Cultura

15 Aug 2018 - 3:00 a. m.

El movimiento constante

La bogotana Rapiña es una de las bisagras del arte en Colombia. Es la responsable de La Maleta Fanzinera, un singular proyecto viajero que documenta publicaciones alternativas, independientes y autoeditadas.

Pedro Carlos Lemus

Catalina Salazar y su maleta se han convertido en las grandes agitadoras de la escena del cómic, el dibujo y el fanzine en América Latina. / Cortesía
Catalina Salazar y su maleta se han convertido en las grandes agitadoras de la escena del cómic, el dibujo y el fanzine en América Latina. / Cortesía

Catalina Salazar, mejor conocida como Rapiña, es una ilustradora y fotógrafa colombiana. Sus amigos, me cuenta, le dicen Piña. Creció entre visitas a museos y bibliotecas, de la mano de un padre historiador que también pintaba, y haber crecido en ese ambiente tal vez ayudó a desarrollar su inclinación por las artes. Desde niña ha dibujado. Dibujaba personajes inventados, no los que veía en la televisión y en las tiras cómicas, sino los que imaginaba. Cuando se graduó del colegio, Rapiña sabía que le gustaban las películas, pero disfrutaba verlas, no se imaginaba haciéndolas. Decidió entonces entrar a estudiar fotografía en la Alianza Francesa de Bogotá. Luego se fue para Argentina: se especializó en fotografía con énfasis en dirección de arte y colorimetría en el Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina. A la vez que servía como lugar de estudio, Argentina le ofreció un rico ambiente cultural que, con galerías y eventos, abrió su panorama artístico y logró conectarla con distintas técnicas y diferentes referentes de la escena de la fotografía y la ilustración. Es a partir de Trimarchi, un evento en Mar del Plata que propicia el encuentro entre diseñadores con ilustradores, que se decide a combinar la fotografía con ilustración.

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En el año 2010 vuelve a Colombia para dedicarse a dibujar. Ha hecho ya exposiciones fotográficas, de retratos de personajes de la calle principalmente, y también ha logrado consolidar un grupo de clientes con los que ha trabajado en catálogos. La ilustración hasta ahora ha sido algo secundario, entre amigos, pero a partir de esas redes de amistad ha podido dar a conocer su trabajo. Entonces, con contactos en Argentina y otros países, y contando con amigos que le hablan de su trabajo a otros amigos y conocidos, empieza a trabajar como ilustradora por encargo. Sube fotos de sus murales y sus ilustraciones a una cuenta en Flickr, más gente puede llegar a ella y, poco a poco, va ganando reconocimiento como Rapiña. “¿Por qué Rapiña?”, pregunto. Sonríe y me explica: entre sus primeros dibujos estaba el de una piña, así que se puso Cara de Piña, y ese, con el tiempo, devino en Rapiña. Me muestra su cuenta en Flickr. Llegamos hasta los primeros trabajos y Rapiña se ríe, pues encuentra tiernos sus primeros trabajos. Reconoce que a través del tiempo y del trabajo ha logrado un desarrollo de la técnica y percibe un trazo mucho más seguro.

No sólo el trazo ha cambiado. Cuando dio del todo el paso de fotografía a ilustración, los temas que le interesaban en una pasaron a la otra: los personajes de la calle y los elementos populares se mantuvieron. Sin embargo, hubo un cambio en el tratamiento de los temas. En sus inicios le interesaba hacer una crítica social, hacer visibles temas políticos, de salud y culturales, pero en un punto le pareció entender que la gente se identificaba más con temas cercanos, y la política, aunque tiene que ver con todos, aparecía lejana para muchos. Su reto era, a través de ilustraciones basadas en la cotidianidad, llegar al espectador y relacionarse con él de alguna manera. “En su gráfica retoma la cultura popular, la calle; le da giros de humor y mucho color. Tiene un claro interés por la historia y es capaz de encontrar rarezas en los archivos que consulta y transformarlas en piezas contemporáneas, repletas de humor y sarcasmo”, cuenta Sylvia Gómez, editora y amiga de Rapiña.

Cambió también su manera de llegar al público y de usar las redes. “Yo no me he quedado en el tiempo, siempre tiene uno que estarse moviendo, estarse actualizando”, dice, y cuenta que ha tenido cuentas en Flickr, Tumblr y ahora lo que más usa es Instagram, pues es una red que quita todo el ruido que presentan sitios como Facebook y, en cambio, se centra en lo visual.

A la vez que trabaja en sus ilustraciones, Rapiña lidera un proyecto que busca recuperar y conservar el archivo de fanzines de artistas independientes de Colombia y Latinoamérica. La Maleta Fanzinera busca servir como plataforma para visibilizar y difundir ese material, de tal manera que logre llegar a diferentes lugares y la obra de los artistas pueda darse a conocer. Empezó como un intercambio de colección de fanzines entre Colombia y Perú a finales del 2016 y ha logrado consolidarse como una fanzinoteca que se mueve por distintas ciudades, en donde el material se expone conforme va llegando. A la vez, la Maleta propicia que los artistas independientes se encuentren y entonces logra ser un escenario para la red de colaboraciones de las que sus trabajos como ilustradores se benefician mucho, pues ganan visibilidad, logran llegar a nuevos públicos y conocen las propuestas y los intereses de sus contemporáneos. Es una labor que da cuenta del compromiso de Rapiña con promover el trabajo de otros, de su movimiento permanente, de su pasión por los fanzines, de su tendencia a tender puentes.

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Rapiña sigue trabajando ocasionalmente entre la fotografía y el diseño gráfico a la vez que se dedica de tiempo —y corazón— completo a la ilustración: “Toca hacer de todo”, me explica. Es consciente de la importancia de trabajar con entrega en un proceso y también de apalancar y visibilizar los procesos en los que trabajan otros artistas. Su trabajo ha sido expuesto en Colombia, Perú, Estados Unidos, Francia, México y Alemania. Entre las cosas que hace ahora, ilustra las portadas de discos y las camisetas de algunos grupos musicales colombianos, como Ginger y los Tóxicos y Naturaleza Suprema. Pregunto por la música que prefiere y, aunque ella responde que prefiere la “música rarita” —y menciona ciertos tipos de música electrónica—, entre sus trabajos hay un proyecto dedicado a La miseria humana, de Lisandro Meza: en ese movimiento entre lugares, técnicas y trabajo constante está Rapiña, en la imposibilidad de quedarse estática con una sola propuesta. “Vamos a ver a dónde me lleva la vida”, me dice con la tranquilidad de quien ha ganado con disciplina el lugar que ocupa. “Hay artistas que encuentran la fórmula y se quedan ahí, venden pero no experimentan”. Me cuenta que ahora está explorando con el collage, y agrega que, en el trabajo, la ganancia es el disfrute de lo que se está haciendo. “Lo importante es que te diviertas. Yo quiero seguir divirtiéndome”.

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