Tras la muerte de Aristóteles en Calcis, en el año 322 a. C., las ideas de los griegos comenzaron a cambiar, impulsadas por Epicuro de Samos y sus teorías en Atenas, y luego, por Zenón, quien provenía de Citio, Chipre. En algunas de sus conferencias en la Universidad de Yale, Isaiah Berlin decía: “Más o menos dieciséis años después Epicuro empezó a enseñar en Atenas, y después de él, Zenón, un fenicio procedente de Citio, Chipre. Al cabo de unos cuantos años, las suyas se han convertido en las escuelas filosóficas dominantes de Atenas. Fue como si la filosofía política se hubiera desvanecido de repente. No hay nada en ellas sobre la ciudad o sobre cómo educar a los ciudadanos para que realicen sus tareas”. Desde los tiempos de Clístenes, y luego, de Pericles, y por añadidura, de Sócrates, Platón y Aristóteles, la ‘polis’ era mucho más que una ciudad-estado para los griegos.
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Era un concepto que trascendía los muros, las calles, las casas y plazas, y a su alrededor se tejía la noción de que la realización de cada quien, o la felicidad, solo podía darse en relación con los demás. La ‘polis’, cuyo origen provenía de las palabras “ciudad” o “estado”, era ‘política’. “La comunidad perfecta es la ‘polis’”, escribió Aristóteles en “La política”. “Surgió para satisfacer las necesidades vitales del hombre, pero su finalidad es permitirle vivir bien. El hombre que, naturalmente y no por azar, no viva en la ‘polis’, es infrahumano o sobrehumano”. En menos de veinte años, según Berlin, las jerarquías fueron reemplazadas por la igualdad, “y en lugar del énfasis en la superioridad de los especialistas” surgió la “idea de que el hombre puede encontrar la verdad por sí mismo y vivir una buena vida como cualquier otro hombre”. Luego, la voluntad se impuso a las dotes intelectuales.
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En una larga sucesión de transformaciones, los griegos empezaron a convencerse de que poseían una vida interior, que era más importante que “la otra vida”, y “en lugar del compromiso político”, encontraron “una noción de autosuficiencia individual, un elogio de la austeridad, un énfasis puritano en el deber”. En palabras de Berlin, “Se hace hincapié en que el mayor de todos los valores es la paz del alma, la salvación individual, algo que se obtiene no mediante un conocimiento acumulativo, no a través del aumento gradual de la información científica (como enseñaba Aristóteles), sino a través de la conversión repentina: el resplandor de la luz interior”. En síntesis, los griegos comenzaron a diferenciarse entre “convertidos y no convertidos”, y con esa pequeña pero inmensa división, lanzaron al aire las primeras semillas de su individualismo.
En su libro “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, el historiador inglés Peter Watson aseguró que aquellos comienzos del individualismo griego se convirtieron con los años en uno de los grandes giros del pensamiento político en Occidente. “Durante el período clásico, afirma Berlín, decir que los seres humanos eran esencialmente seres sociales es afirmar una banalidad: todos -filósofos, dramaturgos, historiadores-, daban por sentado que ‘la vida natural de los hombres es la vida institucionalizada de la polis’, ‘Uno no debería decir que un ciudadano es dueño de sí mismo’, afirma Aristóteles en la Política, ‘sino que todos pertenecen a la polis’. Epicuro, por su parte, afirma algo bastante diferente: ‘El hombre no está adaptado por naturaleza para la vida en comunidades cívicas’. Nada, añade, es un fin en sí mismo excepto la felicidad individual”.
Ni el voto ni las elecciones ni la justicia ni el pago de los impuestos, en últimas, la democracia, tenían un valor por sí mismos si no estaban ligados a la felicidad del hombre, si no eran instrumentos para encontrarla y vivirla. La independencia lo era todo. Zenón les sugería a quienes lo escuchaban que se miraran, pues no había ningún otro sitio al que debieran mirar, y después, que obedecieran las leyes de la naturaleza y sólo las leyes de la naturaleza. Para él, la sociedad era un estorbo para el principal objetivo de la vida, que era la independencia. De acuerdo con Berlin, “Por primera vez la idea de que la política era una ocupación sórdida, no apta para hombres sabios y buenos, empezó a ganar terreno. La separación de la ética de la política se volvió absoluta”. Lo que en realidad le daba sentido a la vida no era “el orden público sino la salvación personal”.
Una de las razones fundamentales de aquella ruptura para muchos y muy variados historiadores a lo largo de los años, siglos y milenios, fue el derrumbamiento de las polis, y por ende, de la democracia griega, por la destrucción de infinidad de ciudades-estado de los ejércitos de Filipo II de Macedonia, y sobre todo, de su hijo, Alejandro. Aquel panorama volvió insignificante el concepto de polis, con todas y cada una de sus consecuencias, hasta el punto de que comenzó a destruirlo. Como escribió Watson, “Desaparecidos los antiguos puntos de referencia familiares, el hombre se vio rodeado por un vasto imperio: en semejante contexto, preocuparse por la salvación personal tenía mucho sentido y el hombre se refugió en su propio interior”. Isaiah Berlin creía, por el contrario, que en los tiempos de Alejandro y de su padre se habían fundado innumerables ciudades, polis.
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Para él, las ideas y discursos que acabaron con la democracia se habían originado por los pensamientos y palabras de un sofista, Antifón, y por los de Diógenes. Los dos, y cada uno a su manera y en su tiempo, pensaban que la polis, o las poleis, alienaban a sus habitantes, y estaban de acuerdo con que sólo en la independencia, o desde la independencia, se podía lograr la libertad, y que la felicidad de los seres humanos sólo podría lograrse en la libertad. En “Ideas”, Watson dio un salto hacia atrás para escarbar en el pasado de aquellos concepciones, y escribió que “De hecho, Berlin se pregunta si no sería ésta una idea importada de Oriente, ya que Zenón provenía de una colonia fenicia en Chipre, Diógenes de Babilonia y otros de mente similar de Sidón, Siria y el Bósforo”, y transcribió textualmente la frase de que “Ni uno solo de los estoicos había nacido en la antigua Grecia”.
Más allá del origen y de los motivos que llevaron a que se diera, aquella revolución intelectual tuvo varias reseñadas y profundas consecuencias. La primera, para citar a Watson, “el divorcio entre ética y política”. La unidad natural dejó de ser el grupo, la sociedad, y empezó a ser el individuo desde sus necesidades, soluciones, propósitos, sentidos de vida y destino. La segunda, “la única vida auténtica es la vida interior: la vida exterior es prescindible”. El tercero de los efectos fue que la ética pasó a ser ética del individuo, “lo que concede un nuevo valor a la privacidad y conduce a una de las principales concepciones de la libertad que hoy defendemos, esto es, la de que existen fronteras más allá de las cuales el estado no está autorizado a aventurarse”. La cuarta secuela que dejó el final de la democracia fue que la política “se degradó y pasó a ser una actividad indigna de un hombre con verdadero talento”.
La última de las consecuencias esenciales de aquel estado de cosas fue, en términos de Watson, la “división fundamental entre la creencia en que existe un vínculo común entre las personas, una unidad vital, y la de que todos los hombres son islas. Podemos estar seguros de que, desde entonces, ésta ha sido una diferencia política fundamental para los seres humanos”.
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