
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Don Cristóbal, Almirante de la Mar Océano, trajo sus carabelas bien cargadas. No sólo desembarcaron los cerdos, la viruela y desprecio por el trabajo, también llegó la idea del honor.
El honor es una idea magnífica porque da estabilidad a un sistema enloquecido. Bien mirado, es asombroso que una sociedad con una religión complaciente, unas estructuras de poder corruptas, una movilidad inexistente y un pueblo violento e ignorante funcione. Mejor dicho, todos sabemos que funciona sólo a medias, que el precio de tanta desigualdad es el atraso y que a la hora del té somos una gallada de perdedores sin garra, un combo de desposeídos destinados a la pobreza eterna. Pero como esta galleta es complicada de tragar en seco, necesitamos un sorbo de agua que nos instale en la mentira de que más allá de la derrota podremos salvar la dignidad.
Aquí entra el honor, la convicción irracional de que nos levantaremos del barro para convertirnos en héroes si enfrentamos la muerte con una sonrisa. Entonces, ese es nuestro catecismo: a pesar de que somos unos plebeyos anónimos, hay una nobleza esencial que podemos ganar solos, sin pedir canoa, a pulso, basta con arriesgar nuestra sangre. De esa fe estúpida —como todas las fes—, de esa voluntad de superación sobrecogedora, surge la fuerza con la que mantenemos los dientes apretados ante el infortunio, sin descender a la queja o la fuga. Ni siquiera a la rebelión. Quietos, callados y serios. Aquí aguantamos lo que venga, sin rajarnos. Santiago y cierra España. Pa eso somos machos, carajo.
Eso nos conquistó, en eso nos convertimos y ahí vamos, viviendo de apariencias, tapándonos los calzones rotos con una mano, mientras con la otra hacemos un gesto displicente al trabajo, porque sudar no es cosa de caballeros. Quietos, callados y serios, repito. Casi sumisos. Pero que nos rasquen los huevos en mala hora y verán cómo vuela mierda al zarzo. Como nuestra vida es una miseria, no le tenemos mucho afecto y nos la jugamos con alegría, sin pensarlo. Estamos dispuestos a matar o a morir a la menor provocación, porque en estas ceremonias de cuchillo y pistola es donde probamos que somos hombres.
La literatura, que todo lo refleja, fue contaminada por esta presunción. En su momento, todos los grandes escritores latinoamericanos hicieron del honor la columna vertebral de sus protagonistas y nos contaron historias donde el heroísmo consistía en no descomponer el caminado en el momento de la muerte. ¿Quién merece respeto? Tal vez el que gana una pelea, tal vez el que la pierde, pero nunca el que la evita. El machismo latinoamericano, que llaman. Un machismo que no es sólo latinoamericano, sino también español. Y para la prueba: don Arturo Pérez-Reverte, más chapetón que la paella.
Como todo hay que decirlo, Pérez-Reverte es el escritor español más grande de su generación. El más entretenido, el más legible, el más prolífico, el más popular. El Pérez Galdós de la posmodernidad, el Alejandro Dumas que nos tocó en suerte, con doce mil páginas de literatura amenísima, mil y pico de columnas periodísticas, diez adaptaciones al cine y a la tele, juegos de video y de mesa inspirados en su Capitán Alatriste y millones de lectores que más que lectores son fans apasionados a los que un autor logró tocarles el alma.
Ser crítico literario —usar la inteligencia para diseccionar algo que aspira a ser artístico— es comparable a ser forense y pasamos. Preferimos seguir con las afirmaciones gratuitas que ahorran tiempo. Arturo Perez-Reverte ha hecho del honor el motivo obsesivo de sus veinte novelas y esta es la explicación de su éxito. Al construir protagonistas que gravitan alrededor de un exigente diálogo con su sombra, don Arturo logró contar un cuento que es universal. Los Pirineos no son frontera para la locura, que lo diga don Quijote. El mundo está lleno de personajes que cometen las peores imprudencias con tal de mantener su integridad. Salgan a la calle de cualquier ciudad del mundo y los encontrarán en carne y hueso, ahí, donde nadie sabe escribir y pocos leen, pero se vive, que es lo único que vale la pena hacer en este planeta.
El honor empezó siendo asunto de milicos. Antes de la batalla, el recluta tembloroso necesita sentir que ni él ni su compañero de filas saldrán a la carrera cuando las balas canten, que hay honor y coraje y cosas peores que la muerte, y que la cobardía es una de ellas. Esos valores ásperos son la base de la familia patriarcal, Séneca los convirtió en filosofía, alguien descubrió que la patria era una mujer y abran cancha que ahí va la brigada internacional de los estoicos, los que tenemos claro que la vida no es justa, que somos juguetes en manos de un niño invisible y que tarde o temprano todos moriremos, pero mientras, cumpliremos con la consigna y aguantaremos el cañoneo.
Detrás de toda guerra hay una codicia y un turbio manejo de poder que pone en vanguardia a una tropa de ingenuos para que masacre a otros ingenuos y unos pocos puedan hacerse todavía más ricos. Esto es verdad. Pero también es verdad que hay batallas de muchas clases y hasta el más pacifista tiene un límite que es mejor respetar. Hay concesiones que son inaceptables. Por ejemplo, la ética del coraje patriarcal dice que las mujeres que importan no se comparten. Ser tolerantes en este tema es asunto de chulos o cabrones. No sabemos si esta pretensión de exclusividad sobre algunas mujeres es un imperativo biológico o una mera perversión de la ideología. Pero así es y así funciona, y algunos no están dispuestos a cambiarlo. En estos tiempos de swingers esto podrá sonar machista, anticuado, autoritario, lo que ustedes quieran, pero para muchos es real: el que feria a su mujer y la pone a disposición de otro, no sólo la está rebajando, sino que está rebajando el sentimiento que tiene por ella y no la merece.
Esta es la premisa de El tango de la guardia vieja, la última novela de Arturo Pérez-Reverte. El honor manda que el hombre debe jugarse la vida para ganar a la mujer que ama. So simple like that. Max Costa —el protagonista del Tango— sacrifica lo poco que tiene, que es todo, y al final tiene el consuelo de quedar justificado ante sí mismo porque cumplió. ¿Novela de amor? ¿Canto de cisne de un macho alfa? ¿Resignación melodramática de un autor que hace rato cumplió los sesenta? Sobre el Tango se han dicho muchas bobadas y si no queremos engrosar la congregación de los babosos es mejor que callemos y lo leamos en silencio, con la sonrisa y el respeto que merece, porque allí encontraremos lo mejor y lo peor de un artesano dueño de una técnica legendaria. En Tango, don Arturo despliega todas sus velas y navega sobre nuestras neuronas sin esfuerzo, forzando a su acomodo con el oficio tranquilo de un viejo marinero.
Eso sí: que nadie espere novedades. El tango de la guardia vieja es el Pérez-Reverte de siempre, con los mismos temas y las mismas obsesiones. Tal vez más sabio, tal vez más reposado, tal vez menos vistoso. Con una búsqueda del tesoro más discreta, pero igualmente arrasador a la hora de comprometer al afortunado que lo lee. Sable en mano, el caballero de La Naveta cabalga de nuevo, asombrándonos con la felicidad de su fraseo y la brillantez de sus diálogos, presentándonos (sí, de nuevo, otra vez) un mundo crepuscular que se niega a ser enterrado por la mediocridad del progreso.