Andrés Ruiz Zuluaga se tomó 14 años para rodar un documental. El resultado fue “El juego de la vida”, una producción audiovisual que rastrea a cuatro familias en situación de pobreza durante casi 15 años de rodaje y que actualmente está en cartelera. Cada tres años el equipo iba a visitar a cada uno de los protagonistas en lugares como Boyacá, Norte de Santander, Cundinamarca, Antioquia, Córdoba y Bogotá.
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El proyecto con el que Ruiz exploró las dinámicas sociales y económicas en las que diferentes personas nacen en Colombia y cómo esto afecta el desarrollo de su vida partió de un estudio en el que se embarcó con la Universidad de Los Andes en 2009. Con el proyecto se realizaron encuestas a 10.000 familias en diferentes regiones del país y el director y periodista tuvo la idea de grabar a algunas de ellas para generar un documental. Las grabaciones comenzaron en 2010 con 50 familias que fueron seleccionadas para esta iniciativa. Cada tres años Ruiz registró los cambios.
Sin embargo, la magnitud del proyecto y el crecimiento de las familias hicieron que tuviera que reducir la cantidad de protagonistas a 30 y luego a 20 núcleos familiares. Para finales de 2023 culminaron las grabaciones y en 2024 se decidió convertir el material en un documental que “no mostrara la visión de los economistas, sino la del periodista que vivió esas experiencias y estuvo en el territorio”, dijo a El Espectador.
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Como “El juego de la vida”, existen otros documentales, como “El príncipe de Nanawa”, que componen el género conocido como “documentales longitudinales”, en los que las grabaciones toman años y, en ocasiones, décadas para retratar la realidad cambiante de una o varias personas.
Uno de los ejemplos más reconocidos internacionalmente es el de la serie inglesa “Up”, la cual comenzó en 1964 retratando las vidas de diez niños y cuatro niñas de diez años, quienes continuaron siendo los protagonistas de nuevas entregas del documental a lo largo del tiempo.Según escribió Richard Kilborn para el estudio de la Universidad de Manchester titulado “Taking the long view”: “los productores de documentales de larga duración se centran en seguir y narrar discretamente la vida de otros, de una manera que busca provocar una respuesta más reflexiva e incluso, en ocasiones, filosófica en el público”.
Los equipos que trabajan en este tipo de proyectos se enfrentan a diferentes cuestiones sobre el papel de la cámara en la vida de las personas que están siendo grabadas, además del consentimiento de los protagonistas para relatar sus historias y que sean vistas por cientos de espectadores. La confianza entre el equipo del documental y los entrevistados es un elemento clave para realizar este trabajo. Según relató Ruiz, para poder generar esos lazos, el primer día de visita a cada familia las cámaras no aparecían.
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“Ese día llegaba solo y conversaba con ellos. Les proponía la idea de estar en el documental. Así escogimos a las 50 familias al principio. De ahí en adelante, cada tres años íbamos, pero les mostrábamos las grabaciones de antes para que ellos vieran lo que iba a pasar en cámara y lo que estaba quedando archivado. Así fue siempre la conversación. Durante los 14 años de grabación generamos muchos lazos de confianza y amistad. Mildred, una de las protagonistas, nos ha acompañado a muchas de las charlas. Donny, su hijo, incluso es nuestro vocero en Medellín”, aseguró.
Para Óscar Molina, director del documental “La casa de mamá Icha”, algo fundamental en estos casos es tener la claridad de lo que se va a hacer y la intención del documental. Esto con el objetivo de que haya una base sólida para una relación real. Para él es importante que la conexión no esté únicamente mediada por la cámara, sino que vaya hacia lo entrañable: la amistad, la solidaridad y el apoyo. “Ahí es donde se revela quién es uno, qué le está pasando y las otras personas también participan de alguna manera de lo que es uno, de lo que está viviendo y pensando. No es una relación unilateral, ni solamente con o para la cámara”, dijo.
Esta es apenas una de las aristas a las que los documentalistas se enfrentan al momento de embarcarse en un proyecto de largo aliento. No es solo la confianza lo que entra en juego, sino también el impacto que ellos, como equipo de producción, pueden tener sobre las personas que participan en sus filmes. Ruiz Zuluaga lo vio de primera mano: llegó a los territorios con el conocimiento de que su presencia allí alteraría el entorno.
Los protagonistas de su documental le han dicho que esta película y su rodaje fueron “una forma de repensar su propia historia. Angie y Daniela me contaban que siempre que yo volvía esperaban para verse y analizarse. Para algunas la cámara fue difícil: sintieron que se convertía en un juez. Y claro, es que la cámara genera algo. Cuando tú pones la cámara, ya estás cambiando el entorno. Y yo fui muy consciente de eso desde el día uno”, afirmó. Uno de los ejemplos de esto es Donny, quien, al principio del rodaje, no sabía qué quería hacer cuando creciera. Con la presencia de las cámaras y el equipo, se fue interesando por lo audiovisual y, según relató el director, el equipo del documental fue enseñándole sobre este trabajo y las herramientas que usaban.
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Molina habló de cómo la energía y el tiempo que un equipo de documental dedicaba a una única temática solía hacer que los protagonistas de estas producciones vieran con ojos diferentes los fenómenos que abordaba la pieza. “Esto les exigió pensar por qué uno como cinematógrafo se fijaba en lo que se fijaba. La presencia del equipo de grabación, las preguntas, la insistencia en decir algo, empezaban a generar una pregunta colectiva y común sobre la que ellos también reflexionaban y trabajaban”, afirmó. Esa duda que planteó “El juego de la vida” a sus protagonistas estuvo relacionada con la noción del éxito en algunos casos y, en otros, con los sueños y el futuro.
Ruiz terminó respondiendo esa pregunta sobre el éxito para sí mismo. Su propia percepción de la vida y el mundo hizo parte de los cambios que atravesó el documental, pues, según contó, no fue del todo consciente de su propio proceso de movilidad social. Con la revisión periódica del material grabado, su visión fue cambiando. “Sentía que era una resiliencia individual, uno se cree estos discursos de éxito de los libros de superación personal, y no. Lo que me ayudó a cambiar de percepción tuvo que ver con que yo empecé a darme cuenta de que, a pesar de que yo había arrancado en pobreza, tenía muchos privilegios de los cuales no era consciente y eso me cambió la mirada”, dijo.
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