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Los antiguos griegos no profesaban una religión que los obligara a ir a una suerte de misa cada ocho días. Sus prácticas religiosas, que carecían de un nombre único, se centraban más bien en un evento singular que transformaba la vida: la celebración de los Misterios de Eleusis. Como todo ritual religioso, el de los griegos se basaba en un mito, en este caso el de la búsqueda de Perséfone. La historia cuenta que alguna vez salió la doncella Perséfone a cazar (los antiguos griegos creían que algunas flores, por sus cualidades únicas, se cazaban como animales) Narkissos en el campo. Mientras la doncella se contempla —sin duda el significado de estar cazando Narkissos, de donde viene nuestra palabra “narcisismo”—, es observada por el dios de la muerte, Hades, quien se asombra de su hermosura. Hades decide raptar a Perséfone, llevándola a vivir con él en el inframundo. La madre de la doncella, Démeter, una elaboración simbólica de la Tierra sembrada de trigo y uvas, desesperada, la busca por doquier. Démeter le había revelado a un mortal llamado Triptolemo los secretos de la agricultura. En agradecimiento, los seres humanos ayudarían a la Tierra a encontrar a su hija.
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Una vez al año, los así llamados Iniciados en los Misterios, hombres y mujeres, emprendían un peregrinaje a un valle que quedaba a 20 km de Atenas, El Eleusis, a ayudar a Démeter a encontrar a la doncella extraviada. Durante varios días peregrinaban en medio de cánticos, rituales marcados por prácticas orgiásticas y por el consumo de vino. El dios patrono de las fiestas, no en vano, era el de la vid y de la embriaguez, Dioniso Baco. Al final del peregrinaje arribaban a una cueva que aún se conserva llamada el Telesterion. Dentro de la cueva, sumida en una completa oscuridad, los iniciados se reunían en un lugar central rodeados por otros que ya habían sido iniciados y quienes eventualmente presenciarían la ceremonia, los “teoretikós”, los que ya habían visto, palabra emparentada con nuestra palabra “teoría”. Estos iniciados son el origen de los coros del teatro griego, dado que la idea misma del teatro nació justo acá, en este rito mistérico de iniciación y transformación.
En la cueva ocurría algo único. Un maestro de ceremonias, llamado el Hierofante, daba de beber a los iniciados un sorbo de vino preparado por él, el Kykeon, cuya fórmula secreta la conocía por ser descendiente de los primeros hierofantes que comenzaron la práctica cuatro mil años atrás. Los iniciados debían tocar en la oscuridad una serie de objetos sacros y aguardar la revelación. Los así llamados “mistikós” habían ido a ver algo increíble, catártico, lo cual sucedía en el momento en que el maestro de ceremonias removía un pesado cuero que cubría una perforación en el techo de la cueva y una columna de luz se disparaba hasta el piso en medio de los que aguardaban. Estaba prohibido con la muerte revelar lo que habían visto en la ceremonia, pero unos pocos testimonios nos narran cómo lo presenciado era al tiempo indescriptible y transformador, imposible de poner en palabras para el que no ha visto. En medio de la oscuridad, es lo poco que sabemos, envuelta en la columna de luz, emergía una joven mujer que cargaba a un niño: se trataba de Perséfone quien llevaba en brazos al mismo dios que los había conducido hasta ese lugar pero transformado en un niño, Dionisio Zagreus (de donde proviene nuestra palabra “sagrado”), el Divino Niño, quien había sido concebido en medio del rapto del Señor oscuro de la Muerte, Hades. La simbología de la mitología griega es incontenible. Los humanos habían logrado su cometido con la Tierra; habían encontrado a Perséfone arrebatándola de la muerte y todo el ciclo de la cosecha, de la vida y la muerte, del nacer, del morir y del renacer se renovaba una vez más. A cada iniciado le era revelado un sentido propio de su existencia y lugar en el orden de las cosas… algo mucho más significativo que nuestra descolorida comunión. Muchos afirmaban luego de la experiencia que ya no le temían a la muerte. A pesar del enigma que envolvía todo, Los Misterios le dieron forma a la cultura antigua de maneras que apenas si nos imaginamos. Fueron iniciados escritores tan importantes como Píndaro, figuras como Sócrates, Aristófanes, Safo y Alejandro Magno.
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En 1978, el etnomicólogo Gordon Wasson (uno de los primeros en estudiar el efecto de las plantas enteógenas en las culturas humanas), el experto en la antigüedad Carl Ruck y Albert Hofmann, quien descubrió el LSD en 1943 cuando trabajaba para los laboratorios suizos Sandoz, se reunieron intrigados por lo que sucedía en la celebración de los Misterios de Eleusis. ¿Cómo podía un sorbo de vino causar semejante visión? Era cierto que los iniciados querían ver, pero algo debía estar ayudando a generar la experiencia mística. El secreto debía estar en el Kykeon. Analizando los textos antiguos y los hongos propios de Eleusis, descubrieron al mismísimo Dioniso: un hongo parásito del trigo llamado Claviceps Purpúrea, o Cornezuelo, con una estructura molecular casi idéntica a la del LSD. Al parecer, el Hierofante sabía mezclar estas sustancias enteógenas en la bebida de los iniciados para producir una alucinación colectiva. Este pequeño parásito, el Cornezuelo, que crece en las espigas del trigo de Eleusis apenas si se nota a pesar de su fuerte coloración púrpura, un color ctónico que se asocia con Dioniso y que, al día de hoy, los sacerdotes católicos usan durante el Adviento y la Cuaresma como símbolo del renacer. Gran parte del catolicismo fue calcado literalmente sobre las antiguas creencias tanto griegas como egipcias. El hongo púrpura es símbolo de la muerte (una dosis incorrecta de Claviceps es mortal), pero, al tiempo, un innegable símbolo del renacer: los antiguos identificaban el hongo con lo primero que resurge luego de la muerte. Y, sin duda, el hongo es un símbolo fálico y, como tal, de Dioniso. Dioniso: la muerte, el falo, la posesión, la orgía, la embriaguez… esta riqueza de símbolos la retomaría la cultura sólo después de dos milenios de cristianismo —para el cual los Misterios eran un rito pagánico innombrable- en las obras de Nietzsche como El Nacimiento de la Tragedia y de Freud a través de conceptos como el de inconsciente, el principio de placer y su innegable relación con la pulsión de muerte.
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Lo que estaba sucediendo en los Misterios es bien conocido para quienes han experimentado el LSD. Los filtros de la mente se desdibujan; la realidad aparece entonces en todo su esplendor. El poeta William Blake escribió en 1790 en un poema titulado “El matrimonio entre el cielo y el infierno” -probablemente pensando en una experiencia con una molécula semejante al LSD-: “Si se purificaran las puertas de la percepción, todo se le aparecería al hombre tal como es, infinito”. Este verso inspiró al escritor Aldous Huxley a escribir un breve libro visionario sobre la experiencia enteógena del LSD llamado “Las Puertas de la Percepción”, lo cual inspiró a su vez al grupo The Doors a tomar su nombre del poema de Blake. La red de conexiones se hace extensa en una línea que va de los antiguos, pasando por la poesía inglesa del siglo XVIII, por Freud y Nietzsche, tomando un nuevo impulso en un laboratorio en Suiza, hasta llegar a un gigante de las letras cual es Huxley, para terminar en uno de los íconos del rock del siglo XX, Jim Morrison quien se llamaba a sí mismo el Lizard King, o el Rey Lagarto, otro de los nombres que se le daban a Dioniso Baco. ¿Cómo negar que los antiguos misterios tienen una manera insospechada de volver a vivir en la conciencia de los hombres porque nunca mueren del todo?
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