Cuando Gabriel García Márquez recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura, en 1982, dijo que quería recibirlo “entre cumbias y vallenatos”. El escritor, lejos de acomodarse a los fríos protocolos de la academia sueca, quiso llevar consigo a una comitiva que representara al territorio que inspiró su arte y ahí, inevitablemente, tenía que estar Totó La Momposina.
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Pero la historia de estos dos representantes de la cultura colombiana empezó años antes, en Barranquilla, gracias a Carlos Emilio Manjarrez, un periodista y amigo en común. Durante un evento de apertura de unas oficinas del diario El Espectador en esta ciudad, Manjarrez los presentó y, en palabras de la maestra en una entrevista para la Fundación Gabo, “allí vino la confraternidad”.
Durante esa misma conversación, Totó La Momposina recordó a García Márquez como un hombre “jocoso”, “bailador” y con un gran gusto por las músicas del caribe colombiano. Los dos desarrollaron una estrecha amistad, que alimentaron sobre todo durante el tiempo que ambos estuvieron en París, donde la maestra estaba estudiando historia de la danza, coreografía, ritmo y organización de espectáculos en la Universidad de La Sorbonne.
Por todo esto, cuando Colcultura, la entidad creada por el Ministerio de Cultura de ese entonces, quedó con el encargo de organizar un grupo de músicos que acompañara al escritor a recibir el premio a Estocolmo, Totó La Momposina fue una de las primeras en llegar a la lista. Con ella, también estuvieron otros grandes exponentes de la cultura colombiana como Luis Quinitiva y su conjunto llanero; Carlos Franco, que trajo consigo las danzas del Atlándico; Julián Bueno, con las Danzas del Igrumá, y, por supuesto, Leonor Gonález Mina, “La Negra Grande de Colombia”.
Todos ellos lograron transformar una ceremonia sobria y solemne en una parranda que García Márquez recordó hasta el fin de sus días como la única forma en la que habría podido recibir semejante distinción. Según narró Totó La Momposina, allí sonaron “cumbias, bailes cantados, la Danza del Congo” y al son de un millo incluso el recién galardonado escritor salió a bailar con la maestra. Fue una demostración de Macondo, de lo que era Colombia, no solo desde las letras, sino desde la música y el baile.
El fallecimiento de la cantante deja, tal como pasó con García Márquez y como ha pasado con otras grandes figuras de la cultura colombiana, un vacío para el país. Pero también da una nueva oportunidad para recordar la huella que dejó y lo que su arte significó para quienes tuvieron el privilegio de escucharla.
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