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En efecto, fue una larga transformación desde los remotos días en que el primer Australopithecus decidió erguirse sobre sus patas traseras, para poder caminar mientras se deleitaba arrancando la manzana de la discordia y, alimentándose del árbol de la ciencia del bien y del mal, emprendió el largo y sinuoso camino hacia la civilización; es decir, la ruta de su inevitable aniquilación final.
Al liberar las manos (hace casi cuatro millones de años), comprobó que una roca resulta muy útil como arma y herramienta para múltiples labores. Tras innumerables generaciones, la dieta de frutas y hojas comenzó a parecerle monótona y se aventuró a cazar pequeños animales que se ponían a su alcance, y la ingesta de proteínas le permitió dar el salto evolutivo: su cerebro creció y tuvo consciencia de sí mismo. Oteó el horizonte, decidió que el cielo era el límite y se lanzó a recorrer el mundo con una lanza y forrado en piel de animales muertos. A fuerza de observar la naturaleza, tras sobrevivir a la última glaciación, descubrió la agricultura, decidió establecerse y encontró al perro, que fue su primer socio.
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No está claro quién domesticó a quién, pero lo cierto es que ya nunca se separaron y comenzaron a evolucionar a la par. Juntos descubrieron el fuego, una tarde de verano en que un rayo redujo a cenizas un arbusto. No pasó mucho tiempo antes de que una mujer, hastiada de masticar la insulsa carne cruda, arrojara un asqueroso trozo al fuego y al olfatear el sabroso olor lo recuperara, comprobando asombrada que su sabor había mejorado de forma ostensible.
Siglos más tarde, un humanoide obeso y perezoso, harto de caminar, inventó la rueda y así la raza logró desplazarse a grandes distancias con gran rapidez y la ayuda del noble caballo. De esta manera, se esparcieron por el mundo y se alejaron de su África natal, colonizando poco a poco los más distantes lugares del globo. Para lograr coordinar los aspectos más complejos de esta dispersión, se vieron obligados a construir un intrincado laberinto de sonidos articulados, al que llamaron lenguaje.
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Una prolongada sucesión de más inventos, alianzas, descubrimientos, leyendas, viajes, revoluciones, mitos, obras de arte, crímenes, enfermedades, tabúes, religiones y guerras moldeó su mundo, su espíritu, su cuerpo, su mente y su cosmovisión. Los siglos avanzaron a un ritmo vertiginoso y de repente, tras acometer la audacia inútil de viajar a la Luna, se halló instalado en el siglo XXI... ese que durante tanto tiempo parecía ser el confín de los tiempos futuros. Y se despertó una mañana, rodeado de basura, sumido en un océano de plástico y nubes de humo tóxico, gobernado por unos orcos que él mismo eligió porque usaban corbata. Notó que tenía el control remoto del televisor en una mano y un teléfono más inteligente que él en la otra. La inquietante noticia de que un mortal virus microscópico se había dispersado por los cuatro puntos cardinales, por culpa de un idiota que quiso prepararse una sopa de murciélago o de pangolín, se convirtió en el único tema.
Fue entonces cuando los corruptos líderes de ese mundo en llamas, que ellos mismos habían causado, vieron su oportunidad de talar hasta el último árbol, cazar al último delfín, extraer el último diamante, represar el último río y refinar el último barril de petróleo, pues “el progreso no da espera”. Encerraron a la población, para que los ricos no se infectaran y la inmensa masa de pobres que lograron sobrevivir mantuvieran funcionando la máquina productiva, aunque perecieran en el intento.
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Capitalizaron los bancos, aumentaron los impuestos, decretaron y legislaron la miseria con amplio sentido democrático, se llenaron los bolsillos de oro y plutonio, reforzaron a sus ejércitos con todo tipo de armas, despojaron los hospitales, cancelaron la educación, suprimieron el arte y en su lugar pusieron un sonsonete vacío y vulgar, acallaron a sus contradictores culpándolos de la plaga y, con bombos y platillos, obligaron al resto de la humanidad a vivir para siempre en la matrix, con el objetivo de que no pudieran distinguir la realidad de la fantasía.
De esta forma, instalaron la realidad virtual en el inconsciente colectivo y privatizaron la verdad, con el beneplácito de la horda primitiva en que ya había involucionado la humanidad. Y cuando la inevitable protesta estalló con furia en las calles, atacaron con toda su ferocidad la primavera que amenazaba con destruir su emporio de avaricia, muerte y desolación. En el lejano horizonte se alzaban las amenazantes siluetas de los cuatro jinetes del apocalipsis: guerra, muerte, hambre y globalización.