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El explorador de paraísos

Hace cerca de 245 años el navegante francés Louis-Antoine de Bougainville se convirtió en el decimocuarto marino en dar la vuelta al mundo.

Rafael Baena

19 de agosto de 2012 - 04:00 p. m.
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Del ahogado, el sombrero. Aunque no precisamente en los mismos términos del conocido refrán, eso debió pensar el capitán de fragata Louis-Antoine de Bougainville mientras navegaba a bordo de la nave Boudeuse rumbo a las islas Malvinas. Llevaba la misión de devolverlas a la corona española por orden de su rey, Luis XV de Francia, apodado el Bien Amado. La devolución de las islas, si bien significaba una gran humillación personal para él, tenía una contraprestación: de alguna manera se trataba de la primera etapa de su viaje de circunnavegación del globo terráqueo, hazaña que ningún francés había logrado desde que Magallanes y Elcano completaran la primera vuelta al mundo.

Después de aquel viaje iban doce más, y en el discurso preliminar de su libro Viaje alrededor del mundo a bordo de la fragata real la Boudeuse y la urca Étoile, en 1766, 1767, 1768 y 1769, publicado años después, Bougainville hace una relación de las expediciones precedentes antes de explicar por qué creía que la comandada por él sería especial: “… de estos trece viajes alrededor del mundo, ninguno pertenece a la nación francesa, y seis solamente han sido hechos con espíritu de descubrimiento, a saber: los de Magallanes, de Drack (Francis Drake), de Lemaire, de Roggewin, de Byron y de Wallas; los otros navegantes, que no tenían por objeto más que enriquecerse por correrías sobre los españoles, han seguido rutas conocidas sin aumentar el conocimiento del Globo”.

En otras palabras, el viaje de él marcaría diferencias pues tendría por objeto el interés científico y, por supuesto, el lustre de Francia, que desde la muerte de Luis XIV, el llamado Rey Sol, venía resbalando por el tobogán de la decadencia, del barroco al rococó, y de una nación con ínfulas imperiales, capaz de disputar con España e Inglaterra la supremacía global, se había convertido en un país pusilánime que cedía ante las presiones.

A Bougainville le constaba. Primero mosquetero del rey y luego oficial de dragones en la guerra contra los ingleses por el control de Canadá, había llegado a América muy joven. Vestía uniforme, pero eso no necesariamente significaba que lo suyo era sólo echar bala y tasajear enemigos con el sable. De hecho, educado nada menos que por el filósofo y matemático Jean D’Alembert —junto con Diderot, uno de los directores de la Enciclopedia—, a sus 23 años había publicado un Tratado de cálculo integral, leía a los clásicos y se sentía cómodo en los textos de Montesquieu y Montaigne, aunque su fogosidad juvenil también lo impulsaba a la práctica de la esgrima y a interesarse en política, ambos ejercicios que lo condujeron a enlistarse como mosquetero. Era pues un típico personaje de la era de la Ilustración, y su educación le alcanzó para ser secretario de la embajada en Londres, donde se inscribió en la Royal Society, dedicada al estudio y promoción de las ciencias exactas.

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Su experiencia en Canadá con los ingleses había sido traumática. Adjunto al comandante francés, el marqués de Montcalm, estuvo con él cuando murió en la batalla de Quebec y luego recibió la orden real de tramitar la rendición del ejército. Acató el mandato a un costo altísimo, pues dentro de los términos de la capitulación estaba estipulado que él, al igual que el resto de los oficiales, serían deshonrados y no podrían volver a vestir uniforme para enfrentarse a los casacas rojas ingleses.

Por eso en la llamada Guerra de los Siete Años, que se trasladó a continuación a territorio europeo, debió limitarse a ejercer la diplomacia y, según las crónicas, no lo hizo nada mal. Pero el gusano de la investigación científica revivió dentro de él cuando se embarcó hacia un archipiélago del Atlántico Sur llamado Malvinas, adonde llegó en 1760 para fundar Port Louis, enclave destinado a dejar un claro mensaje a las demás potencias imperialistas: Francia había cedido sus intereses en Canadá, pero ello no significaba que haría lo mismo con sus pretensiones sobre el resto de América.

Sin embargo, ahora, apenas unos años después, recibía la orden de arriar la bandera de la flor de lis y entregar al gobernador español la soberanía total sobre las Malvinas, un hecho cuya significancia invocan aún hoy los argentinos en su alegato por la recuperación de las Falkland, después bautizadas así por los ingleses cuando se apropiaron de ellas en 1833.

Aquella ceremonia revivió en el capitán Bougainville la pesadumbre de la derrota canadiense, pero en esta ocasión le quedaba el consuelo de que ese sentimiento desaparecería una vez se reuniera con la nave de transporte Étoile en la costa suramericana, más exactamente frente a Río de Janeiro. A bordo de ambas naves iban médicos, astrónomos y naturalistas que observarían fenómenos celestes, harían precisiones geográficas y clasificarían especies de animales y plantas. Uno de ellos era el botánico Philibert de Commerson, un hombre algo enfermizo que muchas veces a lo largo de la expedición permanecería a bordo del buque mientras su ayudante, un apuesto joven de aspecto algo delicado llamado Jean Barré, desembarcaba para estudiar la flora y descubrir una nueva especie que en el momento de la clasificación Commerson bautizó Bougainvillia, en honor al jefe de la expedición.

Tras una serie de malentendidos con las autoridades locales portuguesas, las dos naves partieron hacia el sur para atravesar el estrecho de Magallanes y salir al Pacífico aprovechando el benigno clima del verano austral, que les permitió desembarcar durante su recorrido a través del paso para recoger muestras y conversar con los nativos patagones, cuyo aspecto atlético les produjo una agradable impresión y con los cuales intercambiaron mercancías y comida. No ocurrió lo mismo con los indios fueguinos, a los que Bougainville después llamaría “malolientes”.

De nuevo con el viento a favor y en mar abierto descubrió o visitó Tuamotu, Vahitahi, Akiaki, las islas del Harpa, las islas Dos Grupos, el archipiélago de los Borbones, Mehetia y Tahití, que acababa de ser descubierta por los ingleses pero sobre la cual Bougainville plantó la bandera francesa y proclamó soberanía. De todas las etapas de su recorrido, quizás esta última sea la más significativa, pues ese lugar paradisíaco rodeado de arrecifes de coral, surcado por ríos con incontables cascadas, sin plagas ponzoñosas ni enfermedades, habitado por gentes que le parecieron hermosas física y espiritualmente y que acogieron a los marineros con amabilidad, necesariamente debía ser aquella utopía descrita por Juan Jacobo Rousseau, según la cual el hombre nace naturalmente bueno y la sociedad se encarga de corromperlo. Otros viajeros comprobarían posteriormente lo errado de esa primera emoción, pero Bougainville, al fin y al cabo hombre de la Ilustración, no tuvo dudas al respecto y Tahití inspiraría las páginas más poéticas de su relación de viaje, quizás debido a su añoranza de las hermosas tahitianas, las cuales no vieron nada censurable en el hecho de relacionarse sexualmente con los visitantes durante su escala.

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El único que no aprovechó la buena disposición del personal femenino local fue el botánico Commerson. Para propósitos amorosos contaba con su joven ayudante Jean Barré, que en realidad era Jeanne, una bella campesina que se había embarcado disfrazada de mozalbete porque la ley prohibía a las mujeres abordar naves de la marina real. Parece que ella fue la principal responsable de clasificar cerca de seis mil especies de plantas, mérito que sólo hasta hace muy poco empezó a serle reconocido. Aunque en ese momento el capitán Bougainville, para dar escarmiento, desembarcó a Commerson en las islas Mauricio, donde moriría, y a ella la trasbordó de la Étoile a la Boudeuse.

Pero esa otra historia debe ceder paso a un recorrido que, después de Tahití, continuó hacia Bora Bora, las islas Hoorn, Java, Papúa Nueva Guinea, Vanuatu y las islas Salomón, para salir al océano Índico, las ya mencionadas islas Mauricio y de allí hasta Francia, donde Bougainville rendiría informe de su viaje a Luis XV. Después volvería a navegar, llevaría una vida rica en experiencias de todo tipo y escribiría la memoria de su travesía. El talante de ese libro es notorio desde la misma introducción, apartes de la cual reproduzco textualmente para cerrar este artículo, porque constituye no sólo una lección de vida sino del oficio de escribir:

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“… séame permitido prevenir que no se debe mirar la relación como una obra de esparcimiento: se ha hecho especialmente para los marinos. Por otra parte, esta larga navegación alrededor del Globo no ofrece el recurso de los viajes marítimos hechos en tiempo de guerra, los cuales proporcionan escenas interesantes para las gentes de mundo. ¡Si al menos el hábito de escribir hubiese podido enseñarme a salvar por la forma parte de la aridez del fondo! Pero aunque iniciado en las ciencias desde mi más tierna juventud (…) estoy ahora bien lejos del santuario de las Ciencias y de las Letras; mis ideas y mi estilo han adquirido demasiado la impronta de la vida errante y salvaje que llevo desde hace doce años. No es en los bosques del Canadá, ni en el seno de los mares, donde se forma el arte de escribir (…). Por lo demás, no cito ni contradigo a nadie; pretendo aún menos establecer o combatir ninguna hipótesis.

Soy viajero y marino, es decir, un embustero y un imbécil a los ojos de esta clase de escritores perezosos y soberbios que, en la sombra de su gabinete, filosofan a vista de pájaro sobre el mundo y sus habitantes y someten imperiosamente la Naturaleza a sus imaginaciones. Procedimiento bien singular, bien inconcebible por parte de gentes que, no habiendo observado nada por sí mismas, no escriben, no dogmatizan más que según observaciones recogidas en estos mismos viajeros, a los que rehúsan la facultad de ver y de pensar.

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Terminaré este discurso rindiendo justicia al valor, al celo, a la paciencia invencible de los oficiales y tripulación de mis dos barcos”.

Por Rafael Baena

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