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El humor escrito con 'CH' mayúscula

A los 85 años murió el comediante mexicano que desde hace más de cuatro décadas acompañó a diversas generaciones en América Latina.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
29 de noviembre de 2014 - 02:36 a. m.
El humor escrito con 'CH' mayúscula
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Al Chavo del Ocho no se le puede hablar de una manera clara y convincente porque siempre responderá con un absurdo. La razón por la que esto sucede es sencilla: el Chavo no conoce ni a Clara, ni a Vicente, ni muchos menos al ‘zurdo’. A sus ocho años sólo sabe que cambiaría todos los goles que ha hecho Enrique Borja por una, solo una, torta de jamón, que las tirantas van siempre en su hombro izquierdo y que lo único nuevo que hay en su gorra es un agujero tal vez ocasionado por un certero coscorrón de Ron Damón. Ninguna de estas lecciones de vida las ha aprendido de Inocencio Jirafales (El ‘meistro’ Longaniza), un hombre experto en pedagogía, pero poco diestro en la obtención de recursos para captar la atención de sus alumnos.

El Chavo claro que tiene padres, lo que pasa es que no se los han presentado todavía y, según confesó en su diario, su mamá un día lo dejó en un orfelinato y luego, luego olvidó pasar por él. Llegó a la vecindad por accidente y con la primera que se topó fue con La Chilindrina, ambos se miraron las pecas y se quisieron durante los primeros segundos, porque después tuvieron una pequeña disputa a causa de un globo. Eso sucedió el 20 de junio de 1971 y desde entonces este personaje, para el que Roberto Gómez Bolaños utilizó la técnica del clown para su construcción, ha sido permanente visitante a los hogares de América Latina.

Es un niño humilde como cualquiera de estos países en vías de desarrollo. A veces no se lava, aunque no se ha bañado aún por última vez, y su ‘Geppeto’ siempre quiso hacer evidente el hecho de que era un personaje infantil interpretado, eso sí, por un adulto que en ese entonces ya superaba los cuarenta. Roberto Gómez Bolaños (o ‘Bola de años’, como le dice, no muy cariñosamente, Carlos Villagrán ‘Pirolo’) llegó tarde a la construcción de este personaje por estar entre otros menesteres dedicado a la realización de libretos para Viruta y Capulina, dos importantes comediantes mexicanos. Al lado de Gaspar Henaine Pérez (Capulina) y Marco Antonio Campos (Viruta), hizo, incluso, su primera aparición en un tipo de televisión enmarcada por la ausencia del color.

De forma ingeniosa, como sólo lo hace alguien capaz de sacarle provecho a la secundaria letra ‘ch’, hizo que Capulina se volviera una celebridad, pero también tuvo la visión para darle a Viruta el rol que más se le ajustaba, el del galán, el conquistador, la parte galante de esta pareja artística cuya última escena fue interpretada en 1966 durante un acto humanitario por los niños en estado de vulnerabilidad. Allí no se pusieron de acuerdo en el monto que donarían y Campos salió molesto del lugar. Ese sketch de la vida real dejó solo en el camino a Capulina y como comediante único lo incluyó casi que automáticamente en un ámbito en el que figuraban los dos hermanos Valdés (‘Tin Tan’, Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, y ‘El Loco’, Manuel Valdés), hermanos a su vez de Ramón Valdés, y que por supuesto estaba comandado por Mario Moreno, Cantinflas.

Cuando Chespirito se apartó de la influencia marcada de Viruta y Capulina, creó un proyecto ambicioso al que llamó El ciudadano Gómez, que a la postre representó su primer fracaso constante y sonante, pero a la vez le ayudó a diseñar las bases para la gestación de todas sus invenciones posteriores. Surgió en el panorama La mesa cuadrada, un espacio cómico en el que aparecieron juntos por primera vez Ramón Valdés, Rubén Aguirre y María Antonieta de las Nieves hablando, pontificando y opinando sobre lo divino y lo humano.

El clima, el licor, el fútbol, la educación, los problemas sociales de América Latina y hasta el cosmos fueron abordados por estos tres sabios (un profesor, un intelectual algo ebrio y una conductora hábil con la palabra), acompañados en ese entonces por quien con el paso de los años se reconocería como el Doctor Chapatín, el genial portador de su bolsa repleta de ‘queles’ (qué les importa).

Gómez Bolaños es una figura transversal dentro del humor mexicano y como libretista, productor, director y actor identificó la cotidianidad de los pueblos de América Latina. Se caracterizó por aprovechar la magia de lo sencillo y recurrir a lo simple para contar historias. Observó con cuidado los filmes de Cantinflas y tuvo la visión de concretar a Ramón Valdés como una de sus figuras. Valdés, al igual que Angelines Fernández, tuvo apariciones en las cintas de Mario Moreno y lo convocó para llevar a Los supergenios de la mesa cuadrada (1970).

Esa propuesta audiovisual, para la que se necesitaba una cámara, un fondo y una mesa (cuadrada, por supuesto) fue la matriz de El Chavo del Ocho, una de las joyas de creación de Bolaños en la que involuntariamente el eje temático no es el niño humilde sino Ron Damón, el más veterano de la vecindad. Es él el núcleo de desarrollo de los demás personajes. Sin Ron Damón no hay a quién cobrarle la renta y el Señor Barriga (Zenón Barriga y Pesado) no tendría piso para existir; sin él no hay conflicto para Doña Florinda (Florinda Corcuera y Villalpando Viuda de Matalascayando), sin él la Bruja (Doña Cleotilde) habría liquidado cualquier esperanza de enamorarse, sin él Kiko (Federico Matalascayando Concuera) no tendría a quién acusar y, sin él el Chavo, ahí sí, estaría huérfano.

Poco se sabe del paradero de los primeros capítulos de la serie que comenzó a emitirse en el Canal Ocho de México (de propiedad de Televisión Independiente de México, del grupo ALFA de Monterrey, colectivo convertido en Televisa). Los episodios más antiguos que están al aire en todos los países de América Latina y que han sido traducidos al portugués, inglés y japonés corresponden a la época de 1973 hasta 1979. Después empezó a formar parte del programa Chespirito, en el que los roles que desempeñaban Carlos Villagrán y Ramón Valdés fueron reemplazados por personajes que antes no tenían tanta relevancia como Popis, Ñoño, Godínez, Doña Nieves y con la contratación de Raúl El Chato Padilla como Jaimito el cartero.

Una de las más grandes frustraciones para el humorista mexicano ha sido que sus padres jamás lo vieron representando alguno de los personajes que han acompañado a varias generaciones. Su padre murió cuando él tenía seis años, mientras que su mamá falleció justo después de su distanciamiento con Viruta y Capulina, a finales de la década del 60.

En alguna oportunidad declaró que le llegó muy tarde lo que los demás seres humanos llaman fama o reconocimiento. Se enfrentó por primera vez al Chavo, a Chaparrón Bonaparte, a Vicente Chambón, al Chómpiras (cuyo verdadero nombre era Aquiles Ezquivel Madrazo) y al Chapulín Colorado cuando tenía más de cuatro décadas encima y asumió su labor como un héroe de la pantalla chica.

La magia de Don Roberto es que hizo creer que el Chapulín Colorado, a pesar de ser diminuto y de tener atuendos algo amanerados, podía sobreponerse al miedo. Lo que hace más valiosa su propuesta es que se mostraba bastante torpe y fingía estar en desventaja frente a sus oponentes, pero sus invenciones siempre salían adelante para ayudar a los demás. Esa es la esencia de los personajes, pero también fue el atributo principal de Roberto Gómez Bolaños, quien por físico miedo se inventó las primeras historias, se dedicó en un comienzo a estar detrás de cámaras y por esa misma razón contempló en más de una oportunidad el hecho de ser el protagonista de sus creaciones.

“Yo, como siempre, intento no hacer daño al público de cualquier edad. Yo trato de no incursionar en burlas sexuales, ni todo lo que se puede considerar como agresivo y creo que lo he conseguido a lo largo de toda mi vida”, aseguró Roberto Gómez Bolaños cuando le preguntaban por su obra 11 y 12, su proyecto teatral que superó todos los récords de taquilla y que permaneció en cartelera por casi diez años. Sin querer queriendo, el comediante se tomó Hispanoamérica y ahora después de su muerte de seguro lo seguirá haciendo con sus formatos televisivos que se transmiten una y otra vez.

Este méxicano creó un mundo y le hizo ver al público que América Latina, sin fronteras, puede tener las dimensiones del barril del Chavo del Ocho. Él, con su talento y disciplina, se apropió de la infancia de muchas generaciones. Hoy, más que nunca, el público es suyo porque Roberto Gómez Bolaños asume el rol de superhéroe inmortal que ha debido tener desde el principio. ¡Él siempre podrá defendernos!

 

* jpiedrahita@elespectador.com

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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