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¡Bienvenidos a la neurosis! ¡A los demonios de la edad madura y la frustración! ¡A la incertidumbre que causan los años, el deterioro del cuerpo y su enfermedad! ¡Cuando el pasado es más largo que el presente y los años que restan! ¡Cuando Woody Allen hace un alto en su camino turístico —Londres, París, Barcelona— y regresa al territorio donde se forjó el mito, Nueva York, más exactamente Manhattan!
Los signos de admiración son para darnos ánimo ante la ironía que se burla en Whatever Works (Que la cosa funcione, 2009) de los miedos que comparte Allen con sus personajes. No precisamente por la calidad de la película en la que el director se reinventa a sí mismo, renovando sus hallazgos con el testimonio de Boris (Larry David), académico en retiro, desengañado de todo —incluso del suicidio que intenta un par de veces y lo frustra aún más cuando la vida continúa sin que él pueda hacer otra cosa que existir aunque le duela—. El ánimo se necesita para soportar la descarga de amargura con matices tragicómicos que abruma la biografía del personaje, mucho más dramática —o mucho más feliz, aunque él no lo admita— cuando aparece en su vida, con los giros gratuitos que permite un cuento de hadas, la belleza juvenil y espontánea de Melody (Evan Rachel Wood).
El cinismo del personaje que interpretó Woody Allen en Manhattan (1979), un angustiado Isaac, rejuvenecido por el bálsamo que representa en su vida la juventud de Tracy (Mariel Hemingway), tiene en Boris un reflejo quizás más digno en su desesperanza —menos cínico, pero más amargo—, sin maquinaciones o deseos de manipular a nadie, incluso hasta pedirle a Melody que se marche de su casa —donde la chica se queda a vivir como el hada provinciana que llega a Nueva York y es salvada de las aguas de la miseria por Boris—, asumiendo que las cosas pueden funcionar, empeorar o, simplemente, seguir el rumbo de los hechos como algo inevitable.
El contraste entre la vida agridulce de Boris y la fotografía de tonos cálidos y veraniegos con los que Harris Savides hace de la pantalla un paisaje grato, para celebrar —con perdón de Boris— la vida y sus privilegios, contribuye al absurdo. La luz exterior es brillante y contrasta con el gris interior que define el temperamento del profesor jubilado. Para empeorarlo todo en esta comedia donde se trata del hombre en contra del universo, del ateísmo y de la furia de Boris en contra del sistema solar, la madre de Melody, Marietta (Patricia Clarkson), llega a la ciudad con su actitud campechana —y gracias al estilo gratuito de un relato fantástico donde todo sucede sin que importen las explicaciones—, transformándose en Nueva York, como una larva convertida en mariposa, adoptando el papel de la artista snob para desconcierto de su marido que no entiende cómo puede vivir con dos hombres al mismo tiempo y vender su talento en las galerías a la orden de sus invenciones.
Todo funciona sin importar cómo: cada personaje encuentra su lugar en el mundo que diseña Woody Allen y el único que no tiene que buscar porque ya encontró suficiente para vivir decepcionado es Boris. Aún así, es él quien comprende, a través de los otros, que nada puede ser peor sino todo lo contrario: funcionar de la mejor manera posible si se mantiene algo de esperanza en las bondades del mundo, aunque se intente el suicidio, la ciencia se revele como una demostración del absurdo y Dios no sea otra cosa que un mal inventor del caos al que estamos sometidos sin otra posibilidad que continuar sorprendiéndonos o sintiendo que ya nada nos asombra y es mejor saltar por una ventana —aunque tal vez, en medio de la caída, extrañemos lo que se abandona y apreciemos los regalos de una suerte que permite relegar un tiempo, hacia el futuro distante, la presencia de la muerte.