El cine se nutre de su tradición. Australia (Luhrman, 2008) simula un juego de espejos con el pasado y su herencia reflejados de una manera paródica en la pantalla. Nicole Kidman recuerda —con su viaje desde Inglaterra al exotismo australiano, su traje tortuosamente elegante al que reemplaza con la apariencia de la colonizadora de éxito y su ansiedad por encontrar un lugar en el mundo dominado por el sexo trípode—, a otra expedicionaria, Katharine Hepburn, perdida en la mitad de la jungla con Humphrey Bogart como el marino borracho que le hace imposible la vida y le hace posible el amor en La reina africana (Huston, 1951).
El galán que seduce a Kidman en Australia, Hugh Jackman, enseña la actitud escéptica, la mirada profunda y el gesto arrogante de los vaqueros según Clint Eastwood. Nullah (Brandon Walters), el niño aborigen que sorprende a Lady Ashley (Kidman), con su sabiduría precoz y el misterio de su encanto, evoca al buen Mowgli, el héroe infantil que protagoniza El libro de la selva, de Kipling, criado por lobos —como Tarzán por gorilas—, comprendiendo mejor que nadie los misterios de la supuesta barbarie y de su naturaleza.
Los malvados en Australia, Neil Fletcher (David Wenham) y King Carney (Bryan Brown) son villanos profesionales que tienen como propósito atormentarle la existencia al prójimo, inspirados por la codicia y por la historia de la maldad cinematográfica que no ha conocido treguas en más de un siglo de historia, poblado de cuentos pérfidos —un ejemplo: Robert Mitchum crucificando a Shelley Winters en La noche del cazador (Laughton, 1955).
El proyecto, animado por australianos eminentes, tiene como responsable a Baz Luhrman en su papel de director de prestigio —en 1996 quiso renovar a Shakespeare con una versión pop de Romeo y Julieta, prolongando el sello del director vanguardista en 2001 con Moulin Rouge—.
Acaso para confirmar su búsqueda, regresa con Australia a los orígenes —otra manera de ser vanguardista—, emparentándose con un director como Spielberg en El Imperio del Sol (1987) y su tono épico, donde el niño es el héroe, los mayores sufren las consecuencias cifradas por el destino y el despliegue formal de un mamut cinematográfico se emparenta en su magnitud con la promesa de no defraudar a nadie en sus vaivenes emocionales, pasando por el registro de distintas intensidades dramáticas —comedia, suspenso, tragedia, romance, melodrama—, cumpliendo al final de la historia con la recompensa al martirio: el final feliz que garantiza la satisfacción del público.
El despliegue visual, la puesta en escena y la recreación de época contribuyen para que la memoria recuerde otro emblema del cine, Cecil B. DeMille, director de magnitudes faraónicas, que proyectó en la pantalla El espectáculo más grande sobre la Tierra (1952), como avisa una de las últimas películas que realizó.
Australia hace de la visión un placer y de la narración una forma recurrente del telegrama sentimental, en el que se anticipa el desarrollo de los hechos, pero se debe sufrir para comprobar si lo que soñamos es cierto según el azar de la historia. Sus guionistas cumplen con dosificar la manipulación —aparte de Luhrman, el equipo de escritores lo conformaron Stuart Beattie, Ronald Harwood y Richard Flanagan—.
Una película honrada por no desmentirse con otro propósito distinto al de brindar un espectáculo a la medida de sus pretensiones; que observa la tradición y la evidencia, haciendo de la parodia un estilo; ofreciendo en el transcurso de dos horas y media lo que prometen sus minutos iniciales cuando el guión, a la manera de una novela clásica, esboza las líneas argumentales y el punto de vista del galán, de la mujer y del niño como tres posibilidades de consentir la diversidad de la audiencia en la que puede encontrarse una ninfa que suspire con la presencia de Jackman, una feminista que alabe las proezas de Kidman o un niño que se sienta identificado con Nullah. ¿Acaso no es una fórmula que garantiza la rentabilidad del negocio?