En el cine, la moda y la alta costura han representado estándares de lujo, intrigas y señalamientos superficiales que han convertido a este universo en un sinónimo de excesos y opulencia. Sin embargo, la moda abarca muchos otros factores que la convierten en un arte y a los diseñadores en artistas.
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Dentro del cine, las visiones de este mundo lleno de champán y caviar se reflejan en cintas como Una cara de ángel (1957), protagonizada por Audrey Hepburn, una comedia musical del director estadounidense Stanley Donen. La trama gira en torno a Jo Stockton, empleada de una librería en Greenwich Village y apasionada de la filosofía, que se convierte en modelo para la revista Quality, una publicación norteamericana de moda.
Películas como Celebrity (1998) de Woody Allen o Coco antes de Chanel (2009) de Anne Fontaine ya mostraban cómo la moda influye de manera peculiar en quienes se aventuran en este negocio lleno de glamour y reflectores. Pero luego llegó un clásico moderno que llamó la atención de un público más masivo y generó un ícono: El diablo viste a la moda (2006), con Meryl Streep en el papel de Miranda Priestly, inspirado en la legendaria editora en jefe de Vogue Estados Unidos, Anna Wintour.
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La secuela de The Devil Wears Prada llegó con el peso de un clásico moderno sobre sus hombros. La primera película, estrenada en 2006, se convirtió en un referente cultural al retratar con ironía y glamour el mundo de la moda, mientras exploraba las tensiones entre la ambición profesional y la vida personal. Cerró arcos narrativos con personajes memorables, sin recurrir a continuaciones forzadas, y dejó abierta la pregunta: ¿qué podía aportar una segunda parte casi dos décadas después?
La película retoma a Miranda Priestly en un contexto donde la industria ha cambiado radicalmente, ahora marcada por redes sociales, influencers y la precarización del periodismo cultural, que tristemente se declaró en vía de extinción. El guion acierta al mostrar cómo una figura de poder debe reinventarse en un ecosistema dominado por algoritmos y métricas de impacto inmediato. Sin embargo, la trama busca actualizarse no solo como decorado, sino profundizando en la evolución de sus personajes.
Meryl Streep vuelve a encarnar a Miranda con la misma precisión glacial, pero ahora matizada por un aire de vulnerabilidad que, para parte de la audiencia, puede resultar corrosivo por lo que representa como símbolo de poder. De manera irremediable, la humaniza sin restarle autoridad. En mi opinión, se convierte en víctima de una sistematización de la información que manipula a su antojo lo que se supone que es “importante” o no.
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Anne Hathaway, por su parte, ofrece una Andy Sachs más madura, enfrentada a dilemas éticos sobre el rol del periodismo en la era digital y visibilizando un problema global que está aniquilando esta profesión. La química entre ambas sigue siendo el motor de la película, reactivando su conflicto. Sin embargo, los personajes secundarios carecen de la fuerza que antes aportaba humor y contraste, y en esta ocasión se reducen casi a un objeto decorativo.
Visualmente, la película mantiene el brillo estilizado de la moda, pero introduce un tono más sobrio, sin dejar de ser llamativo. Logra una de las mejores secuencias de esta segunda parte, donde la alta costura resalta y le entrega a la cinta ese glamour obligatorio. No obstante, la película es consciente de que el lujo ya no se percibe igual en un mundo atravesado por crisis económicas y debates sobre sostenibilidad.
En esta entrega, la alta costura no es el centro de la historia, sino un recurso para impulsar visualmente la película. La crítica implícita a la obsolescencia del glamour como valor absoluto se queda a medio camino, sin arriesgarse a cuestionar de fondo las dinámicas de explotación que sostienen la industria, usándola únicamente como motor narrativo desde lo visual.
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El diablo viste a la moda 2 es un ejercicio de nostalgia bien ejecutado, que ofrece momentos de lucidez sobre la transformación cultural del trabajo creativo y las nuevas dinámicas mediáticas del mundo. Sin embargo, por momentos no logra la contundencia de su predecesora. Funciona como espejo de una época en transición, aunque su mirada se queda más en la superficie, con un desarrollo de personajes elegante pero con menos filo que la anterior.
Aun así, es una película que cumple su cometido de continuar una franquicia con mucha fuerza y que promete dar más de sus cuatro personajes principales, especialmente Nigel (Stanley Tucci), siempre clave en el cariño de la audiencia y en la historia.
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