24 Sep 2020 - 5:12 p. m.

“El Niño”, la cara íntima de Charles Chaplin

Charles Chaplin en El Niño se dejó ver más frágil que nunca, en pleno duelo, porque su infancia fue como la de ese niño, porque a él también le quitaron lo poco que tenía, a su madre y a su hermano, y habría querido que un padre como su vagabundo lo adoptara de repente. Este filme hace parte del ciclo sobre Charles Chaplin en Cineco/plus.

Ricardo Silva Romero

A todo aquel que esté a punto de ver El Niño:

Prepárese en la medida de lo posible para ver durante un poco más de una hora el retrato mudo e imborrable de un par de huérfanos, padre adoptivo e hijo, que prueba que el amor es en realidad una disciplina; que deja en claro que una familia es un destino, pero también puede ser un hallazgo; que pone en escena, como ninguna otra comedia que yo haya visto, la devoción que podemos llegar a sentir los unos por los otros; que no sólo enfrenta al vagabundo aristocrático de las primeras farsas del comediante inglés—con sus zapatos larguísimos y sus pantalones caídos y su pequeño bigote que parece una sonrisa— a un drama que le pregunta si está dispuesto a no estar solo en el mundo, sino que por primera y última vez, por culpa de ese niño que lo puede todo, lo convierte en un personaje secundario.

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Prepárese para verse cara a cara con el niño Jackie Coogan: no hubo ni hay ni habrá otro niño que se vea tan vivo en una película. Prepárese para ser testigo de su manera tan peculiar de encarnar, a los 7 apenas, el mito del niño perdido; para espiar su rutina coreográfica con ese padre suyo que —suele suceder cuando la idea es “ser un niño de verdad”—de tanto en tanto es más bien su hijo; para avivar aquella salvaje pelea callejera que tenía que suceder en la historia del cine; para ver su cara de dolor y su queja a quien corresponda cuando los hechos comienzan a ganarles la partida: nada de lo que le pasó fuera de la pantalla, ni esa carrera cinematográfica que empezó por su clímax, ni los padres que arruinaron al niño actor como fundando un lugar común, ensombrece la belleza de El Niño, porque las obras maestras consiguen sustituir a la realidad.

Alístese para seguir al vagabundo desde sus días de sofisticado fumador de colillas y de encopetado e ilustre perro callejero, hasta sus tardes de padre resignado a ese amor con el que nadie cuenta, ese amor insospechado. Charles Chaplin filmó durante nueve meses esta primera obra de arte de las suyas, ni más ni menos que su paso de las farsas de dos rollos a las comedias de seis rollos que dicen toda la verdad, para sobreponerse a la muerte de su primer hijo, para resistir el fin de su matrimonio con aquella pobre mujer de 17 años. Fue más obsesivo, más meticuloso que siempre. Todo lo humano le cupo en esa pequeña fábula: del horror a la risa. A cada personaje lo encuadró como un pintor, a cada actor lo dirigió como un titiritero. Y se dejó ver más frágil que nunca, en pleno duelo, porque su infancia fue como la de ese niño, porque a él también le quitaron lo poco que tenía, a su madre y a su hermano, y habría querido que un padre como su vagabundo lo adoptara de repente.

Pensándolo bien, en fin, nada ni nadie puede prepararlo a uno para esa misteriosa reivindicación de la bondad que es El Niño. Y sólo queda verla.

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