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El enigmático Sherlock Holmes

El legendario detective creado por Sir Arthur Conan Doyle fue un irreverente súbdito de la reina Victoria que se negó a recibir el honorífico título de Sir.

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Fernando Araújo Vélez
04 de enero de 2012 - 09:08 p. m.
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Pocas horas después de que Sherlock Holmes muriera en Reichenback, Suiza, a manos de su más íntimo enemigo, el profesor Moriarty, miles de lectores de las páginas de The Strand Magazine, donde aparecían sus historias, enviaron sufragios y cartas y ramos de flores oscuras al 221B de Baker Street, Londres. Pasados unos días, aquellos mismos lectores indignados, y otros miles más, salieron a las calles inglesas con un cintillo negro en sus sombreros. Iban de luto y protestaban. Exigían. Una semana más tarde, Arthur Conan Doyle tuvo que resucitarlo en La casa vacía. Ya para entonces era evidente que Holmes había pasado de ser personaje a hombre de carne y hueso. A los británicos de aquellos tiempos, siglo XIX y comienzos del XX, poco o nada les importaba que fuera una creación literaria.

Holmes era presumido: “Los tres años pasados no habían suavizado la aspereza de Holmes ni su impaciencia, cuando se encontraba con una inteligencia inferior a la suya” (La casa vacía). Holmes era misógino, aunque trataba a las mujeres con delicadeza. Tenía sesgos de artista, tocaba un Stradivarius, fumaba en una pipa Meerschaum, se ufanaba de sus deducciones y se creía por encima de las leyes, de la ley de los humanos, más allá de que intentara respetarlas. “Mire, capitán Croker, resolveremos esto conforme a la ley. Usted es el acusado, usted, Watson, el jurado, y conste que nunca hubo nadie más adecuado para este puesto, y yo, el juez” (La aventura de Abbey Grange). Era alto, delgado, solía disfrazarse hasta el punto de engañar a su propio compañero de investigaciones, el doctor Watson, sabía boxear, le gustaba la esgrima y consumía cocaína a un siete por ciento.

Fue real, pese a que no existió. E inmortal. Una especie de Dorian Gray, eternamente maduro, deductivo, inteligente, irreverente, eficaz, enigmático y mordaz. Nació, dijeron, el 6 de enero de 1854. Su padre era un hacendado inglés y su madre descendía de una estirpe de pintores franceses. Estudió en Oxford unos cuantos años, vivió cerca del Museo Británico y rechazó en más de una ocasión el título de Sir. Tenía un hermano mayor, Mycroft, quizá más brillante que él, aunque menos perseverante. Conoció a su amigo Watson en un hospital y trabajó con él durante 17 de sus 23 años como detective. Le criticaba que escribiera en sus relatos demasiados detalles excitantes para el público, y que por ello dejara por fuera la ciencia y el método que había en sus investigaciones.

La leyenda se encargó de asociarlos con la frase “Elemental, mi querido Watson” (En inglés, Elementary, my dear Watson). No obstante, la frase, tal cual, jamás apareció en los textos de Arthur Conan Doyle. En El sabueso de los Baskerville, Conan Doyle escribió las dos palabras fundamentales de la oración, pero separadas. “‘Interesante aunque elemental’, dijo Sherlock Holmes mientras regresaba a su rincón favorito, donde se hallaba el sofá. ‘Ciertamente hay dos o tres indicios en el bastón. Nos dan las bases para varias deducciones’”. La leyenda, también, difundió la imagen de su pipa y su gorra de cazador, más allá de que en los textos originales de Conan Doyle no existieran. Según los investigadores de Holmes, la pipa fue una creación teatral de 1920, y la gorra, una invención del ilustrador Sidney Paget, de The Strand.

Héroe de los tiempos y las tradiciones victorianas, a Holmes poco le interesaba la moral de los hombres. Lo que ocurría no era ni bueno ni malo, sino cierto o falso, y a pesar de que era un Raskolnikov que se daba a sí mismo sus propias leyes, se regía por la ley de los códigos: no matarás, no robarás. Los hechos eran la verdad, y las palabras, más que palabras, pistas que lo podían conducir a esclarecer un crimen. Cuando falleció Conan Doyle, el 7 de julio de 1930, en Crowborough, Holmes se transformó en personaje de cine y de radio. Su primera película duró 30 segundos y era muda. Luego se filmaron varias series, las más famosas con Basil Rathbone como protagonista, y desde el 2 de octubre de 1939 hasta el 7 de julio del 49, la radio emitió día tras día sus episodios en The New Adventures of Sherlock Holmes (Las nuevas aventuras de Sherlock Holmes). Su ingenio traspasó idiomas y nacionalidades y épocas. Decenas de poetas lo escribieron, comenzando por Jorge Luis Borges, quien lo retrató en algunos versos:

“No salió de una madre ni supo de mayores.

Idéntico es el caso de Adán y de Quijano.

Está hecho de azar. Inmediato o cercano

lo rigen los vaivenes de variables lectores”.

“Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte y la siesta son otras. También es nuestra suerte convalecer en un jardín o mirar la luna”.

Por Fernando Araújo Vélez

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