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Buena parte de los grandes fenómenos del Humor, con mayúscula, aquel que no apela ni al facilismo ni a la plebedad ni a la coyuntura y que se vuelve eterno, tuvieron la noble cuna de la academia. Los integrantes del colectivo inglés Monty Python fueron destacados miembros de los grupos de teatro de las universidades de Oxford y Cambridge antes de jugarles al caminar tonto y a los loros muertos. Las primeras obras de Les Luthiers fueron estrenadas en el Instituto Di Tella, centro de las vanguardias argentinas donde también realizaron estudios los artistas plásticos Marta Minujín y León Ferrari; y músicos contemporáneos de la talla de los colombianos Jacqueline Nova y Blas Emilio Atehortúa.
El caso del montevideano Leo Maslíah (n. 1954) no es la excepción. Alumno de Composición de la cátedra de los profesores y esposos Coriún Aharonián y Graciela Paraskeavidis, y compañero de clases de otros importantes músicos de su país como el cantautor Fernando Cabrera y el guitarrista Bernardo Aguerre, Maslíah siempre fue –no ha dejado de serlo– un interesado en las formas contemporáneas de la música académica.
Lo verdaderamente sorprendente de la obra de Maslíah es que ha hecho evidente ese interés tanto en su desarrollo formal (su obra electroacústica Llanto hizo parte de la programación del Festival de la Sociedad Internacional de Música Contemporánea (SIMC) en Bruselas, en 1981) como en su parodia misma: Su pieza Contemporáneo, escrita en un lenguaje atonal para piano solo, se acompaña por una letra que dice: “Soy un compositor contemporáneo. / No trabajo con acordes vetustos, / y si lo hago es en tren de joda, / solamente para ridiculizarlos / o porque no los conozco / y se me forman de casualidad”.
Inefable compositor y no menos extraño escritor, la obra de Leo Maslíah, compuesta por alrededor de 40 libros de relatos, novela y teatro, un número algo mayor de grabaciones en estudio y en concierto y un par de DVD más una que otra participación en ciclos televisivos y en cine de su país y de Argentina, lo ha convertido en un fenómeno de iniciados que poco a poco –con la misma dinámica de los casetes de Les Luthiers y del Doctor Tangalanga que pasaban de mano en mano en aquel mundo anterior a internet– ha logrado penetrar en otro sustrato, acaso algo más masivo, pero siempre de un nivel cultural identificable, consumidor de literatura y oyente de rock, jazz y música clásica.
Verlo en escena es poco menos que sorprendente. Pianista de excelentes calidades, suele ubicar en el atril un cartapacio de letras y partituras con el que se apoya, ora narrando historias desopilantes con el acompañamiento del instrumento, ora cantando letras de un surrealismo exacerbado y de una pirotecnia aun mayor al piano, siempre ostentando un rictus tan serio que sería la envidia del mismísimo Buster Keaton. El resultado es la inevitable carcajada, aunque a veces uno no sepa por qué.
Canciones de otra índole
Desde muy joven, la pasión por la música en Leo Maslíah se combinó con su gusto por el teatro. En entrevista con el fallecido escritor uruguayo Mario Levrero (hoy objeto de culto en Latinoamérica por obras como El discurso vacío y La novela luminosa), Maslíah recordaba que a sus 17 años actuaba para su familia, dando sermones eclesiales en clave de humor o cantando canciones cuya única letra era la palabra “Manuel”.
De manera paralela continuó sus estudios de piano, financiados por un tío. “Tenía un poco la fantasía de ser concertista y en pequeña medida la pude hacer realidad porque toqué en algunos conciertos –aseguró en aquella entrevista con Levrero–. Pero desde la niñez me gustaba mucho la canción; era fanático de Brassens, y de adolescente empecé a tratar de hacer cosas de ese tipo”.
Si bien pudo haber continuado por ese camino sin sobresalto, le ganó el creador. Así comenzó una carrera en el mundo de la canción de autor desde 1978, que en lo discográfico arranca dos años después con el disco Cansiones barias, una verdadera sorpresa en los círculos uruguayos en los que la cancionística tenía un componente algo más cotidiano e incluso político, gracias a Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa. Y es que lo de Maslíah no tenía con qué compararse. Si acaso, y a prudente distancia, estaban los referentes del pianista Victor Borge y la soprano y comediante Anna Russell, pero nada más.
De a poco, Leo Maslíah empezó a hacer parte de diferentes círculos. Quienes gustaban del humor comenzaron a seguirlo en sus recitales y discos, los amantes de la literatura buscaron sus libros de cuentos editados a partir de la década del 80 en Ediciones de la Flor, editorial que popularizó a Mafalda y a Boogie el Aceitoso; y aquellos más cercanos al devenir de la canción siguen entonando el bello tema Biromes y servilletas, grabado en decenas de versiones a partir de su publicación en 1984, en el disco Canciones y negocios de otra índole.
Entre un Maslíah y el otro está el extravagante narrador que se puede convertir en poeta neurasténico, en oficiante de la autoayuda o en sicoanalista que no tiene pudor ventilando las tribulaciones privadas de sus pacientes y sus métodos poco ortodoxos. Es el mismo que se verá mañana, en charla con Eduardo Arias, en la edición número 10 del Carnaval Internacional de las Artes, en Barranquilla.
“La inspiración, por desgracia, excede el tiempo que puedo tener para dejarla fluir”, aseguró Leo Maslìah al periodista argentino Humphrey Inzillo. Difícil la elección de piezas para compartir en hora y media cuando se es tan prolífico. “A los genios de su estirpe, como Frank Zappa, lo que más les obsesiona es dejar obra, entonces su creación se vuelve casi inabarcable, todo fruto de una imaginación exuberante y aguda –asegura el gestor cultural Umberto Pérez, director de Barrio Colombia, responsable de la visita del músico al país en 2010–. Quizás todos hemos llegado a imaginar lo mismo que Maslíah, la diferencia radica en que él no deja escapar nada y todo lo pone al servicio de su obra”.
* Jefe musical de Radio Nacional de Colombia.