El médico del emperador y su hermano

Presentamos un análisis de la más reciente novela del escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor.

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Alonso Aristizábal
02 de julio de 2017 - 02:00 a. m.
 Roberto Burgos Cantor (1948, Cartagena), para quien las palabras son sangre. / El Espectador
Roberto Burgos Cantor (1948, Cartagena), para quien las palabras son sangre. / El Espectador
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Voy a hablar de esta última obra de Roberto Burgos, aunque sé que su trabajo de oficiante de la palabra ya está anunciando su próxima salida que con seguridad será en los próximos meses.

Su trabajo, sin pausa y sin prisa, le ha permitido en los últimos años publicar un libro cada año, incluidas las reediciones.

En este, dos personajes están de por medio. El médico que, según el autor, trabaja para la eternidad, y el abogado que sabe que Napoleón escribió el código civil porque es otro mundo del cual el autor nunca se ha querido desprender como esa verdad que necesita para vivir, además de la literatura.

Por ello habla de aceptar la vida y sus realidades. Por eso me parece un título heminwayano para un escrito de muchas claves dentro del contexto de la creación literaria de Burgos.

Él es el escritor que considera que, sobre todo desde Proust, la literatura es un estilo que obedece a un modo de pensar y decir.

Por eso escribe entre el relato y el poema que, ante todo, revela la intimidad en la cual se ha definido desde Lo amador (1980) su propia identidad.

La obra que esta vez nos ocupa es un texto para expresar que sus palabras son memoria en busca de otro tiempo perdido en el cual no hemos hecho más que deshacernos en medio de los sueños. Se trata del libro que es otros libros, el códice donde los años dejan su testimonio.

Quizá por lo mismo, una de sus creaciones más breves e intensas. “El amor, esa palabra”, “Dejo a los poetas la revelación” y eso es lo que hace. Poesía y ensayo a la manera de Borges, que asume su expresión como otra forma de iluminación. Una literatura de voces profundas y auténticas más allá del formalismo verbal. Su rico lenguaje, como pocos en la literatura colombiana, se me hace un reto para demostrar de qué modo la palabra escrita se convierte en depositaria del idioma ideal del que se alimenta la cotidianidad.

En Señas particulares (2001), la primera reflexión sobre su vida y la literatura, afirma que las palabras son sangre. Es lo que podemos encontrar en este volumen.

Por eso, de alguna manera, está allí la parábola del escritor. Ese médico o sanador es el escritor ocupado de las miserias de la vida. Es una literatura para leer y meditar a fin de llegar a su significado.

Así, cada uno encontrará el texto que se merece. Considero que cada quien puede lograr el suyo, y yo apunto aquí al mío para que pueda servir de base. Este nos lleva a un tópico nuevo, el mito enfrentándose al absoluto para llegar a la gran reflexión que constituyen sus páginas, como si dijera que la gran literatura es, simplemente, eso.

Con aspectos como este, empieza a tocar lo más alto, igual que en el caso de los grandes maestros.

Esta vez he tenido que pensar en las Memorias de Adriano (1951), de Marguerite Yoursenar, en la traducción de Julio Cortázar. Esta se inicia con la confesión que el personaje le hace a su amigo Marco sobre su salud y la última visita al médico. (En la época de su mandato presidencial, Belisario Betancur salió en la portada de una revista con esta obra en sus manos).

Fue usual que, en la literatura del siglo XX, los autores escribieran sobre el mito como parte de la esencia de la cultura humana que desean desentrañar. Pero más allá, esta novela de Burgos nos pone, a su manera, ante el mito para dejar sentado su papel dentro de la historia.

Burgos cuenta con su propio estilo, siempre a partir de una intimidad que parece irse desnudando cada vez más. “La soledad silenciosa del universo inconcluso”. “El médico consideraba que la vida es lo que fue. ¿Para qué testimoniarla más allá de su duración si un día los vivos no cabremos en las montañas, en las llanuras, en los ríos, en el mar…?”

Sin dudas, aquí se halla otro horizonte en un tópico fundamental como este, quizá para decir que los escritores deben seguir el rastro de los temas de sus maestros y regenerarse por medio de ellos.

Estas consideraciones le dan otro carácter distinto al de sus páginas anteriores. Así, el escritor se enfrenta al tiempo y al significado de temas como la eternidad y la memoria.

El tono y los temas carpenterianos, una forma a la cual ha sido fiel Burgos, en este caso incluso por su desarrollo en Cuba y su mundo francófilo. La segunda o tercera vez que el autor habla de un sitio distinto de Colombia, que ha sido su prioridad al menos en diez de sus trece libros.

Aquí está la palabra más allá de una acción y de un cuento con una secuencia de hechos y acontecimientos. Es la palabra como historia, un relato para romper esquemas.

Dicen que estamos en los tiempos de la novela policíaca y la novela negra y que por fuera de ella no hay salvación. Pero Burgos siempre ha escrito sobre su gran maridaje con las palabras porque es el mundo que le interesa, y con ello ha logrado llegar a sus lectores conquistados, uno tras otro, como si fuera una lucha cuerpo a cuerpo en esa guerra de hombres solos que es la literatura.

Por Alonso Aristizábal

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