21 Nov 2021 - 2:30 p. m.

El Indio Solari, cambiar el mundo con rock & roll y desde abajo (II)

Una de las bandas más enigmáticas de la historia del rock argentino, “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”, comenzó a formarse 50 años atrás en la ciudad de La Plata, con Carlos Solari, a quien llamaban El Indio, como principal promotor. En tiempos convulsos, Solari creía que los cambios solo podrían generarse desde la cultura.
Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura
En tiempos convulsos, Carlos 'El indio' Solari creía que los cambios solo podrían generarse desde la cultura.
En tiempos convulsos, Carlos 'El indio' Solari creía que los cambios solo podrían generarse desde la cultura.

Poco antes del golpe de estado de marzo del 76, muchos de aquellos militantes del cambio y activistas de la libertad decidieron salir de los centros urbanos más importantes de la Argentina. Las voces de las voces de la gente que sabía lo que estaba ocurriendo y lo que estaba por ocurrir fueron creando un clima de temor, de terror y de huida entre millares de jóvenes, y ellos y los no tan jóvenes sabían que todos podían ser culpables de algo si llegaban a ser detenidos, y cualquiera podía ser detenido y terminar en una prisión o en un campo de concentración, o incluso, en el fondo del Río de la Plata, envuelto en bolsas negras y arrojado desde aviones fantasmas. Carlos Solari era cualquiera. Lo sabía, más allá de que fuera uno de los pocos que hubiera dicho una y mil veces que las grandes revoluciones se hacían desde abajo y con rock.

Como cualquiera, se marchó de La Plata a Valeria del Mar, un pueblo situado a orillas del Atlántico, a más de 300 kilómetros de distancia de Buenos Aires. Allí trabajó en lo que encontró. Fue pintor de casas y de muros, vendedor en un mercado y dependiente en algunas tiendas. En sus horas libres, leía a Proust o a Sartre, a Camus y a Truman Capote, y garabateaba algunos poemas que a veces guardaba, y a veces arrojaba al cesto de la basura. Al tacho de la basura, como solía decir. Oía música e imaginaba sus poemas vueltos música o viceversa, y recomponía una que otra de las canciones que había creado con el hermano menor de Guillermo Beilinson, uno de sus amigos de La Plata, cineasta de vanguardias, revolucionario de ideas y de formas. Le invitamos a leer: El Indio Solari, cambiar el mundo con rock & roll y desde abajo (I)

Solari había cantado sus canciones con una incipiente banda sin nombre de la que hacían parte Beto Verne, Bernardo Rubaja, Skay Beilinson y Ricky Rodrigo, pero todo aquello solo era un ensayo, aunque el grupo hubiera alcanzado a tener un poco de fama entre la movida subterránea de La Plata con canciones como Mariposa Pontiac, Rock 18, Un tal Briggite Bardot y Mi perro dinamita. Cuando se dispersaron, la banda desapareció. A veces se juntaban cuando alguno cumplía años, o cuando Beillinson regresaba de Venezuela, a donde se había ido para hacer cine y vivir de las chucherías que lograba vender, pero sin falta, se reunían todos los 28 de diciembre para armar un original espectáculo en el que había música, pero también payasos, artes visuales, teatro, drama, comedia y poesía.

Ese día, reseñaba M. Darío Marchini en No toquen, “alquilaban un teatro y organizaban un espectáculo festivo, con una puesta en escena que concedía un lugar destacado a los aspectos visuales”. Como lo diría mucho tiempo después Solari cada vez que lideraba un concierto de Los Redonditos, aquel grupo buscaba “Proteger el estado de ánimo”. Esa fue su premisa, su gran principio, su lucha, antes de que la banda surgiera como tal, y después, años más tarde, cuando empezó a ser un suceso, y la prensa comenzaba a escribir cosas como que era “Una delirante banda de nueve integrantes y multitud de colaboradores, que a fuerza de rock and roll, ingenio y buen humor, parece querer remedar las épocas de la psicodelia”. Además: “Hablar como lo hacía Maradona tiene sus consecuencias y él lo pagó muy caro”

Eran y fueron delirantes, pero como con todo, a su manera. Desde su aparición “oficial”, en 1976, Patricio Rey y los Redonditos de Ricota concitaron la atención de los marginales y los marginados, que se identificaron con la banda y con Solari, esencialmente, pues eran tan dignos de su marginalidad del sistema y de todos los sistemas, que jamás quisieron hacer programas para televisión ni hacer publicidad de sus conciertos ni grabar sus canciones en sellos discográficos multinacionales. Iban siendo a su manera. Su manera era un mensaje, como el de sus temas. Su manera era decirle al establecimiento, a lo establecido, que el verdadero poder era el del arte, el de la cultura, y que debía surgir desde abajo, sin ningún tipo de favores o prebendas o concesiones.

Desde los 60, cuando predicaba el peace and love y discutía con algunos de los militantes de la época pues creía firmemente en el poder del arte, Carlos Alberto Solari había enarbolado las banderas de la creación y del pensamiento. “Sin el arte, la vida sería un error”, como había escrito Friedrich Nietzsche. Cuando en la primera mitad de los 70 lo detuvieron, como detenían a todo aquel sospechoso de rebelión y de lo que fuera, su discurso fue el mismo. Cuando lo torturaron, como dijeron, siguió argumentando que era un hombre de arte y de paz y de amor, peace and love. Y muchos, muchísimos años más tarde, cuando su nombre provocaba casi lo mismo que los de Perón y Evita, y que el de Diego Maradona, repitió sus proclamas.

Le sugerimos leer: La alquimia musical de los Alcolirykoz

Algunas salían disfrazadas de fiesta, de unión, de baile, de tributo a Dionisos. Como reseñaba Claudio Kleiman la primera gran aparición de Los redondos en la revista Expreso Imaginario, en palabras recopiladas por Marchini, “El recital fue una caja de sorpresas desde el ingreso mismo de los músicos, saludados por una ovación complementada por el arrojo de papelitos, en la mejor tradición futbolera, hasta las insólitas vestimentas de los músicos, pasando por la aparición de un payaso que hacía de maestro de ceremonias, un sultán que repartía los auténticos redondos de picota entre la concurrencia, y la hilarante intervención de un atrayente ‘ballet ricotero’, que desplegó un número de baile durante el transcurso del… ¿recital?”

Las maromas, la osadía, la irreverencia, la fiesta y el paganismo y aquella rebeldía de Los redondos en el escenario contra las costumbres heredadas y las imposiciones de la dictadura eran innegociables. Sin embargo, sobre todo al comienzo, y en más de una oportunidad, Solari y Compañía tuvieron que enfrentarse al poder de los establecido. En un show del que participaron en el estadio de Excursionistas, en Buenos Aires, al lado de Los abuelos de la nada y de Piero y Litto Nebia, por ejemplo, se vieron obligados a salir casi que a las carreras, pues a los asistentes no les cuadraba que hubiera espectáculos de strip tease sobre el escenario. En medio de un aguacero de monedas, de encendedores y de botellas, varios saltaron sobre sus bailarinas desnudas para protegerlas de la agresión.

Solari había puesto como normas casi que de obligatorio cumplimiento que la banda jamás compartiría escenario, y que sólo tocaría de noche, fundamentalmente, porque sus presentaciones eran para un público iniciado en sus rituales, para gente que ya sabía de qué se trataban sus temas y puestas en escena. El día del escándalo en Excursionistas quebró sus códigos, pues el recital era para apoyar a Jorge Pistochi, el editor de la revista Pan Caliente, a quien aquellos tiempos de censuras y mano de hierro habían arruinado, pero los problemas no surgieron con la mano de hierro ni con la Policía, como solía ocurrir, sino con el mismo público. Luego los gendarmes aprovecharon la situación, e hicieron de la moral, su moral, y decidieron que ellos debían defenderla.

Comparte: