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Shakespeare es uno de los grandes genios de la literatura universal. Sus obras reflejan sentimientos reales a través de personajes que resumen muchas de las características humanas, unidos a anécdotas interesantes, a una filosofía y a un lenguaje poético de envergadura. No se sabe qué es más grande, si el psicólogo, si el poeta o si el dramaturgo, porque en cada uno de ellos Shakespeare fue excelso. Claro que ha habido voces que disienten, sin negar la grandeza del escritor. Por ejemplo, Tolstoi mantenía que Shakespeare no tenía importancia puesto que en sus obras no había religiosidad ni inspiración para amar a Dios. Son muchos quienes incluso tratan de mantener que Shakespeare, un actor de segunda en los teatros ingleses, no es el verdadero autor de las obras que le atribuyen, precisamente porque al ser tan grandes no podían haber sido escritas por tan bajo personaje. Pero todas esas son elucubraciones sin sentido: Shakespeare, sea quien haya sido, existió y es su obra magnífica la que ha trascendido.
Los orígenes de “Macbeth”
Dentro de la obra de Shakespeare se destacan las llamadas Cuatro Grandes Tragedias, que son Otelo, Hamlet, El rey Lear y Macbeth. Obviamente las obras históricas como Ricardo II, las románticas como Romeo y Julieta o las comedias forman parte de otra clasificación, así suceda que como es usual, todas participen de características trágicas. Usualmente Shakespeare basaba sus obras en otras fuentes, a las que hacía crecer a través de su genio. En el caso de Macbeth, la fuente fue Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de Rafael Holinshed, publicadas en 1587, donde se narra la llegada al trono de Macbeth y se habla de las tres brujas y sus augurios, del asesinato de Duncan y después el de Banquo.
En la historia sí existió un Macbeth que reinó en Escocia, exactamente Mac Bethad Mac Findlaich, apodado el Rey Rojo y que murió en agosto de 1057 después de haber combatido a su primo el rey Duncan. Eso no quiere decir que el retrato de Macbeth que hicieron fue ajustado a la historia, y de hecho muchos estudiosos creen que buena parte de la obra alude no a un mítico rey escocés sino a la fracasada Conspiración de la Pólvora, un fallido intento de los católicos ingleses de asesinar al rey Jacobo I y a la aristocracia protestante y volver a una Inglaterra católica.
El “Macbeth” de Shakespeare
No se sabe exactamente cuándo escribió Shakespeare esta obra, aunque hay constancia de que en el año de 1610 ya había sido representada. Es una obra extraña por su brevedad, la más corta de las tragedias, ya que solo tiene 1706 líneas en contraste con las 2758 de Otelo o las 2571 de Hamlet. Esa brevedad, sin embargo, hace que sea una obra concentrada, de acción ágil y donde todo sucede con rapidez. Los expertos han considerado a Macbeth como un estudio de la maldad humana, aunque otros, como el gran novelista ruso Pasternak, creen que Macbeth es similar a Raskolnikov, de Crimen y castigo: no son criminales natos sino personajes que acudieron al crimen basados en falsas premisas y raciocinios equivocados.
Hay mucho que queda en el aire en la obra de Shakespeare. Uno se pregunta si el asesinato del buen rey Duncan no fue precipitado por los augurios de las tres brujas. Sin embargo Lady Macbeth sí es persona ambiciosa, que empuja a su marido a matar al rey legítimo para llegar así al trono. Hay momentos extraños como la aparición de las mismas brujas y los delirios de Macbeth en los que cree ver, primero un puñal frente a él y después al fantasma de quienes mandó asesinar, apariciones que nadie más observa. Nadie se explica por qué Macduff escapa y deja a su mujer y a sus hijos condenados a una muerte cierta y trágica por el abandono del esposo y padre. La huida de los hijos del rey Duncan, que hace que ellos sean los sospechosos del asesinato del rey, así ellos expliquen que lo hicieron por temor a ser asesinados también, pero todo lo que logran es que las sospechas del asesinato caigan sobre ellos. Y aunque la profecía de las brujas es que son los herederos de Banquo quienes llegarán al trono de Escocia, quien es coronado al final por Macduff después de que ha matado a Macbeth es el príncipe Malcolm, hijo de Duncan. Eso desde luego no era problema para los públicos de la época que sabían que el rey Jacobo I aseguraba ser descendiente de Banquo. Hay una contradicción sobre si Macbeth ha tenido descendencia. Su esposa claramente dice que ella ha amamantado, o sea que tiene experiencia de madre, pero Macduff comenta que Macbeth no tiene hijos. Lo que sí es claro es que los augurios de las brujas en el fondo buscan crear la maldad en Macbeth y su desorientación cuando le informan que nadie nacido de mujer podrá matarlo y que él será rey hasta que el bosque llegue a su castillo. Esos absurdos se vuelven realidad en forma lógica, pero mientras tanto han dado una esperanza a Macbeth.
Todo lo dicho antes no resta al dramatismo de la obra, sino por el contrario lo acentúa y permite unas escenas sublimes como la del sonambulismo de Lady Macbeth o los momentos finales de Macbeth mismo, cuando define la vida como “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia pero que nada significa”. Es claro que Shakespeare con esto se adelantó al existencialismo por varios siglos. Pero lo más importante en la obra es que los personajes son seres humanos, que tienen sus pasiones y ambiciones, que se arrepienten cuando han hecho una maldad, que tienen miedo ante lo desconocido y que son capaces de ternura en medio del odio.
Shakespeare y Verdi
No es de sorprender que Macbeth, con su poderoso contenido dramático, haya atraído a docenas de músicos que han creado obras alrededor de la de Shakespeare. Verdi fue toda su vida gran admirador del inglés y de hecho, dos de sus más grandes óperas, Otelo y Falstaff, se basaron en Shakespeare. Una de las ilusiones de la vida artística de Verdi fue hacer una ópera basada en El rey Lear, pero a pesar de que existen algunos esbozos de sus ideas para esta creación, no alcanzó a llevar este proyecto a su fruto. En 1846, cuando ya era un compositor exitoso, varios empresarios le propusieron la creación de óperas y hubo varias propuestas basadas en diferentes obras literarias. Una de ellas era un drama del austriaco Grillpárzer, que nunca le convenció y las otras dos fueron Los ladrones de Schiller y el mismo Macbeth. La pieza de Schiller la usó años más tarde en I masnadieri y decidió seguir adelante con la de Shakespeare, no solo porque Verdi se consideraba un experto en las obras del inglés sino porque había, disponibles, cantantes que llenaban los requisitos que él consideraba necesarios. Puso manos a la obra y en poco tiempo había terminado su primer intento de llevar a Shakespeare al teatro lírico. El resultado fue una obra maestra, pero con algunas fallas, debidas que el músico de poco más de 30 años aún no tenía las herramientas artísticas necesarias.
La composición y estreno de Macbeth
Para crear Macbeth, Verdi cambió la técnica de composición que le había servido bien. Hasta ese momento Verdi comenzaba por las arias y los conjuntos que después incorporaba a la obra, y procedía entonces a componer los trozos que los unían. Pero pensando en hacer una obra dramática integral que respetara el drama shakesperiano, para Macbeth concibió escenas completas a las cuales posteriormente intercalaba las arias y otros elementos musicales. No fue un camino fácil, porque Verdi no consideraba que Piave, su libretista, había captado el espíritu del dramaturgo inglés y continuamente le enviaba cartas arrogantes con nuevas exigencias. Es curioso que Verdi tratara al libretista en una forma que él mismo no hubiera aceptado, pero Piave callaba y cumplía las exigencias del músico. La ópera fue estrenada en el Teatro de la Pérgola, de Florencia, el 14 de marzo de 1847. Aunque fue recibida positivamente, aunque no con el entusiasmo que tuvieron algunas de sus óperas anteriores, Verdi no estaba satisfecho y por eso cuando años más tarde, en 1864, la Ópera de París le pidió una obra, él les propuso una versión revisada de Macbeth y procedió a crear la que prácticamente fue una ópera nueva alrededor de la que había hecho años antes. Esta nueva versión fue estrenada el 19 de abril de 1865 y es la que se usa hoy en día, aunque a veces se intercalan pedazos de la primera versión, y usualmente se suprime el ballet que en París era obligatorio.
Diferencias con Shakespeare
Hay una cantidad de diferencias entre la ópera y el Macbeth original. La principal de ellas, y no es poca cosa, es que el trío de brujas que Shakespeare usó es reemplazado por tres coros que aunque también son brujas, no tienen el impacto dramático ni inspiran el terror de las arpías solitarias que imaginó Shakespeare. Es curioso que Verdi, que tenía un profundo sentido dramático, no se diera cuenta de que al reemplazar individuos por coros, el escenario imaginado por el inglés se caía. Otra diferencia notable es la disminución de la importancia del asesinado rey Duncan. Mientras que Shakespeare lo presenta como figura de gran nobleza y con interesantes parlamentos, en la ópera, Duncan es actuado por un partiquino que nada canta y que se limita a entrar al son de una marcha banal y va directamente a sus aposentos para ser asesinado.
Verdi hizo más dramático el asesinato de Banquo ya que en Shakespeare, Macbeth lo oculta a su mujer, mientras que en la ópera es Lady Macbeth quien le insta a matarlo. Por razones de brevedad, la escena con el personaje del portero es eliminada, y esta figura medio cómica no figura para nada en la ópera. El parlamento final de Macbeth, uno de los más bellos de toda la obra de Shakespeare, es condensado al máximo, aunque en cambio las peleas finales son más que completas. La escena del sonambulismo usa conceptos y palabras diferentes a las de la obra original, aunque aquí la poderosa música que Verdi creó para Lady Macbeth más que compensa esto. Pero la principal diferencia es que Verdi en su ópera prácticamente reduce los personajes principales a Macbeth y su mujer y al coro de brujas, con lo cual Macduff y Banquo pierden la importancia que les dio Shakespeare.
La ópera de Verdi
Es claro que una ópera es diferente de una pieza de teatro dramático, y al Macbeth de Verdi hay que considerarlo por sus propios méritos, que son muchos. Es una obra donde no hay ningún romance ni escena de amor y en la cual, contra el uso de esos tiempos, el personaje principal es interpretado por un barítono, ya que Verdi no concebía que un ser de naturaleza tan fuerte tuviera una voz que no fuera grave. Contra el uso de las tradiciones del bel canto, Verdi decía que lo ideal era que Lady Macbeth no tuviera una voz hermosa. Por ejemplo, en una carta se refería a una cantante y decía que “tiene una voz bella, clara, líquida y poderosa cuando la voz de Lady Macbeth debe ser dura, retenida y oscura. Mme. Tadolini (la cantante) tiene la voz de un ángel y la de Lady Macbeth debe ser la voz de un demonio…” Es por esa razón que muchos montajes modernos prefieran usar una mezzo-soprano en lugar de la soprano original con que se estrenaron las dos versiones de la ópera.
Macbeth renace
A lo largo de toda la correspondencia de esos tiempos Verdi es consciente de que no ha podido reflejar el espíritu de Shakespeare y la verdad es que únicamente lo logró en sus óperas finales, esas obras maestras que sí están a la altura del genio inglés. Parece que el público resintió de todas formas que Verdi se apartara en esa forma de las tradiciones de la época y aunque recibió a Macbeth con respeto, nunca lo hizo con el entusiasmo con que fueron acogidas otras de las óperas del músico. Eso a pesar del coro final, donde el regocijo hace que se borre la impresión de oscuridad que tiene la ópera en su conjunto. De todos modos, Macbeth fue, por mucho tiempo, de las óperas importante de Verdi, la menos representada, pero en los últimos años se ha reconsiderado el impacto de esta obra y cada vez se revive con mayor frecuencia, hasta el punto de haber sido prácticamente incorporada al repertorio habitual. Los barítonos, que usualmente no tienen los papeles centrales, han agradecido esta resurrección, que pone al alcance del público una obra que tiene mucho de bello y de interesante y a la cual injustamente comparan en su menoscabo con esas obras maestras de los períodos medio y final de la vida de Verdi.