A los hermanos Aki y Mika Kaurismäki se les agradece su amor por el cine y el rescate por la pasión de la cinefilia, ahora reducida a los festivales, las cinematecas y las cofradías interesadas en conocer la historia de la pantalla y sus clásicos. Por comprender de qué manera la vanguardia es la tradición reinventada.
Le Havre (2011), la última película de Aki Kaurismäki, es una evidencia de la forma como el presente es una consecuencia del pasado y sus ficciones. Su detective, el inspector Monet —protagonizado por Jean-Pierre Darroussin, actor frecuente de otro director confiable en el paisaje contemporáneo, Robert Guédiguian—, vestido con el negro riguroso de los malvados, desvirtuado por el rasgo de nobleza que lo enaltece al final del filme, es un eco del cine policíaco y de los personajes emblemáticos de Jean-Pierre Melville. La caja china de Le Havre revela aún más sus secretos con la atmósfera visual de la película. El realismo poético francés, que iluminara las salas a finales de los años 30, con su mezcla de ensoñación, melancolía y fatalismo, su romanticismo y su forma de escribir acerca del mundo cuando los guionistas se llamaban Charles Spaak, Henri Jeanson o Jacques Prévert, el poeta ineludible de una época, imprime su sello humano y compasivo en el puerto donde transcurre la película y el guión de Kaurismäki honra a los maestros que le permitieron realizarla.
Marcel Marx, el lustrabotas protagonizado por André Wilms, sin duda está a una distancia kilométrica en términos visuales de un héroe del realismo poético como Jean Gabin. Más allá de su rostro, el corazón del personaje encaja con la actitud de los papeles de Gabin —entrañable en La Grande illusion (Renoir, 1937)— cuando Marx evidencia la compasión sin sentimentalismos por Idrissa (Blondin Miguel), el muchacho africano que se esconde de la policía y encuentra en Marx un defensor que lo protege.
Kati Outinen, tallada en el cine de los Kaurismäki como una imagen indeleble en su mundo, protagoniza a la esposa de Marx y es otra referencia que demuestra el amor del director por el cine clásico francés cuando decidió llamarla Arletty. ¿Podríamos olvidarla? ¿A la actriz suprema de los años 40 que fue una imagen de fortaleza, independencia y belleza en Les Enfants du Paradis (Carné, 1945)? Outinen como Arletty es también una semblanza femenina del cariño en la adversidad, la actriz que recibe el beneficio de la fantasía y sus milagros en Le Havre, con un aire distante por el francés que pronuncia y establece el misterio de un origen lejano al puerto en el que vive.
Aparte de los homenajes y los guiños en clave, el pasado se encuentra con el presente en el alegato contra el racismo y la persecución a los inmigrantes, condenados por su “falta de prestigio” —según los imperios económicos—, relegados al segundo plano en el que son arrinconadas las geografías de la pobreza. Sin mala conciencia, con un tono descriptivo, enalteciendo la solidaridad de sus héroes discretos —los vecinos de Marx y Arletty que también protegen a Idrissa—, Kaurismäki se permite las soluciones de la magia: poderes curativos, situaciones que sólo pueden explicarse en la ficción, sorpresas que frustran momentáneamente la esperanza del espectador y le permiten regresar de nuevo al entusiasmo cuando Kaurismäki promete y cumple con presentar una película semejante al espejismo de la felicidad. ¡Incluso la historia de Little Bob (Roberto Piazza) y de su enamorada, en la que pueden escucharse las melodías del rock ’n’ roll que apasionan a los hermanos Kaurismäki, se soluciona con la felicidad de una lógica a la manera de las historias de amor que brillan en los ojos del público cuando lo satisfacen y la mirada se torna brumosa!
Si Le Havre fuera un disco, la película podría ser cantada por Edith Piaf o Josephine Baker. Su énfasis en la memoria de un tiempo que sólo regresa a través de la pantalla haría de la orquesta que las podría acompañar una big band de fantasmas cálidos, situados para siempre en la historia de un arte que continúa recordándolos.