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El inventario de los deseos

La curiosa historia de un coleccionista que pagaba un dólar por página a quien escribiera relatos eróticos convierte a Anaïs Nin en maestra del género y en una de las primeras mujeres en hablar del sexo físico sin el disfraz de la metáfora.

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Alberto Medina López *
16 de abril de 2016 - 01:30 a. m.
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Anaïs nació en Francia en 1903, pero muy niña llegó con su madre y sus hermanos a Estados Unidos. Henry Miller, con quien tejió una profunda relación de amantes, recibió la oferta del coleccionista, pero fue Anaïs la que puso en ejecución el negocio.

Con un grupo de amigos escritores armó un taller de erotismo que más parecía sesión de sicoanálisis. “Los homosexuales escribían como si fueran mujeres, los tímidos hablaban de orgías, y las frígidas de frenéticas hazañas. Los más poéticos caían en el bestialismo y los más puros en la perversión”, escribió en su diario.

Cuenta Anaïs que cierto día recibió la llamada de un hombre que la instaba, a nombre del coleccionista, cuya identidad siempre se mantuvo oculta, a excluir la poesía de las historias y a quedarse sólo con las descripciones sexuales. Decidió entonces escribirle una carta para hacerle cambiar de opinión: “El sexo pierde todo su poder y su magia cuando se hace explícito, mecánico, exagerado (…) Sólo el pálpito al unísono del sexo y el corazón puede producir el éxtasis”.

Los relatos escritos en esa etapa de su vida fueron publicadas en 1976, poco antes de su muerte, en Delta de Venus, una suma de 15 historias en las que hombres y mujeres viven todo tipo de pasiones en su intento por encontrarse consigo mismos.

Allí hay un completo inventario de deseos, fabricado con el lenguaje de los instintos, como en la historia de Elena, que termina en los brazos de un desconocido. “Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones del cuerpo de Elena, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba a la vez”.

El encuentro sólo es posible porque Elena espera a alguien y el que llega es un extraño. “Cuando ella cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que se hundían en sus partes más carnosas”.

A partir de esa experiencia, Elena se lanza a una serie de aventuras sexuales que la desbordan. Ese hecho le suscita una llamativa reflexión: “Ahora comprendía por qué los maridos españoles se niegan a iniciar a sus esposas en todas las posibilidades del amor: para evitar despertar en ellas una pasión insaciable”.

Anaïs Nin, capaz de inventar un coleccionista para canalizar sus propios impulsos sexuales, se convirtió en reina y señora en la galería de los grandes del erotismo universal.

* Subdirector de Noticias Caracol.

Por Alberto Medina López *

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