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El método del telescopio (Cuentos de sábado en la tarde)

La mañana de la revuelta era un viernes de mercado en Santa Fe. Llovía desde la madrugada y sobre los charcos de la Plaza Mayor bailaban destellos de colores mientras una neblina vaporosa iba descubriendo las ruanas de los escasos caminantes. El alba bañaba las tejas de barro, filtrándose entre los arcos de las torres del campanario de la Catedral. Al asomarme al solar tuve la sensación de un aire melancólico sobre el huerto y la gallera.

Luis Felipe Arango G

16 de enero de 2021 - 03:38 p. m.
Con el arribo del telescopio se expandieron las estelas de nuevos horizontes y de realidades inimaginables. La llegada de ese misterioso instrumento implicó el contacto con 200 años de historia de conflictos entre la ciencia y la Iglesia vaticana, atizados en parte por los descubrimientos del fascinante cilindro.
Foto: EFE - S. Brunier
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Aquella noche, en medio del eclipse provocado por sueños que ocultan la conciencia tras los secretos del subconsciente, soñé unos sucesos sangrientos que se combinaron con exaltaciones de esplendor. Las revelaciones del sueño me produjeron una expectativa inquietante. En una primera escena veía a un fraile ovalado con peluca de virrey flanqueado por su pomposa corte frente al pelotón de fusilamiento integrado por bellos indios en posición de disparar. Era tan descabellada la aparición que los nobles y el virrey obispal intentaban maquillarse y acomodarse unos jirones de seda raídos con la galantería de los monarcas posando para el pintor Velásquez. Mientras la extravagante composición se me diluía en el sueño, sentí el dilema de ver a una corte negligente exponiéndose a la inminencia de un acontecimiento fatal. No tengo claro el desenlace, pero el último recuerdo que logro atrapar antes de que el gallo me despierte, es el de los jóvenes Jorge Tadeo y Francisco José atravesando los corredores del claustro del Rosario descamisados y con sus pieles rasgadas por heridas mortales, que ensangrentan su pecho y espalda. Los seguía una muchedumbre enardecida que lanzaba gritos deshilvanados y embriagados de rebelión. En medio de la refriega, reconozco a los jóvenes con su halo heroico abriéndose paso entre la turba, con el rostro ya pálido por la pérdida de sangre, mientras protegían entre sus brazos unos pergaminos de la Expedición Botánica y un volumen maltrecho de la República de Platón, en el que don Francisco José aprendía de las virtudes del rey filosofo educado en el arte de controlar las emociones para anteponer la sabiduría a los más bajos instintos. La interpretación onírica me sugería un cisma en las relaciones de poder. Pero quedé especialmente concernido y triste por la violenta trama que anticipaba.

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Ese día de delirios y catarsis desperté antes del alba. Quería cerciorarme de rendir el tiempo para cumplir cabalmente con mis deberes y procurar no dejarme distraer del gallo que empezaba a buscar pelea desde esa hora. A más tardar a las siete de la mañana tenía que estar donde la matrona Ignacia para recoger los bultos de colicero, cilantro y la arracacha que me encargaron los patrones para el puchero de la tertulia del sábado. Me acerqué al aljibe de agua lluvia y al sentir el líquido helado bañar mi piel, me sobrevino una sensación de libertad. Imaginé de pronto la ilusión de que ese viernes de 1810 la capital conociera otra realidad; de que aquella luz amarilla del crepúsculo, que entraba por el patio e iluminaba los geranios, vaticinara eventos que por fin cambiasen la vida de quienes hasta entonces éramos los “súbditos” de una pirámide colonial. De que la ciudadanía proclamada por los estertores de la Asamblea Nacional francesa de 1789 llegara a nuestro continente después de veinte años de haberse votado la igualdad de los derechos del ciudadano, una ley que estipulaba la soberanía popular de la nación y sepultaba la atávica divinidad de la jerarquía feudal.

Desde la plaza de las Hierbas, donde quedaba el mejor mercado campesino de Santa Fe, hasta los jardines de la casona de los Nariño donde se ubicaba el observatorio, había un trayecto de alamedas con espléndidas buganvillas fucsia que usualmente atravesaba en la mula en menos de media hora. Pero los viernes de mercado ese trecho se complicaba por la congestión de burros y bueyes atados a lo largo del eje central de la Calle Real.

Debía llegar al observatorio antes de las ocho para desempolvarlo, encerarlo y dejarlo preparado para iniciar labores sin contratiempos. La bóveda cilíndrica de sutil arquitectura, pródiga en simetrías, la habíamos terminado de construir hace siete años en los predios contiguos a la casa del joven Antonio, bajo las instrucciones arquitectónicas del fraile capuchino Domingo de Petrés. Desde entonces se había convertido en la sensación del centro histórico de la ciudad. Allí habitaban unos extraños instrumentos que jamás había conocido la capital. En la rústica edificación me correspondía desempeñar las responsabilidades de mantenimiento de los inventos que llegaron, como el barómetro, el sextante, el astrolabio y los lentes faraónicos de un fabuloso telescopio. Lo más grato, como servidor de este observatorio astronómico pionero en América, era sentir la experiencia de hacerle limpieza rigurosa a los espejos y las finas piezas del telescopio reflector. Era lo que habitualmente hacía todos los días: madrugar, beberme un cacao aromático y salir hasta los jardines de la casa de los Nariño donde la instalación del revolucionario cilindro me había salvado de quedar sin trabajo, después de finalizada la construcción del hexágono y la bóveda.

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El jardín que lo rodeaba era de plantas nativas en disposición selvática. El mentor científico de los jóvenes aprendices se distinguía por ser además un ávido naturalista. Fue atendiendo sus metódicas indicaciones como logré que miles de especies granadinas crecieran exuberantes en medio de ese orden caótico. Se fue produciendo una explosión de coloridos florales, con una gama de verdes y una variedad de pájaros que dibujaban un paisaje de asombrosa belleza. Con esfuerzo minucioso y apoyándome siempre en la sabiduría de don Celestino, logramos asignarle nombre y familia a cada una de las miles de plantas y de los miles de insectos que poblaron ese embrión de jardín botánico. Al abrir el estrecho portón verde brotaba el olor del cobre y la cultura. Los libros y los instrumentos de la ciencia que allí dormían le daban al observatorio su identidad de solemne compromiso con la razón y la erupción de ideas que impulsaron a una generación de criollos al intento de independizarse del gobierno despótico ejercido desde España.

Mi escasa ilustración se conectaba con una empatía reverencial al conocimiento científico y me llenaban de esperanza las argumentaciones racionales de los noveles que confiaban en la posibilidad de una república soberana. Cuando allí los escuchaba polemizar, lo hacían proponiendo complejas tesis y teorías políticas que luego rebatían hasta desencadenar un ciclón de síntesis que a todos emocionaba por las consecuencias implícitas de concitar la acción comprometida hacia la transformación de una apabullante realidad.

La semilla del espíritu libre y crítico cultivada en los cimientos del observatorio motivó a los señoritos, y a muchos en la periferia nos contagió, hacia una nueva mentalidad obstinada contra las azarosas arbitrariedades del colonialismo. Una vida con sentido debía transcurrir en la búsqueda de la razón de ser, y si la ciencia y el conocimiento arribaron a Santa Fe, ya resultaba imperioso que la razón y no la obediencia marcaran el rumbo para liberar las mentes criollas del yugo colonial. El velo de la ignorancia se había derribado en el entorno del observatorio y la lucidez de la cordura llevaba a este núcleo de imberbes intelectuales a comprender que las decisiones del espíritu y la voluntad primaban sobre las imposiciones de un régimen injusto. Era imperativo e inevitable la ruptura hacia un ethos cimentado en la libertad.

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Con el arribo del telescopio se expandieron las estelas de nuevos horizontes y de realidades inimaginables. La llegada de ese misterioso instrumento implicó el contacto con 200 años de historia de conflictos entre la ciencia y la Iglesia vaticana, atizados en parte por los descubrimientos del fascinante cilindro. Trascendiendo el ostracismo al que fue condenado Galileo por sus revelaciones, el telescopio logró derrumbar siglos de mitología medieval fundados en la coreografía de la Tierra convertida en sol al capricho de la teología, donde todo en el universo giraba alrededor del ombligo de la Iglesia. Con los telescopios de Copérnico y Galileo se comprobó mediante la observación y deducción que nuestro planeta no era ningún centro del universo y que, así las cosas, ni los papas ni los monarcas ocupaban ese centro imaginario de poder universal e infalible. Por principio de coherencia aplicada a las lógicas del poder terrenal, la fuente de autoridad del rey no emanaba entonces de una inasible entidad divina. Si el rey no era señalado por Dios, entonces el pueblo, la ciudadanía, tenía derecho a elegir su gobernante. De esa dimensión eran las implicaciones filosóficas de la historia tras la llegada del telescopio a la sabana de Santa Fe, así pareciera algo anecdótico su arribo en medio del vertiginoso torbellino de acontecimientos provocado por las guerras napoleónicas.

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Cuántas glorias épicas, cuánta sangre derramada y cuántas desdichas irreparables se desencadenaron como consecuencia de la instalación de ese rarísimo objeto en la villa señorial. Su fabricación anglo-alemana era una pieza de tecnología sofisticada. Un instrumento Herschel de alta precisión que marcó a varias generaciones en la observación astronómica, cada vez más ambiciosa de poder y de cultura. Llegando incluso a descubrir astros tan lejanos como esa gran masa de hielo que es Urano. La curiosidad por explorar la infinitud del cosmos y una ambición insaciable por el conocimiento de la geografía, tenían necesariamente que suscitar también el imaginario de convivir en una sociedad gobernada por el uso racional y justo del poder. Entre las ideas de vanguardia en las tertulias ‘astronómicas’ se apuntalaba el fundamento de una autoridad del gobierno respaldada y decidida por los ciudadanos, respetando los derechos políticos de las ideas contrarias. La inteligencia dedicada a entender el universo concientizó a los jóvenes del observatorio sobre la sincronía del planeta con una dimensión cósmica más armónica. Pensaban que sus anhelos de libertad e igualdad debían gobernar las naciones hacia un orden de equilibrio entre ciencia y humanismo, distinto a ese abismo de desigualdades inauditas que imponía la colonia. Las monarquías absolutistas, interpretadas a través del lente y la perspectiva del cilindro refractario, se reducían a vetustos castillos de caballerías medievales que no asimilaban las necesidades e intereses de ciudades complejas y mercantiles.

Desde que el cilindro de cobre hizo su entrada triunfal cargado en una yunta de bueyes, el joven Francisco José no dejó de admirarlo y cuidarlo como a un metal precioso. En la hidalga aldea vivíamos bajo el oscurantismo de montañas impenetrables y bulliciosos campanarios litúrgicos. Un villorrio encumbrado en lo más alto de los Andes, hasta donde solo escalaban con dificultad las matemáticas de números básicos y donde la medicina para curar pestes y fracturas la ejercían brujos negros y mulatos. En medio de semejante ausencia de ciencia e ideas que plantearan mejorar el conocimiento del territorio, imaginarse que pudiéramos algún día ver las estrellas de otras galaxias o descubrir los anillos y las lunas de otros planetas del vecindario solar, era algo más digno de la magia que de las posibilidades de una sociedad medieval.

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Dos estandartes estimularon esa llama del tumulto intelectual en los años previos a la sublevación popular: la duda y el deseo. El maestro José Celestino fundamentaba su pedagogía en el novedoso sistema de pensamiento de la duda metódica del francés Descartes. Por siglos, la humanidad había aceptado como verdades absolutas creencias esencialmente falsas y opiniones metafísicas de dudosa reputación. A partir de 1805 y hasta la batalla final por la libertad en 1819, no dejarían de retumbar en los espíritus libres de América las palabras del implacable filósofo francés que don Sinforoso Mutis encargó labrar en mármol y colgar en el portón del observatorio: “Pienso, luego existo”. Aquel caldero del pensamiento y laboratorio de la crítica que fue el hexágono astronómico, inspiró en Nueva Granada la revolución que daría origen a la epifanía de cinco repúblicas.

Por Luis Felipe Arango G

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