Los libros sirven para una sola cosa: para salvarnos la vida, escribió Leila Guerriero en una de sus columnas para El País de España.
Cuando estaba pequeña recibí un regalo. Estaba envuelto en un pañuelo azul que era de mi abuelo. Tenía, por lo menos, diez años y esperaba que fuera uno de los regalos típicos para esa edad. Sabía, sin embargo, que mi abuelo nunca me daría un regalo típico. Me puso en las manos el objeto. “Guarda el pañuelo. Espero que te guste”, me dijo sonriendo con los ojos. Lo abrí.
La tejedora de coronas de Germán Espinosa. Una edición que parecía ser tan vieja como él. No entendí por qué me regalaba un libro a esa edad. ¿Para qué? Lo leíamos juntos todos los sábados en la tarde, cuando iba a su casa de visita. Siempre, antes de la lectura, me daba leche con panelitas que mi abuela hacía. Los dedos me quedaban pegajosos por el dulce, cuando pasaba las hojas quedaban con mi huella café en las puntas, entonces me limpiaba con un pañuelo que siempre guardaba en su pantalón.
De donde vengo no hay más que una librería. Un lugar donde la biblioteca pública es igual de grande a un salón de clases de una universidad. Cuando llegaba donde mi abuelo cada sábado, no sabía dónde había encontrado otro nuevo y mejor libro.
Leí trece libros con mi abuelo. Leímos relatos salvajes, historias heroicas, dramas de amor. Conocí, a través de la lectura y su compañía, anécdotas de viaje, testimonios de supervivencia. El mundo en un abrir y cerrar de hojas.
Luego, cuando crecí, dejé de ir los sábados a la casa azul de mis abuelos. El colegio, las amigas, los trabajos me servían de excusa para faltar a mi cita. Aunque siempre, del otro lado del teléfono —cuando llamaba a cancelar el almuerzo— estaba la voz de él: “Tengo un libro nuevo que te va a gustar”. No decía nada. Me quedaba en silencio hasta que él mismo acabara la conversación.
¿Para qué?, me seguía preguntando.
Leía en el bus. En la noche. En la madrugada. Leía —leo— todo el tiempo.
Hace poco conocí Lo Que Leo, el nuevo proyecto de literatura infantil y juvenil de Santillana, con un a catálogo editorial compuesto por títulos clásicos y contemporáneos, divididos por series adecuadas a cada edad: pre-lectores, niños y jóvenes. Hay, dentro de estas series una que se llama Nido: libros para leer en compañía de los padres antes de dormir. Mientras las personas hablaban de Lo Que Leo, recordaba a mi abuelo.
Recordaba lo que me decía que era un libro: “Una caja de supervivencia”. Recordé que tenía el pañuelo azul donde venía La tejedora de coronas dentro de un cofre en la casa de mis papás. Recordé que siempre me pregunté por qué mi abuelo me había regalado solamente libros.
Después de eso, nada fue igual. Hay días así, y uno los atesora como si guardara un rayo dentro de un cofre, como guardaba el pañuelo de mi abuelo.
Encontré la respuesta. La que Leila encontró gracias a Ricardo Piglia, yo la encontré gracias a Aníbal Builes: que los libros salvan vidas y que son —para siempre— los mejores recolectores de recuerdos.