25 May 2016 - 11:15 p. m.

El fotógrafo Carlos Duque, cómplice de los espejos del poder

Jamás pretendió tener una agencia especializada en política, pues su sueño continúa siendo tener una agencia de publicidad sin clientes.

Laura Milena Bayona*

/ Laura Milena Bayona
/ Laura Milena Bayona

Entre las curvas ascendentes y caprichosas de las Torres del Parque, en el local 4c, se encuentra el estudio del fotógrafo y diseñador Carlos Duque, considerado por muchos como el creativo más polifacético del país.

Al abrirse la puerta de un local se ve salir un personaje alto de cabello oscuro que usa un atraje semi-formal. Sonríe. Es él, “El de la foto de Galán”.

Su estudio es completamente blanco. En una de las paredes se ven retratos de cuatro celebridades: Jaime Garzón, Silvia Tcherassi, Fernell Franco y Luis Carlos Galán. Al lado izquierdo de estas, cuelga una pieza de una de sus exposiciones, ‘La sombra dorada’, que surge a partir de la re-mirada de las grandes obras de arte en los museos más importantes del mundo, al sentirse fascinado por el exquisito trabajo de los marcos que contienen el patrimonio artístico de la humanidad.

Sentado en su escritorio, a espaldas de una foto de Alejandra Borrero, junto a cientos de CD llenos de archivos fotográficos, comienza a recorrer en imágenes la historia política, social y cultural de los últimos cuarenta años de Colombia.

“Yo soy una especie de artista prestado a la publicidad”, comenta en tono jocoso.

Todo comenzó en los años sesenta al salir del bachillerato e inscribirse a estudiar dibujo y pintura en la Escuela de Bellas Artes de Cali, con la esperanza de ser un pintor, un artista. Al graduarse entra a trabajar en una agencia de publicidad como asistente de dibujo, cultivando el interés por lo visual, lo gráfico y creativo, encariñándose con el diseño de marcas y la estructura tipográfica. A pesar de que en aquella época la ilustración era el prestigio de la publicidad, Duque entendió que la fotografía dominaría el mundo publicitario y es por esto que parte a Los Ángeles, California, a estudiarla en el Art Center College of Design.

Cuando regresa, se encuentra con una Cali dominada por el arte, la literatura, el teatro, el cine, la música y el debate político atizado por jóvenes intelectuales de las izquierdas. Regresó a la era de los nadaistas, los profetas de la imaginación que marcaron la realidad de todos aquellos que sobrevivieron a esa época. Ahora era director creativo de la agencia Nicholls, donde conoce a personajes como Fernell Franco, Mayolo, Andrés Caicedo y Enrique Buenaventura.

A pesar de que la publicidad no es el vehículo más idóneo para llegar a la vida política, la influencia de los personajes de ese ‘Calicalabozo’, en especial de Hernán Nicholls, su maestro de publicidad, quien siempre tenía presente el tema político, lo llevaron a interesarse en ella. Al llegar a Bogotá se acerca a la revista Alternativa, una propuesta periodística de izquierda que contaba con escritores como Gabriel García Márquez, Antonio Caballero, Enrique Santos Calderón y Orlando Fals Borda. Esta revista unificó el pensamiento crítico alrededor del movimiento FIRMES liderado por Gerardo Molina; proyecto en el cual Duque colaboró desde la creatividad realizando su primera campaña publicitaria en el campo de la política. Más adelante apareció Galán.

Dos presidentes y un candidato

Duque jamás pretendió tener una agencia especializada en política, pues en ese entonces su sueño continúa siendo tener una agencia de publicidad sin clientes; pero con el paso del tiempo, se fue vinculando en el diseño de imagen de campañas electorales de importantes personalidades de la política colombiana, demasiadas para su gusto, que para él fueron un trabajo de imagen visual, pública y virtual de tales personajes.

Ana Fernanda Urrea, amiga fraterna de Duque, recuerda cómo comenzó a realizar investigación política junto a él desde su oficio, el mercadeo. “Cuando comienzan a contratarlo políticos para realizar sus diseños de imagen es en donde, palabras más palabras menos, entre el político A y el político B y el político C, terminamos trabajando con Luis Carlos Galán y se hace el famoso afiche de él”. Ana recuerda cómo llegaron a la oficina pidiendo su ayuda para la realización de la campaña. Duque pidió dos días para revisar los archivos fotográficos del partido liberal y fue ahí donde encontró esa foto donde Galán se encontraba gritando, con una expresión muy fuerte, la boca abierta, el puño levantado, muy apropiada para el lenguaje del momento: la plaza pública.

También recuerda la campaña de Andrés Pastrana que realizó en 1994. Lo curioso es que el fotógrafo había sido convocado por Ernesto Samper para el diseño de su campaña. Duque y Ana Fernanda realizaron una propuesta basados en estudios de opinión ejecutados y financiados por ellos mismos. Pero cuando Samper fue nombrado embajador en España, no pudo hacerse cargo del proyecto, por lo que le confió de todo a Fernando Botero, a quien no le interesó mucho el proyecto planteado por Duque, y a pesar de estar interesado en el proyecto de Samper, decidió retirarse del asunto. Días más tarde se encontró a Luis Alberto Moreno, quien le ofrece trabajar en la campaña de Pastrana, competidor de Samper, argumentándole que debía relacionarse más bien con la ‘Coca-Cola’ de los candidatos.

Otra anécdota importante en su portafolio político se da con Álvaro Uribe Vélez, un personaje desconocido para él en ese momento, pero que iba a ser su segunda creación más importante. Al analizar su imagen lo primero que dijo fue “cambiémosle las gafas a este tipo, tiene unas gafas muy feas. Al final Uribe compró la idea de las gafas y se quedó con ellas”. Algo similar ocurrió con el slogan de su campaña: “Mano firme, corazón grande”, frase que le escuchó unas tres veces en sus discursos y lo reconoció como una frase efectiva para llegarles a los colombianos. Y así se consolidó una imagen creada por Duque, que hasta el día de hoy representa, para bien o para mal, a uno de los personajes más emblemáticos de la política del país.

Los 32 K

A pesar de ser un hombre con cuarenta y cinco años de experiencia profesional y setenta de vida, Duque es un usuario activo en las redes sociales. Describe su cuenta como un 15% de arte y fotografía, 5% de seriedad y 80% de bobadas, siempre relacionadas con la actualidad política, social y cultural de nuestro país. Para él, la publicidad es un oficio de la juventud “por más que el Peter Pan lo quiera mantener ahí”. “Twitter un ejercicio mental. Lo utilizo para mantener la mano caliente, la mano creativa”, afirma, pues no quiere quedarse atrás en una generación de nuevos lenguajes, en donde todo, absolutamente todo, tiene como característica la fugacidad.

Para Ana Fernanda Urrea, Twitter y Duque son un complemento natural, pues “le fascina hacer frases. Toma una oración y la revuelve, la tergiversa para darle un doble sentido, un triple sentido. Es un tipo supremamente creativo y aunque estemos hablando de una cosa medio trascendental, él sale con un cuento divertido. Tiene mucho sentido del humor, un hombre muy alegre, muy rico en el lenguaje”.

Cualquiera que entre a su cuenta puede percibir la reflexión y la jocosidad de sus trinos. Frases como: “Que si jueces o notarios casan parejas gays serán juzgados por premaricato”, “Tu niño interior es un embarazo de seis meses” o “Como dice la tía Rosita: ‘me gusta lo que proponen las Farc, pero no me gusta que lo propongan ellos”, muestran esa personalidad bromista y ocurrente con un claro sentido de reflexión social, fusionada con la mente de un creativo publicitario, autor de frases que deben trascender después de los 140 caracteres.

En su instragram, @duquecarlos, cuenta con cerca de 4.000 seguidores y 2.500 publicaciones. Este es el espacio perfecto para desencadenar su amor por la imagen, la fotografía y su bulldog francés, Bruno.

La fama

Carlos Duque se declara como un “retratista social del poder en Colombia”, característica asignada por Ricardo Sánchez, decano de la facultad de Ciencias Humanas en la Universidad Nacional y amigo del fotógrafo. Aunque al principio la frase lo inquietó, luego en una reflexión más profunda la asumió.

Recuerda que de joven llegaba a su casa la revista LIFE. Esta publicación llenaba sus páginas con retratos de líderes, presidentes, actores, actrices, artistas y todo tipo de figuras del ‘jetset’ mundial. Al ojearla, Duque sentía una inmensa curiosidad y soñaba con convertirse en un fotógrafo de esas vidas inquietantes; personajes que él admiraba como seres humanos diferentes, blindados de incógnitas y misterios por descifrar.

Con el pasar de los años, los libros, las imágenes, etc. Duque comprende que “por importante que sea un personaje, es un ser humano común y silvestre, inclusive, cuando tiene una cámara al frente es más frágil que cualquier otro, porque la fama sobredimensiona y los vuelve muy débiles frente a la opinión y las miradas externas. Las celebridades lo único que quieren en el fondo es verse famosos”.

Sánchez describe a su amigo captador de interculturalidad, de historia, de los contextos de un país, de una época. Aunque admite que Duque se mueve algunas veces en los terrenos de la frivolidad, para él esto es lo que lo define como un personaje complejo e interesante. “La fotografía de Carlos se desliza, hace concesiones y mezclas. Yo no veo que eso sea malo ni bueno, sino que es su estilo, su marca”. En ese momento esboza una sonrisa mientras lee la primera página autografiada de una versión de retratos del Fotomuseo que dice: “Cómplice de esos espejos del poder”. Así es Carlos Duque, el fotógrafo de ese poder.

*Estudiante de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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