La Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada en España fue el escenario de un viaje en el tiempo. Bajo el pretexto de los 500 años de aquel encuentro en la Alhambra entre Juan Boscán y Andrea Navagero, dos autores de la palabra, Luis Alberto de Cuenca y Alejandro G. Roemmers, conversaron para demostrar que, aunque el mundo sea hoy un caos de pantallas, el soneto sigue siendo la brújula más exacta.
Luis Alberto de Cuenca abrió la charla recordando que el endecasílabo italiano que llegó con Navagero fue el pasaporte a la modernidad de la lengua en español. Para el Premio Reina Sofía, aquel momento fue el origen de una hermandad que hoy, cinco siglos después, se siente más viva que nunca entre las dos orillas del Atlántico.
Por su parte, Alejandro G. Roemmers no tardó en llevar la charla hacia el terreno de la mística y los valores. El poeta argentino defendió que la métrica no es una cárcel, sino una disciplina del espíritu. Para él, el soneto es el lazo que permite que un joven de Buenos Aires y otro de Madrid se reconozcan en un mismo ritmo, en una misma pulsación emocional que trasciende cualquier mapa.
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“El soneto es un organismo vivo, una estructura que no ha envejecido porque contiene en sí misma la proporción áurea de la comunicación humana; es el molde donde el sentimiento se hace pensamiento”, dijo De Cuenca. La poesía es una arquitectura necesaria para no perder la cabeza en estos tiempos de inmediatez y frases hechas. El soneto, según el español, es el lugar donde la inteligencia y la música se dan la mano.
Roemmers señaló la responsabilidad del poeta en el siglo XXI. Con una mirada puesta en los futuros maestros que escuchaban en la sala, el autor de El regreso del Joven Príncipe subrayó que la poesía es, ante todo, un puente de paz. “En un mundo que tiende a la dispersión y al ruido constante, el soneto nos obliga a la síntesis y a la búsqueda de la belleza absoluta; es un lazo que nos une a España por una voluntad compartida de elevar el espíritu”, afirmó.
Durante la charla, se recordó cómo América Latina, además de recibir el soneto, lo transformó, lo llenó de selva, de barro y de una pasión nueva para devolvérselo a España renovado. De Cuenca fue enfático al decir que “no podemos entender nuestra propia poesía sin ese intercambio”, reconociendo que la vitalidad de la lengua española hoy reside, en gran medida, en la fuerza volcánica que llega desde el sur del continente americano.
El punto álgido de la mañana fue cuando se discutió el papel de la educación. En una facultad donde se forman los docentes del mañana, ambos poetas hicieron un llamamiento a no abandonar el rigor estético. Roemmers dijo que “el soneto es la arquitectura de la memoria”, argumentando que si se pierden estas formas, se pierde la capacidad de estructurar la propia historia. Para el argentino, enseñar poesía es enseñar a pensar con orden y a sentir con profundidad.
Luis Alberto de Cuenca, con un guiño a los clásicos, recordó que lo que Boscán y Navagero tramaron en Granada hace 500 años fue, en realidad, una revolución de la intimidad. Al introducir el soneto, nos enseñaron a hablar del amor, de la muerte y del paso del tiempo con una elegancia que antes no se tenía. “El español es una patria sin fronteras donde la forma es el fondo mismo de nuestra fraternidad”, concluyó el poeta, dejando claro que los catorce versos son nuestro territorio común más sagrado.
La complicidad entre ambos fue evidente, una especie de juego de espejos entre la tradición europea y el humanismo americano. Roemmers cerró una de sus intervenciones diciendo que “escribir un soneto es un acto de humildad frente a la lengua y un acto de generosidad hacia el lector”. Con esto, recordó que la gran poesía no se escribe para el ego del autor, sino para que el otro, el que lee en una biblioteca de Bogotá o en un metro de Madrid, se sienta menos solo.
Hubo espacio también para la reflexión sobre la era digital. Ambos coincidieron en que el soneto es el tuit perfecto de la historia: breve, contundente y diseñado para ser recordado. Sin embargo, advirtieron que a diferencia de la brevedad vacía de las redes sociales, el soneto exige una densidad de alma que solo se consigue con la lectura y el silencio. Fue una invitación directa a los jóvenes a rebelarse contra la superficialidad a través de la métrica y la rima.
La charla entre ambos autores fue una reafirmación de que el idioma español, con sus acentos y sus modismos, sigue teniendo en la poesía su columna vertebral. Los aplausos que cerraron el acto no eran solo para los ponentes, sino para la propia lengua, que demostró seguir siendo capaz de convocar a cientos de personas para hablar de algo tan inútil y a la vez tan vital como un poema bien construido.
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