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Quince días antes de morir, el escritor David Sánchez Juliao le entregó a Alfonso Carvajal, director editorial de Ediciones B Colombia, el que sería su último libro: De viaje por el mundo con David Sánchez Juliao. Más de 50 relatos que abarcan su vida de sibarita en ciudades como El Cairo, Ámsterdam, Katmandú, San Salvador, Tebas, Suez, Nueva Delhi, Sevilla, Singapur, París, La Mancha y Barranquilla y Sincelejo, entre otras. El acuerdo se selló con un par de whiskys. Luego ratificó su publicación para la Feria del Libro de Bogotá con una tarjeta en la que anotó, irónico y premonitorio, que tenía “la bendición de Benedicto XVI”. El versátil autor de Lorica se despidió con otro anuncio: estaba imbuido en un libro de cuentos infantiles. Los niños siempre ocuparon un lugar especial en su literatura. Inolvidable, por ejemplo, el relato agónico de ¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá? Él ya se unió a su personaje en ese viaje que tanto lo obsesionó.
Retazos de Europa
Accidente en Viena
Alguien me contó la historia en Viena. No preciso quién, pero recuerdo el lugar. Fue un sótano oscuro y frío en el que un conjunto de músicos y bailarines del Caribe —inmigrantes todos— tocaban y danzaban por las noches para un público diverso: expatriados latinoamericanos y obreros austríacos que llegaban atraídos más por lo barato del lugar que por la comida y la música del Tercer mundo.
Hoy entiendo a propósito de qué me fue contada la historia. Hablábamos con varios músicos en la mesa sobre dos tipos de soledades: la de los latinoamericanos en una comunidad racista y la del europeo en una sociedad eficiente pero desprovista de todo sabor humano. Entonces —recuerdo— hablamos de Lucho, quien jamás había vuelto al lugar, pues ya era un rico heredero y se había casado con una rubia manicurista de Salzburgo.
Esta es la historia de Lucho. Se había venido de Colombia a trabajar como aseador en un edificio de oficinas. Un día, al atravesar el Anillo Vial, vio que un automóvil había atropellado a una anciana y emprendido la fuga. Alguien reportó el accidente y luego le dijeron que una ambulancia iba en camino. Lucho, con ingenua naturalidad, hizo lo que habría hecho en su pueblo de Risaralda en Colombia. Ayudó a incorporarse a la anciana —la que se hallaba apenas maltratada, sin fractura aparente— y le regaló unas palabras de alivio: “Tranquila, abuelita. Yo la llevaré a su casa”. Así lo hizo. La anciana vivía sola en un departamento dos cuadras adelante. No tenía parientes vivos; ni hijos, pues jamás se había casado. De modo que pidió a Lucho que continuara visitándola hasta cuando lograra restablecerse. Lucho no sólo empezó a visitarla a diario sino que se acostumbró a comprar para ella —con dinero de la anciana— flores para la alcoba y alimento para la cocina. Le hizo muchas veces de comer, y en varias ocasiones la sacó a dar un paseo por el parque. Un año después la anciana murió, y fue Lucho la única persona que tiró dos rosas y una palada de tierra sobre el ataúd en aquel sepelio al cual asistieron solamente el cura y él.
Al día siguiente recibió la llamada del abogado por aquello del testamento: todo quedaba a su nombre, con la claridad de que ningún centavo debería ir al Estado que jamás mandó a tiempo la ambulancia.
La Alejandría del amor
El primer libro que jamás leí escrito por el Premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz tenía un título curioso: Las codornices y el otoño. Como el personaje de la novela, Isa Al-Dabbag, las codornices se retiran a Alejandría —ciudad abierta al mar— extenuadas por su largo y penoso vuelo desde el sur, anhelantes de reposo y de refugio. Luego de haber pasado tres días en Alejandría, he llegado a pensar que en Egipto, todos tenemos un poco de codornices.
De modo que la metáfora escogida por el genial escritor cairota para título de su novela, es, como su prosa, casi perfecta.
Otro incomparable narrador, Lawrence Durrell, dice en el tomo Justine de su tetralogía El cuarteto de Alejandría, que en la gran calma de las tardes de aquella ciudad hay un reloj: el mar. En busca del solaz del tiempo marcado por ese reloj, vinimos a Alejandría; una ciudad que es, más allá de mares y de tiempos, historia pura. Historia de amor.
La ciudad fue fundada y bautizada con su nombre por Alejandro Magno: Alejandría. En macedonio, el nombre del guerrero inmortal debió haber sido Eskhándar, de donde el griego, el latín y las lenguas romances tomaron Alejandro. De manera que, mirando las cosas con detenimiento, tiene sentido que el término árabe para Alejandría sea Eskhándariya. A la muerte de Alejandro, señor de Egipto y de medio mundo, sus generales se repartieron los dominios. Alejandría y el valle del Nilo correspondieron a Ptolomeo, quien creó la dinastía de faraones con su nombre y llegó a ser el ascendiente más remoto de la última soberana del delta y de estas tierras: Cleopatra II, pues existió antes otra menos célebre y menos traviesa pero con el mismo apelativo.
Fue pues, aquí, en la Alejandría de este otoño de codornices, en el cual el terceto de Cleopatra y los dos generales romanos lograron todas sus combinaciones de amor y de guerra, y en donde al final de la historia, la caprichosa soberana aprisionó un áspid contra su pecho. Cuando pienso en ello, se me antoja Alejandría una ciudad perfecta para el suicidio; pero eso sí: después del amor. Meditando sobre Cleopatra y sus romanos, tal vez tenga razón Freud cuando afirma en el encomillado de Durrell: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas”. Si hay algo que me apasione en la tetralogía de Durrell, es esa presencia en sus páginas del espíritu de Freud: cuatro caracteres en un juego de cuatro en el mismo escenario donde siglos atrás se llevó a cabo un juego de tres.
El dominio árabe sobre estas tierras, sin embargo, permite en Alejandría cierto otro juego de amor legitimado por el Corán: en el lobby del Cecil Hotel, en donde hemos estado alojados en busca del fantasma de Justine, pudimos ver a los príncipes sauditas o a los petroleros de los emiratos bajar a desayunar acompañados de sus tres o cinco mujeres; y la pregunta fue insoslayable al sonreír: “¿Cómo habrá sido esa noche?”.
En Alejandría el faro se hundió en un terremoto, la famosa biblioteca ardió en llamas de rollos de papiros, pero siguen erectas —como instrumentos de amor— la Columna de Pompeyo y las mil torres de las mezquitas, como sigue vivo el Mediterráneo allí, marcando ola a ola el fluir de la eternidad, y a la espera de los amantes… y las codornices.