
En la comunidad judía ortodoxa, que las mujeres lleven la cabeza descubierta es símbolo de su soltería, cosa que, con los años, resulta humillante. De derecha a izquierda, Irit Sheleg, Hadas Yaron y Hila Feldman. / Fotos: Cortesía Babilla Cine
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Rama Burshtein nació en Nueva York en 1967. Se graduó de la Sam Spiegel Film and Television School en Jerusalén en 1994. Durante esos años se hizo profundamente religiosa y desde entonces se ha dedicado a promover el cine como una herramienta para la libre expresión en y desde la comunidad judía ortodoxa. Ha escrito, dirigido y producido películas para la comunidad, algunas de ellas sólo para mujeres. Fill the Void —en español, El corazón guarda sus secretos— es su primer largometraje.

Los protagonistas de la película son los miembros de una familia judía ortodoxa de Tel Aviv. Shira, la menor de las hijas, está por casarse con un hombre de su misma edad, pero los felices planes se desvanecen cuando Esther, su hermana mayor, muere dando a luz a su primer hijo. Entonces se hace urgente e imperativo que el viudo encuentre pronto a una compañera que llene el vacío —fill the void— dejado por la muerte. A partir de ese momento, las leyes religiosas y la tradición se hacen sentir con fuerza imponiendo mandatos absolutos que chocan con la búsqueda de independencia de Shira. La trama gira alrededor de la disyuntiva entre el querer y el deber —un deber radical, casi incuestionable e inamovible—, y se concentra en mostrar con sutileza la lucha interna que vive Shira ante una decisión que aparentemente está en sus manos, pero que en realidad ha sido tomada por su familia desde el momento mismo de la tragedia. Esa tragedia, el vacío, pone a tambalear el orden familiar que se creía sólido y desencadena el dilema moral que está en el centro de la historia.

Burshtein presenta las dinámicas y la lógica interna de un mundo lejano e incomprensible para quien no está allí adentro, pero sin estigmatizarlo. Ese mundo se rige por unas leyes tan inmediatas, tan determinantes, provenientes directamente de Dios, que parece tratarse de otro mundo, o de un microcosmos cerrado del que no se sale y al que no se puede entrar. El logro de la película está en mostrar, desde los detalles más pequeños hasta las normas más generales y determinantes, la manera en que ese mundo —tan extremadamente ajeno para alguien que vea la película desde este lado de la Tierra— funciona. Y sin embargo no cae en obviedades, no pretende mostrarlo todo, sólo pedazos de vida, pedazos de historia y cultura que se cuelan en la cotidianidad de los personajes y que, silenciosamente, rigen su manera de vivir y actuar.

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Pero la película no se afana por explicar ni por justificar el sentido de sus momentos más intensos. El lente de la cámara sirve como puente entre el espectador y el mundo que allí se retrata, se muestra, se capta. En ese mundo hay poco tiempo para la deliberación, poco espacio para la decisión y no hay lugar para el dolor: el deber se impone por encima de todo, el deber determina la acción con una inmediatez que sorprende e incomoda. Y aun así, la rigidez de los mandatos absolutos es presentada suave y estéticamente. Las más bellas escenas, sin duda, corresponden a los pocos momentos en que Shira escapa por cortos instantes de esa realidad que la presiona para dejar fluir su tristeza por el duelo que no le fue permitido llevar con calma, por el miedo ante un matrimonio arreglado, por la consternación ante la orden que debe ser cumplida en contra de su voluntad y sus deseos. Y entonces, en una de esas, Shira trabaja, toca el acordeón para unos niños de colegio que bailan al ritmo de una música alegre. Pero la tragedia apenas ha ocurrido, y ella no ha tenido un momento para sí misma. Cierra los ojos y la música se vuelve triste, tan triste que los niños han dejado de bailar y ella no se ha dado cuenta.

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El final de la película es ambiguo. Ya no vamos de la mano de Shira, ya no sabemos con claridad lo que siente ante los nuevos acontecimientos; vemos lo que ocurre desde una perspectiva externa que nos deja con muchas dudas. Aunque es clara la decisión tomada, el punto de vista se traslada y la película calla más radicalmente que nunca.

 

 

 

saramalagonllano@gmail.com

Por Sara Malagón Llano

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